Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
CARTAS AL DIRECTOR

Voto útil, voto en blanco

Los votantes que hemos dado nuestra confianza al Partido Popular de una forma habitual estamos desconcertados ante los últimos acontecimientos. Un desconcierto que nos revuelve, insomnes, en la madrugada.

Se avecinan las elecciones municipales y nos hallamos inmersos en un dilema: ¿debemos votar a los candidatos locales del PP, basándonos en sus méritos para regir nuestras corporaciones municipales, o, siguiendo nuestra hoy dolorida conciencia, aprovechar para ejercer un voto de castigo a unos líderes que demuestran estar sumidos en la prepotencia, la soberbia y el desprecio? ¿Haremos bien si nos dejamos llevar por nuestro despecho y hacemos lo que nos pide el cuerpo?

Las elecciones municipales tal vez no sean el momento de premiar o castigar a los grandes decisores de la política nacional, pero son el momento más próximo a los recientes acontecimientos que tenemos los ciudadanos para hacer oír nuestra voz de una forma democráticamente eficaz. Es posible que la administración local tenga poco que ver con la guerra de Irak o el accidente del Prestige, es cierto, pero la política también es una navaja con la que se lucha en corto: dentro de dos años la inmediatez de los hechos habrá perdido toda su fuerza y es más que probable que nuestra autocomplacencia y la molicie nos traicionen.

El borreguismo seguidista del que han dado pública muestra la mayoría de los afiliados y cargos del PP en temas tan graves como la guerra es quizás comprensible, pero sin duda moralmente censurable. No basta con lamentarse tras bambalinas de lo mal que les va a ir en las elecciones con estos asuntos. Un poco más de gallardía y hombría de bien, reflejada en un racimo de dimisiones, o cuando menos de notorias desafecciones, hubiese resultado una bocanada de aire fresco para un partido que está mostrando demasiados y evidentes síntomas de anquilosamiento, ocasionado por un incorrecto ejercicio del poder que su mayoría parlamentaria le otorga.

Votemos pues. Ejerzamos el derecho constitucional a demostrar eficazmente nuestro desacuerdo. Ejerzamos incluso nuestro derecho al pataleo, del que parece que algunos también nos quieren privar, asaltando nuestras conciencias con advertencias apocalípticas, cuando no con notorios insultos.

Votemos en conciencia. Votemos con la dignidad en las manos y en la frente. Y si no encontramos en las demás alternativas políticas un refugio ajustado a nuestras inquietudes, votemos de todas formas. Votemos en blanco. Aunque pensemos que no sirve de nada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 22 de abril de 2003