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ELECCIONES 25M | La participación ciudadana

El asteroide y la regeneración

A pesar de que los titulares de los medios de comunicación insistan una y otra vez en conceder relevancia a los mítines del presidente más vale prestarles poca atención. Resulta tan desmesurado en el diagnóstico, y tan prepotente cuando no insultante en la expresión que bate hasta las marcas establecidas en 1993-1996. A un elector de centro no le cabe, si quiere considerar la opción del PP, más que olvidarse de ellos y tratar de tomar en consideración la gestión de candidatos individuales, pero siempre tendrá que tener en cuenta que hay apellidos cuyo solo recuerdo estremece. Aznar, con su espiral de descalificaciones, actúa de forma tan racional como condenada a inconvenientes. Puede mitigar el efecto Bagdad y animar al electorado más derechista a acudir a las urnas. A medio plazo, sin embargo, le plantea un grave problema a su partido en la persona de su sucesor. Al tiempo que deja ante la Historia el mensaje de lo que verdaderamente es, no parece darse cuenta de que quien venga detrás tendrá que cambiar el tono no sólo para obtener buenos resultados electorales, sino para el previsible pacto posterior, en probable ausencia de mayoría. En ese sentido se repite de nuevo su similitud con un asteroide de órbita errática, frecuente en los meses últimos.

Quien de manera especial debiera olvidar las incitaciones a responder al presidente es Zapatero. Puesto que no va a competir, en estridencia su única arma debiera ser la ironía. Su problema no consiste en demostrar otro talante, lo que resulta ya obvio, sino en dar pruebas de capacidad de proposición. Sabemos que él y los suyos acentuarán las políticas sociales, pero no se ve por completo clara la alternativa en materia de seguridad ciudadana y de vivienda, dos cuestiones cruciales en el horizonte municipal.

Más precisa resulta la voluntad de proponer una elevación del nivel de calidad de la democracia española. Este propósito es tan habitual en los partidos políticos cuando militan en la oposición como inefectivo desde el momento que ocupan el poder (y no digamos si consiguen la mayoría absoluta). El PSOE consolidó la democracia española en 1982 pero lo hizo con vicios y taras derivados de su mayoría absoluta durante una década. Luego, en 1993, intentó "el cambio del cambio" pero poco pudo hacer ante la catarata de escándalos, de los que en gran parte era culpable.

Ahora Rodríquez Zapatero propone una serie de medidas. Lo primero que es preciso recordar es que, del otro lado, no hay nada. El PP se desgañitó ofreciendo transformar el sistema político español, pero le resulta de aplicación la frase del filósofo alemán: "De lo que no se puede hablar, lo mejor es callar". Ni un gesto ha hecho en siete años de permanencia en el poder. EL PSOE propone listas abiertas, democracia paritaria de género, un Senado renovado, segunda vuelta en las elecciones locales, control parlamentario del gasto y cambio en el Estatuto de RTVE. Esto último resulta tan obvio y abrumadoramente necesario que produce rubor el repetirlo.

El conjunto de propuestas socialistas en esta materia merece el asentimiento (y el deseo de que se cumpla desde el poder), pero no basta. Habría que reformar la ley electoral en otros aspectos (por ejemplo, ampliando el número de diputados y la proporcionalidad), fomentar las prácticas de democracia directa y elevar el nivel de las normas deontológicas en los partidos. (La acusación contra un ministro por haber obtenido créditos en condiciones especiales ha quedado olvidada cuando amenazó con citar a quienes los habían obtenido en los escaños adversarios). El resultado del pacto sobre la Justicia no ha sido que ésta sea autónoma y respetada: más bien en este último aspecto, por culpa de quienes están a su frente, el nivel de aprecio ha disminuido. Se dirá que poco tiene todo esto que ver con los comicios municipales. Pero en estas elecciones sería mucho mejor, a título de ejemplo, que el ciudadano dispusiera de la posibilidad de conocer hasta el día anterior del resultado de las encuestas y que luego pudiera decidir, por referéndum, sobre algún gran plan para su ciudad. Y ahora la legislación se lo veda.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de mayo de 2003