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Crítica:CRÍTICAS

Vitalidad nipona

He aquí una buena ocasión para conocer, si es que el lector no ha visto la única de las nueve películas del japonés Hideo Nakata estrenada entre nosotros, The ring -sí, justo: el original de la homónima película americana, uno de los éxitos del año en el terreno del terror-, la obra de un creador singular, buen ejemplo, además, de la vitalidad del género en el Japón de nuestros días. Dark water incide en alguno de los temas del anterior filme de Nakata y, para hacerle justicia a nuestro hombre, hay que decir que la película tiene una virtud nada desdeñable: crece imparable en el recuerdo no bien se invocan sus deslustradas, extrañas imágenes. Más aún que en una primera visión, o al menos ésa es la experiencia de quien esto firma.

DARK WATER

Director: Hideo Nakata. Intérpretes: Hitomi Kuroki, Rio Kanno, Mirei Oguchi, Asami Mizukawa. Género: terror. Japón, 2002. Duración: 101 minutos.

Dark water comparte con The ring varias cosas: una, fundamental, su propósito de no moverse ni un ápice del terreno del cine fantástico-terrorífico, y de hacerlo a la manera clásica, es decir, sin priorizar el despliegue de lo obvio, sin recurrir al hachazo y la sangre. Dicho de otra manera, poniendo todo el sentido en la puesta en escena, en la creación de una angustiosa sensación de suspense -véase la notable secuencia del ascensor, una de las más inquietantes vistas en mucho tiempo-, en el cuidadoso control del tempo narrativo.

Otra es la construcción de la historia a partir de una venganza que recae en una inocente, como inocente era, antes de sufrir lo que sufrió, quien se encargará de cumplirla: lo aleatorio de un azar que puede golpear a cualquiera, y contra el que no cabe el recurso de la lógica. Otra, en fin, consiste en mostrar un universo monoparental poblado de mujeres solas e hijos hipersensibles y, por tanto, sometidos a la arbitrariedad de lo fantástico; un mundo de incomunicación, en suma, en el que resulta incluso peligroso relacionarse con lo real.

Pero a la postre, Dark water será recordada por su ejemplar empleo del suspense, por la sensación de que todo puede suceder y, en cualquier momento, esa clásica descolocación ante lo irreal en la que tan a gusto se siente el verdadero amante del género. Es, por supuesto, una película para amantes del suspense teñido de terror; y también para interesados en películas que postulan metáforas mayores -el pánico a la soledad, el miedo a la destrucción de lo que se quiere, la irrupción de lo sobrenatural en un universo aparentemente controlado y sensato-. Que es un filme con capacidad de pervivencia lo prueba el hecho de que, como su antecesor, también tendrá versión estadounidense... dentro de unos meses, en estas mismas salas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 14 de febrero de 2003