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Paul Greengrass reconstruye las 24 horas que marcaron la tragedia del Ulster

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Paul Greengrass estaba el 11 de septiembre de 2001 montando la película que acababa de rodar cuando dos aviones derrumbaron las torres gemelas de Nueva York. "¡Dios! Pensé: Mi película es ya totalmente irrelevante". Tuvo que pasar una semana para asimilar lo ocurrido, sentarse a ver de nuevo su Domingo sangriento, y darse cuenta de que había fabricado una auténtica lección de historia. Y que, ahora más que nunca, sí era relevante. "El domingo sangriento es una gran lección de historia. No puedes derrotar insurrecciones, ni terrorismo, ni guerrillas, ni a Al Qaeda, sólo con la acción militar. Si intentas ese camino, como hicimos los ingleses en Irlanda del Norte y está haciendo ahora George Bush, sólo consigues empeorar mil veces la situación".

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Así fue como lanzó al mercado una película, Bloody sunday (Domingo sangriento), que hoy se estrena en España y que resume el vértigo de la jornada que marcó la ruptura entre un Gobierno británico represor y una generación de jóvenes católicos que luchaba por vivir, votar, trabajar o estudiar igual que los protestantes. "Si algo supuso el domingo sangriento es que el Gobierno británico lanzó a los brazos del IRA a toda una generación de jóvenes", cuenta Greengrass.

Aquel siniestro día de 1972, el Ejército británico desplegó a los duros paracaidistas para reprimir una protesta pacífica de mujeres, niños y hombres, civiles en suma, contra la violación de los derechos civiles que sufría la minoría católica. La marcha había sido prohibida, los convocantes cambiaron su recorrido para no desafiar a las tropas, pero no pudieron impedir los choques en la barricada. Trece personas murieron y 14 resultaron heridas.

Para contar todo esto, Paul Greengrass, un veterano autor de documentales sobre el conflicto de Irlanda del Norte y director de películas y series de televisión, inglés de 48 años, agarró a un puñado de actores profesionales y a cerca de 3.000 personas con un par de condiciones: o eran miembros de la comunidad católica de Derry, el legendario gueto del Bogside, o eran ex militares británicos que hubieran servido en la ensangrentada provincia británica. "Apenas media docena son profesionales. La inmensa mayoría son gente común. Hemos reunido a esos dos grupos, que han sido enemigos directos, y les hemos hecho vivir ese día, probablemente el día más importante de sus vidas, en una atmósfera extraordinaria. En cierto modo ha sido gente que ha revivido con la película un episodio muy traumático y lo ha cerrado", cuenta el director.

Esa atmósfera fue tan intensa que algunos soldados le pidieron que cambiara el cartón piedra que arrojaban los católicos por material de verdad. "No, no, no, esto no es real", me decían algunos soldados. "Tenemos que recibir piedras de verdad. Y así lo hicimos". El abismo que al principio separó a los dos bandos en el rodaje, ese sentimiento mutuo de recelo, se fue transformando a lo largo del tiempo en una buena relación. "Ahí te das cuenta de que el proceso de paz no es algo que hacen unos políticos, sino que puedes sentirlo entre la gente".

Para esta empresa, realizada con dinero británico e irlandés, Greengrass eligió cuatro tipos de personajes. Ninguno es blanco ni negro y todos están rodeados por un sinfín de voces que les influyen y que harán explotar la jornada como un gran olla a presión: son los jóvenes que quieren ser hombres y héroes y que, al final, son sólo víctimas; son los jóvenes soldados, azuzados por sus superiores, que se retroalimentan con el miedo y la bravura que quieren demostrar; son los mandos militares, que animan sin ordenar; y son los jefes del IRA, que empiezan distantes, fríos, sentados en sus coches, ajenos al principio, pero dispuestos a recoger su cosecha en cuanto vence el descontrol. En medio de todos ellos, un político protestante que lucha por los derechos católicos, como símbolo de un movimiento que quedó enterrado el domingo sangriento. "Inglaterra anuló ese día la posiblidad de una lucha pacífica y lanzó a la violencia a toda una generación de jóvenes".

Con esa mezcla de protagonistas, con sus temores, su ambiente y la influencia que reciben, el autor ha querido mostrar las luces y sombras del episodio histórico. "Lo normal en las películas es hacer teorías de la conspiración, ésas que reducen la historia a hombres de manos blancas o manos negras. Pero la realidad es más compleja. Muchos factores interactúan". Por ello, cuenta, los tiroteos quedan confusos en la película, como fueron confusos en la realidad. "Lo construí deliberadamente poco claro, tal y como fue. Pero la responsabilidad fue de los políticos".

La matanza quedó entonces impune, y la película Domingo sangriento ha ganado ya al tribunal que, desde hace tres años en Derry, intenta investigar la verdad.

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Sobre la firma

Berna González Harbour

Escribe en Cultura, es columnista en Opinión y analista de ‘Hoy por Hoy’, además de responsable de la newsletter EL PAÍS de la mañana. Ha sido enviada en zonas en conflicto, corresponsal en Moscú y subdirectora al frente de varias secciones. Premio Dashiell Hammett por 'El sueño de la razón', su último libro es ‘Goya en el país de los garrotazos’.

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