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Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANA

Mapa de una época convulsa

El diario de Mihail Sebastian es una memoria sobre la Rumania de los treinta y de la II Guerra Mundial. El escritor de origen judío deja constancia de las miserias humanas a la vez que retrata a importantes personajes.

Los diarios del novelista y dramaturgo Mihail Sebastian (1907- 1945), a la vez diario de escritor y documento sobre los procedimientos, los plazos, el ritmo en que se va desplegando el antisemitismo en la Rumania de los años treinta y cuarenta, desde los primeros discursos y escritos racistas hasta los pogromos, y sobre los entresijos ideológicos y miserias humanas de la vida intelectual en el Bucarest de entreguerras y de la Segunda Guerra Mundial, fueron exhumados en Rumania en 1996, con un éxito enorme. Ahora aparecen en España como colofón monumental a una serie de ediciones que van recreando aquella época fértil en horror político y mérito literario: Criterio acaba de publicar El fin del exilio, los relatos de juventud de Vintila Horia (1915-1992); Celeste, El lecho de Procusto, de Camil Petrescu (1894-1957), quizá el mejor novelista de la época; Espasa, La cabeza de Uro, de Vasile Voiculescu (1884-1963); a estas publicaciones hay que sumar los trabajos sobre el legado de Mircea Eliade (1907-1986) que nos viene ofreciendo Joaquín Garrigós, traductor y editor también de este Diario (1935-1944) de Sebastian, en el que aparecen, como figuras secundarias, los otros autores citados.

DIARIO (1935-1944)

Mihail Sebastian

Traducción de Joaquín Garridós

Destino. Barcelona, 2003

703 páginas. 26 euros

Rumania vivió una época de apoteosis nacionalista, de esplendor artístico y literario, y también de cainismo étnico e inestabilidad política

Durante el periodo de entreguerras, Rumania, muy crecida gracias a los botines territoriales arrancados a Austria (Bucovina), Hungría (Transilvania) y Rusia (Besarabia) después de la Primera Guerra Mundial, y convertida en una potencia estratégica en los Balcanes, vivió una época de apoteosis nacionalista, de esplendor artístico y literario, y también de cainismo étnico y de inestabilidad política, acorde en esto a los avatares y trastornos generales del continente europeo.

A los fascismos que brotaban en diferentes países aportó una de las variantes más pintorescas, la Legión de San Miguel Arcángel, también llamada La guardia de hierro, creada por el capitán Corneliu Codreanu. El movimiento tomó el nombre de unas horas de oración de Codreanu ante el altar de dicho arcángel en la cárcel bucarestina donde penaba sus primeros crímenes. Los primeros legionarios hacían votos de castidad, humildad y pobreza y recorrían los caminos, ora ofreciendo su juvenil entusiasmo para realizar obras de utilidad pública en las aldeas más miserables, ora organizando linchamientos de políticos no gratos o pogromos de creciente paroxismo y crueldad.

Este movimiento legionario, nacionalista,

trascendentalista y antisemita (sobre el mismo, cónfer La mística del ultranacionalismo, Francisco Veiga, UAB, 1989), iba a marcar los avatares de la política rumana durante dos décadas, incluso después del asesinato de Codreanu a manos de las fuerzas de seguridad de un rey Carol II más que harto de lidiar con sus peligrosas excentricidades; y también marcaría la temperatura de la intelectualidad rumana de aquellos años, de la llamada "generación del 27" o "del 30", en la que figuran nombres luego fundamentales en la cultura europea, como los de Eugène Ionesco, Emil Cioran o Mircea Eliade (décadas más tarde, los dos últimos tendrían que afrontar los anatemas de la beatería intelectual de guardia), a través del ensayista y profesor llamado Nae Ionescu.

Algunos de los libros de este Nae Ionescu pueden encontrarse en edición francesa (en la misma lengua se encuentra la mejor novela de Sebastian, El accidente), y quizá en ellos sea posible rastrear los motivos de su magisterio, de la inmensa seducción de su espíritu reaccionario sobre espíritus tan diversos y fuertes como los mentados; influencia que llegaría, incluso, al extremo de que un prólogo suyo, marcadamente antisemita, mancillase las primeras páginas del libro que consagró en Rumania la pluma del escritor judío Mihail Sebastian: Desde hace dos mil años. Sebastian tuvo que desquitarse del prólogo de su profesor con otro libro, Cómo me convertí en gamberro.

Cioran asistía a las clases de Nae Ionescu incluso después de haber concluido sus estudios universitarios. Hace unos pocos años su anciano hermano todavía recordaba cómo, después de una larga lección magistral, Ionescu preguntó a la audiencia: "¿Desean ustedes que les hable sobre cualquier otro tema?". Cioran alzó la mano y solicitó: "Háblenos sobre el tedio". Y sin más, Ionescu improvisó una conferencia de dos horas sobre el tema, para admiración de su nihilista discípulo, entonces embarcado en la escritura de En las cimas de la desesperación. A Sebastian también le suscitaba Ionescu gran admiración, incluso después de haber descubierto con desmayo, como cuenta en su diario, de dónde procedían todas las originales ideas del maestro: de una lectura sistemática de Spengler.

Porque una de las grandezas o de las rarezas de los diarios de Sebastian, de la mente de Sebastian, está en que incluso con Nae Ionescu, o con el Eliade de los momentos más legionarios, o con Camil Petrescu, al que retrata como un personaje menos maligno que cómico en su egolatría, no cortó los lazos de amistad; los encuentros con ellos y las sentencias o comentarios antisemitas por convicción o por interés que tanto tenían que ofenderle y mortificarle, sobre todo en momentos en que él corría peligro de muerte, los relata en su diario con una especie de fatalismo a veces sarcástico, a veces incrédulo.

Durante los primeros años, el

diario anota los afanes literarios y las relaciones sentimentales de quien era un joven, refinado y prometedor escritor bucarestino, con una sólida formación afrancesada, como era lo propio entonces en aquella latitud. Cuando estalla la Segunda Guerra Mundial y los legionarios ingresan en el Gobierno fascista de Antonescu, alineado con Alemania, el estilo de Sebastian se reduce a sus huesos; renuncia a las confidencias sentimentales o literarias y sus anotaciones se reducen a dos temas: la suerte de las batallas en los diferentes teatros de operaciones bélicas y las sucesivas amenazas y agresiones contra la colectividad judía. A Sebastian se le arrebata su piso, su trabajo como abogado, el derecho a publicar o a estrenar obras, y ha de ocultar la autoría de sus traducciones y creaciones bajo el nombre prestado por algunos colegas. Sobrevivió a la ordalía, pero apenas pudo disfrutar del alivio que supuso la derrota del Eje. El diario concluye en 1945, pocos días antes de que el autor muriese atropellado por un camión del Ejército ruso que llegaba para imponer otra dictadura.

Guerra y xenofobia

NACIDO EN Braila, ciudad portuaria a orillas del Danubio, en 1907, en el seno de una familia judía de clase media, Mihail Sebastian fue un escritor muy apreciado en los círculos intelectuales y políticos de la época. La guerra, la xenofobia y una muerte temprana frustraron su prometedora carrera. Su drama Estrella sin nombre, representada en Bucarest bajo falso nombre en 1944, dio pie a una excelente película francesa dirigida en 1965 por Henri Colpi. Los Diarios aparecieron en 1996 en Rumania, provocando una enorme excitación: muchos rumanos descubrieron gracias a ellos cómo había sido su vida o la de sus padres durante la guerra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de abril de 2003

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