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COLUMNA

'Aznarcrosis'

Daría algo porque me poseyera el virus de la aznarcrosis, que consiste en tener alternativamente muertas las zonas de uno mismo susceptibles de alterarse cuando se va a decir o perpetrar algo ante lo que no conviene asombrarse. Pero la aznarcrosis, a diferencia de la neumonía atípica asiática, ni se contagia ni se inocula, y, como el cariño verdadero, no se vende. Es única, cual unidad de España. Es un virus de uso exclusivo de José María Aznar, quien acaba de definirlo en París, adonde acudió a cantar cuatro coplas que los franceses estaban necesitando conocer.

Pero también les dio, graciosamente, una explicación del untivirus que le afecta: "Desde el 11 de septiembre he tomado la decisión de ser lo más realista posible y no dejar que la historia contemporánea me sorprenda". Por descontado, las cursivas son mías. Una de las primeras cosas que la aznarcrosis se lleva por delante son las cursivas, expresión de la rareza, e incluso de lo turbador, en el lenguaje. Yo creo, sin embargo, y modestamente (soy lega en medicina occidental, oriental y de centro), que lo que de verdad mata las células del pasmo ante el giro atroz de la historia contemporánea es haber dejado de sorprenderse, mucho antes, por las cosas que uno mismo ha sido y sigue siendo capaz de hacer.

Yo quisiera tener pelín de aznarcrosis, por ejemplo, para soportar ahora y en el futuro, en tiempo electoral y en tiempo de penitencia, la grosería en el uso del mando, la cara dura del europeísmo de quita y pon, la rígida genuflexión atlántica, la mala leche destilada en agrias oratorias, los modales de inquisidor contra cualquier tipo de oposición. Yo quisiera estar medio muerta por dentro, para no verme perjudicada por la estupefacción que me provoca escuchar la palabra tolerancia pronunciada con abuso y alevosía por labios tan zorrunos.

Mas ya lo he dicho. El virus no es contagioso. Con decir que ni siquiera sus ministros ni sus candidatos a sudar la sucesión han conseguido hacerse con la pócima. Como demuestra muy bien la sorprendente sorpresa que les ha sorprendido a todos, al sorprender en este diario la sorpresiva noticia de la reforma del Código Penal preparada por sus sorprendentes e ignotos escribas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 24 de abril de 2003