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Reportaje:ARDE CATALUÑA

La tristeza de los rebeldes

Los habitantes de Sant Llorenç Savall se vuelcan en ayudar en las más variadas labores para combatir los incendios

Ni el abrasante calor ni la tristeza de ver calcinados los bosques donde jugaron de niños frenaron ayer a una auténtica legión de vecinos que se ofrecieron "para lo que sea" en el parque de bomberos de Sant Llorenç Savall. Querían ayudar, necesitaban sentirse útiles; el cuerpo se lo pedía. Jóvenes y no tan jóvenes no quisieron abandonar en todo el día los alrededores del parque donde, de vez en cuando, un jeep cargaba a cuatro o cinco de ellos para desaparecer tras una nube de polvo.

El calor parecía fundir el asfalto, pero estos voluntarios iban enfundados en gruesas botas, pantalones vaqueros y sudaderas. "Y esto no es nada; ayer, con el fuego delante, realmente creía que me derretía", explicaba Roberto Rembado, un argentino instalado en el pueblo desde hace tres años que se quejaba de que la fuerza de los voluntarios no se está aprovechada suficientemente.

500 voluntarios inscritos en un pueblo de apenas 2.000 habitantes

"Ayer subimos al monte y no nos dejaron pasar, pero como conocíamos el camino seguimos adelante hasta encontrar a tres bomberos que luchaban solos contra unas llamas inmensas. No sabes cómo nos agradecieron que alguien les echara una mano tirando de la manguera", explicaba ayer con el sudor bajándole por las mejillas. Rembado es uno de los más de 500 voluntarios inscritos en el improvisado registro de Sant Llorenç Savall, un pueblo de apenas 2.000 habitantes. Esta lista la administran los bomberos con la ayuda de algunos jóvenes del pueblo, que se encargan de velar, en primer lugar, por la seguridad de los ciudadanos que quieren ayudar en las labores de extinción del incendio. "No podemos enviar al fuego a alguien no profesional, sería contraproducente y muy peligroso", explicaba ayer Roger Canadell, un joven convertido por unos días en alma máter de la organización de los voluntarios. "Pero yo sólo soy uno más, ¡eh!", advierte.

Casi todos se conocen. Son vecinos, amigos, familiares o todo al mismo tiempo. Y es que Sant Llorenç Savall, otrora un pequeño pueblo rural a la sombra de la montaña de La Mola, amanece desde el domingo con el cielo ennegrecido, el aire contaminado y las cenizas que no dejan de caer. Tristeza. Tristeza y rebelión ante un incendio que los jóvenes combaten con las hachas que utilizan para cortar las ramas todavía ardiendo y los árboles convertidos en fantasmas negros.

Roger Canadell reconocía ayer que, pese a que hay mucho trabajo que hacer en el monte, ya no se puede dar cabida a más voluntarios. Nadie quiere pensar qué sucedería si un voluntario sufriera daños mientras trabaja en la extinción de un incendio. Esta situación ha estado a punto de ocurrir. Sandra Soto, una voluntaria de Sant Quirze del Vallès, relataba ayer que el lunes un voluntario díscolo estuvo a punto de crear más problemas de los que ya había en la primera línea de fuego. "Subimos a ayudar a unos bomberos y un chico, que aseguraba que lo de apagar fuego era muy emocionante, se quedó atrás haciendo no sé qué. El bombero tuvo que deshacer el camino para ir a buscar a este voluntario".

Para evitar situaciones como esta, los responsables de coordinar a los voluntarios ya dan prioridad a las personas con experiencia en el bosque o que hayan realizado cursos relacionados con la lucha contra el fuego.

Pero no todo acaba en el monte ni en la primera línea de fuego. Mientras los jóvenes se amontonaban ante el parque de bomberos de Sant Llorenç Savall y otros tantos lidiaban con el bosque todavía humeante, otro grupo voluntario, formado casi todo él por mujeres, procuraba que no faltara la comida. Estas voluntarias ocupan desde el lunes el habitualmente tranquilo hogar de jubilados del pueblo. La sala que se utiliza para las interminables tertulias de invierno sirve estos días para preparar decenas, centenares, miles de bocadillos.

Rosa, una de las voluntarias, explicaba que, según sus cálculos, ya se han preparado más de 5.000 bocadillos desde que su municipio se convirtió en un infierno el pasado domingo. "Al ver el fuego todo el mundo acudió al Ayuntamiento, y ya nos ve". Ataviadas con delantales claros, tomates, un cuchillo y embutido, preparan los bocadillos que los voluntarios y bomberos se zamparán en primera línea de fuego. Y los preparan con amor. En el otro extremo de la sala las abuelas también están organizadas. Ellas, las de más edad, se ocupan de la intendencia. Que no falte una botella de agua fresca. Los 40 grados que reinan en el exterior así lo aconsejan.

Entre los voluntarios apagafuegos, los que recogen las mangueras abandonadas por los atareados bomberos, los que hacen de conductores o guías y las que preparan la comida se antoja difícil encontrar alguien en Sant Llorenç Savall ajeno a lo que pasa en su precioso bosque. "Nos gusta estar aquí, juntos, somos como una familia", sentencia Rosa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 13 de agosto de 2003