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Reportaje:

Comunicación por impulsos cerebrales

Un experto alemán enseña a las personas totalmente paralizadas a seleccionar letras y palabras con el cerebro

San Lorenzo de El Escorial

Niels Birmaumer, experto en Psicología Clínica de la Universidad de Tubinga (Alemania), está convencido de que los sistemas públicos de Sanidad en el mundo no están interesados en que vivan personas cercanas a la muerte cerebral. Él, en cambio, se empeña desde hace décadas en mejorar su vida a través de su aparato de interpretación de pensamientos y ayer lo explicó en los cursos de verano de la Complutense. "Esta es una metodología mediante la cual entrenamos a pacientes que están totalmente paralizados para que controlen su propia actividad eléctrica cerebral. Cuando han aprendido a controlar voluntariamente un cierto potencial pueden usar esa capacidad para seleccionar letras o palabras en un programa de ordenador", contó. "De esta forma, hasta una persona que está totalmente paralizada, lo que llamamos encerrada en sí misma, puede comunicarse con su entorno", a través de unos electrodos.

Así, echándole paciencia, poco a poco, letra a letra, tras varios días, algún paciente ha llegado a escribir una carta. Recuerda el caso de un abogado al que a los 45 años se le diagnosticó esclerosis lateral amiotrófica. "Sabía que en el curso de unos pocos años iba a quedar totalmente paralizado y que iba a morir. Y dijo en su último testamento por escrito que no quería tener un respirador artificial porque no quería vivir el resto de su vida paralizado. Pero el día en que su incapacidad para respirar fue aguda un médico le llevó de urgencias a un hospital y le hizo una traqueotomía para que pudiera respirar. Después de eso le hicimos el entrenamiento para que pudiera comunicarse con este sistema y en seis meses su nivel de calidad de vida había aumentado. Y desde entonces se comunica con esta máquina y se considera una persona feliz", relata Birmaumer, director del centro de magnetoencefalografía de Tubinga. En el entorno de esa ciudad vive la mayor parte de sus 11 pacientes, aunque los tiene también en EE UU, Perú e Israel.

"El sistema cuesta unos 10.000 euros y las máquinas se pueden conseguir casi en cualquier lugar; el programa lo regalamos nosotros. Los mayores costes son de personal, pero tenemos financiación y hasta los seguros de enfermedad pagan si se les insiste", dice Birmaumer, quien achaca a la falta de interés de la industria médica y farmacéutica el que su método no se aplique en ningún otro lugar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de agosto de 2003