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Editorial:

Un régimen petrificado

En los últimos días se han sucedido en Teherán manifestaciones de miles de iraníes jóvenes contra el régimen islámico, las más numerosas y contundentes de los últimos años. Lo distintivo de las protestas es que se dirigen por igual contra el ultraconservador Jamenei, supremo líder religioso y última palabra en los asuntos importantes del Estado, que contra el fallido reformista Jatamí, el reelegido presidente de la república. Al primero le ha faltado tiempo para advertir que EE UU está detrás de la agitación, que coincide con el progresivo enrarecimiento provocado por las ambiciones nucleares iraníes, que serán objeto hoy mismo de un esperado informe del órgano fiscalizador de la ONU.

La medida exacta del malestar irá conociéndose a medida que se aproxima el aniversario de las movilizaciones de julio de 1999. Pero todo sugiere que el estancamiento político iraní está incubando un seísmo en un país donde el 70% de la población tiene menos de 30 años y prácticamente ninguna memoria previa a la revolución jomeinista. El rechazo no se limita a las algaradas callejeras. Es muy revelador que en las elecciones municipales de febrero apenas el 12% del censo se molestó en depositar su voto en la capital.

Seis años después de la elección de Jatamí a la jefatura del Estado, en volandas de sus promesas de mayor justicia, democracia y libertades, la esperanza se ha evaporado. El Parlamento reformista elegido en el año 2000 ha resultado también un fiasco, y muchos iraníes han perdido a estas alturas su fe en la modernización de un sistema cuyas palancas cruciales permanecen en manos de los elementos más retardatarios de un clero integrista. Las protestas reflejan la frustración de una sociedad desproporcionadamente joven con un régimen petrificado y sin respuestas para sus necesidades.

En este caldo de cultivo, Washington no se recata de proclamar que querría un cambio de régimen en Irán. Algunos de los elementos más belicistas del establishment republicano predican incluso que ese cambio debe hacerse por la fuerza. Las manifestaciones de Teherán, estén o no alentadas por EE UU, alimentan la posibilidad de una peligrosa interferencia entre la situación interna del país asiático y la explícita intención estadounidense de impedir, llegado el caso, que el régimen de los ayatolás se convierta en potencia nuclear.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 16 de junio de 2003