Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:TOUR 2003 | Decimoquinta etapa

La fatalidad de una visera

La bicicleta de Armstrong se enganchó con la gorra de un niño al borde de la carretera en la ascensión final y provocó su caída en un instante clave

El Tourmalet y el Alpe d' Huez, las inverosímiles rampas y los majestuosos paisajes de montaña, no serían lo que son sin esa muchedumbre entusiasta y cosmopolita que cada mes de julio colapsa las carreteras francesas, gente capaz de dormir al raso durante tres días para ver pasar fugazmente a los ciclistas. La grandeza del Tour también está en las cunetas atestadas, donde se dan la mano la Francia de siempre, los viejos campesinos que portan pancartas para animar al eterno Virenque, y un juvenil gentío multinacional en el que se descubren las banderas más improbables, de Chile a Jamaica. Pero el público que anima a todos y cada uno de los ciclistas, con independencia de su nacionalidad y su posición en la carrera, que les proporciona botes de agua y que incluso se las arregla para darles un empujoncito burlando la vigilancia de los jueces, puede convertirse ocasionalmente en un enemigo. Como le ocurrió ayer a Lance Armstrong, que estuvo a punto de quedarse sin su quinto Tour sólo por una simple visera.

Todo fue tan repentino que ni siquiera uno de los implicados, Iban Mayo, se percató exactamente de lo que había pasado. "Apenas he visto nada. Sólo que, de repente, Armstrong se cayó, tropecé con él y me fui al suelo", explicó el ciclista vasco. En las primeras rampas duras de Luz Ardiden, Armstrong había lanzado un ataque contra Ullrich que respondieron el alemán y Mayo. Los tres iban en fila india, casi pegados a la cuneta, donde aplaudía y gritaba, cómo no, un grupo de vascos con sus camisetas naranjas y sus ikurriñas al viento. El estadounidense se escoró tanto hacia el borde de la carretera que de repente ocurrió lo más absurdo. Una visera amarilla, que un niño tenía en su mano, se enganchó en la maneta del freno de la bici del campeón tejano y por un momento pareció que el Tour iba a vivir un nuevo drama. Armstrong se fue al suelo y con él Iban Mayo, que tropezó contra la rueda trasera del líder. El estadounidense se rehizo muy pronto. Mayo tardó un rato más por un pequeño incidente cargado de ironía. "Se me enganchó una ikurriña entre las ruedas y me costó sacarla", relató el corredor del Euskaltel.

Todo fue tan azaroso que Armstrong evitó cualquier crítica al público. "La culpa ha sido mía por colocarme demasiado cerca de la gente", confesó el estadounidense. Un arranque de sinceridad tras una etapa que constituyó un homenaje a los más hermosos valores del deporte gracias al gesto de Ullrich. El alemán, que logró esquivar a los dos caídos, en lugar de aprovecharse aminoró la marcha y, sin dejar de mirar atrás, esperó a que su máximo rival se reincorporase al grupo. "El deporte es un juego limpio y yo quise actuar con limpieza", explicó Ullrich. "Jan es un deportista", sentenció el manager de su equipo, Jacques Hanegraaf.

El incidente estuvo a punto de aguar lo que había sido una fiesta para las decenas de miles de personas que serpenteaban la carretera por toda la subida a Luz Ardiden con el único propósito de animar a los corredores y, a ser posible, aliviarles su suplicio. La pasión por el Tour es tan incontenible que algunos llevaban allí tres días acampados, como un grupo de 20 vecinos de Hernani (Guipúzcoa), entre los que había dos veteranos de la carrera: Agustín, que desde hace 22 años no falta nunca a la ronda francesa, y Manolo, que va por su edición número 17. Enfundados en el naranja de las camisetas de Euskaltel - que ayer mismo anunció su continuidad hasta 2006-, y rodeados de ikurriñas, Manolo y Agustín proclamaban que el amor al ciclismo está por encima de nacionalidades y que la mayoría del público sólo pretende ayudar a los corredores: "Queremos que ganen los nuestros, pero ojo, animamos a todos, sin excepción. Sobre todo a los que vienen rezagados. Sólo les damos agua si nos la piden y, cuando los jueces no están mirando, muchos nos gritan push, push para que los empujemos".

Los vascos volvieron a ser los más coloristas y ruidosos de entre la multitud que soportó atascos kilométricos para acceder a la estación invernal. Los seguidores del Euskaltel tienen la carrera muy cerca de casa, pero hay quien es capaz de recorrer medio mundo para paladear el sabor del Tour, como Steve Juliar, Robin Jugl y Louise Taylor, tres californianos que se han venido a Francia con sus bicicletas y que siguen todas las etapas. "El ambiente, el paisaje ... ¡Todo es alucinante!", exclamaba Steve esperando el final de la etapa en la línea de meta y convencido, como así ocurrió, de que Armstrong se tomaría ayer la revancha. "Lance es una persona increíble", declaraba Robin. "Hay que leer su libro para comprender con qué voluntad luchó contra el cáncer". Tan férrea es la voluntad del tejano que ayer hasta pudo vencer a la fatalidad de una visera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 22 de julio de 2003