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Crónica:TOUR 2003 | Decimotercera etapa

Armstrong se resiste a lo inevitable

Ullrich y Zubeldia logran ventaja en los kilómetros finales de una etapa ganada por Carlos Sastre

En el interior de cada persona, de cada organismo, hay un chip, una tarjeta genética, en el que están marcadas, prefijadas, todas las etapas de su desarrollo físico, todas las enfermedades que sufrirá, toda su vida. Siempre llega un momento en que el interruptor que controla una función pasa de on a off. Y entonces, súbitamente, sin explicación aparente, una persona muere o sufre un cáncer o empieza a crecer o pierde el Tour. Es una ley única e inevitable que ha determinado a todos los grandes campeones del Tour, pero eso a Lance Armstrong no le importa. Armstrong es norteamericano y calvinista y cree que el destino está en el trabajo de cada uno. Armstrong derrotó a un cáncer para convertirse en un campeón. Armstrong se niega a perder el Tour del Centenario, aunque esté escrito.

El Tour del Centenario se ha convertido en un desafío colosal para el corredor estadounidense

Armstrong, de 31 años, dejó de crecer como ciclista en el momento en que ganó su tercer Tour, en 2001. En 2002, se mantuvo; en el Tour de 2003, su línea ha comenzado a descender. Cuatro etapas importantes ha habido, en las cuatro Armstrong ha sufrido derrotas. Y pese a ello aún viste el jersey amarillo que alcanzó el día de una de ellas, la primera, la del Alpe d'Huez. Aún es el líder porque cada derrota ha sido frente a uno y sólo uno de sus rivales. La primera fue ante Mayo, la segunda ante Vinokurov, las dos últimas, ante Jan Ullrich, el alemán, que después de atacar a Armstrong a falta de tres kilómetros para la cima de la estación de Tres Domaines, por encima de Ax-les-Thermes -la misma cima que cuando ganó Félix Cárdenas, en 2001, se llamaba Plateau de Bonascre-, se considera el líder virtual de la carrera, aunque aún le separan 15 segundos de Armstrong, que administra el tiempo con usura de prestamista.

Armstrong confesó que había perdido seis kilos en el calvario, en su travesía del desierto de la contrarreloj de Cap'Découverte sin agua en la cantimplora. Lo reconoció pero sólo al final de la etapa, cuando ya Ullrich, Zubeldia, Vinokurov y compañía no podían hacerle más daño. Antes no lo podía decir. El Tour del Centenario se ha convertido en un desafío colosal para él, en un pulso imposible frente al retornado prodigio Jan Ullrich en el que todas las armas deben ser utilizadas. Así que en vez de aparentar debilidad, -pese a que sus ojos de agua, su mirada dilatada, hielo ardiente, febril, imposible de esconder tras una máscara- le delatara, en vez de ordenar a su equipo maniobras de arropado como hacen las mamás mimosas con los niños, organizó una completa maniobra de ataque con todas sus fuerzas españolas -en medio de una marea de incontables humanos, la primera etapa pirenaica fue una fiesta española, la alegría de los escaladores ibéricos- que comenzó Chechu Rubiera infiltrándose en la escapada matinal, que continuó Triki Beltrán con su tran-tran que era un tam-tam de barco de galeotes en la imposible subida de Pailhères, el último gran puerto descubierto por el Tour, donde empezó la masiva destrucción de fuerzas rivales que culminaron en la última subida, corta y no tan dura como Alpe d'Huez, pero como si lo fuera, con 34 grados a la sombra, con el asfalto despidiendo 46 grados -pese a que los bomberos lo remojaron seis veces-, como si fuera el infierno, el increíble Rubiera, que para eso se había escapado, y Heras, hasta que las fuerzas se lo permitieron. Tiró Rubiera del grupo de los elegidos y fue una masacre. Se quedaron Menchov y Mancebo, y luego Moreau, Mayo y Hamilton. Y se quedaron los mínimos, los candidatos al podio, Ullrich, Vinokurov, Zubeldia y Basso. Y Armstrong con ellos, desafiante. ¿Quién se atreve, eh, quién se atreve? Pero Ullrich, que ha pasado en su vida por todos los estados de ánimo, es frío, y a cuatro kilómetros del final, se dejó caer a cola del grupo y fue estudiando los gestos de todos sus compañeros, escrutando por detrás de las máscaras. Pero Zubeldia, que cada día crece más en su estatura de hombre Tour, en su estudio de la carrera que un día ganará, tuvo un gesto de gran corredor a 3,5 kilómetros. Atacó. Desnudó a Armstrong. Una aceleración, un cambio de ritmo, y toda la estrategia del norteamericano se desmoronó. Y Vinokurov, el impasible, el misterioso, no podía quedarse sin soltar su tremenda coz. La soltó a tres kilómetros del final. Y como si se hubieran puesto de acuerdo, Ullrich, metódico y furioso, todo fuerza, la remachó. Armstrong ya no pudo más. Ya no pudo controlar. Los atacantes se fueron cada uno por su lado -sin poner en peligro la victoria de Carlos Sastre, último superviviente de una lejana fuga- y Armstrong también. Pero no se hundió del todo. Perdió 19 segundos con Ullrich (siete de tiempo real más 12 de bonificación). Aún es líder. Aún le quedan 15 segundos. Ullrich ya ha anunciado que hoy será su gran día, el último gran día de Armstrong. Pero el norteamericano, ya se sabe, no cree en el destino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de julio de 2003