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OPINIÓN DEL LECTOR

Defensa de la venta Los Gallos

Recuerdo cuando era pequeño una excursión con el colegio para visitar Alcalá de los Gazules. Recuerdo otra para visitar Algeciras. También otro viaje a Gibraltar, Ceuta.

Todo esto transcurría por una carretera demencial, llamada "la ruta del toro" (hoy Jerez-Los Barrios), y también recuerdo con muchísimo cariño una venta donde siempre parábamos: Los Gallos, a pie de carretera, con sus columpios, su tienda de recuerdos y su amabilidad, después de estar ya cansados de tanta curva y tanto mal camino...

Pues bien, la vida da tantas vueltas... Por suerte o por desgracia, esa vida me lleva a un destino en un instituto de San Roque y, como siempre, recordando mi niñez, hago parada obligada en mitad del camino, en la venta Los Gallos. Maldigo siempre la carretera mala, pero veo que desde hace dos años la autovía cambia y (Dios quiera que siga así) avanza.

La venta se ha convertido en parada obligatoria para los trabajadores de Cádiz y Sevilla que desempeñan sus funciones en el Campo de Gibraltar y la zona sur de Málaga, en Ceuta, en Melilla.

Cuando vuelvo los viernes de trabajar, por inercia, paro en la venta, por romanticismo tal vez, pero también para enriquecerme viendo lo que cuando era pequeño no podía ver: la venta se ha convertido en banco, en gestoría, lugar de encuentro, casa de comidas, sitio donde conversar y analizar la semana, la quincena o simplemente el último día o las últimas horas...

Tal vez sea la última vez que podamos parar todos en esa venta, ya que la autovía nos mata Los Gallos, aunque los señores políticos seguirán parando cada vez que haya que cortar una cinta para que Antonio, Chari, sus hermanos y sus trabajadores les pongan la exquisita comida que no pagan...

Esto es el progreso. Ustedes comen gratis, pero los trabajadores, a partir de ahora, no podrán dar de comer con sus sobres a esta familia que llevan... años, que han perdido su juventud, su educación, el estar con sus familias...

Ya que en sus planes está matar esta venta, les ruego que coloquen un monolito (por lo menos para pagar las comidas gratis) en memoria de los trabajadores, familias, niños y niñas, colegios, viajantes, extranjeros, turistas, monjas, curas, que hemos disfrutado de su encanto y que nos ha servido para paliar el cansancio de esa autovía interminable, ya que en nuestro recuerdo, y es mi caso, siempre estará en nuestras memorias (no en las suyas, claro, siempre habrá otras ventas que les permitan cortar cintas y comer gratis).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de junio de 2003