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Crítica:ESTRENOS

Apocalipsis y 'coca-cola'

Hay destellos de buen cine en Solaris, pero sólo destellos, como esos que saltan al aire desde la tersura de los globos demasiado hinchados. Algunos de los envolventes espacios escénicos donde ocurre la fantasmagoría cósmica ideada por Stanislaw Lem están diseñados con brillantez, pero resultan demasiado pulidos y limpios, por lo que no dan una idea cabal de la atosigante situación anímica que albergan. Y la vigorosa aventura interior que tiene lugar en ellos se empequeñece y degrada por una cosmética que da apariencia de bonito a lo que debía ser un lugar no feo, pero sí sombrío.

Las escenas que ocurren en ese dispositivo escénico están bien elaboradas y trazadas con tiralíneas y brillantina. De ahí que sean atractivas en primera visión, pero que a la larga, por carecer de consistencia interior, se desarbolen y derrumben como castillos de naipes. El idilio de George Clooney y Natascha McElhone, que ocupa casi enteramente el dispositivo argumental de esta reducción a bonita caricatura de las dos viejas Solaris -la aludida novela de Lem y la legendaria película de Andréi Tarkovski- está sepultado bajo una tonelada de perfumería de Hollywood, que de nuevo se ha metido, y de nuevo de la mano de Steven Soderbergh, en corral ajeno. El magnetismo de los dos rostros de ese idilio no bastan para contener esta penosa simplificación de un asunto complejo, por lo que la película sólo se justifica como aperitivo para que entren ganas de recuperar las dos obras maestras en que se inspira.

SOLARIS

Director: Steven Soderbergh. Intérpretes: George Clooney, Natascha McElhome, Jeremy Davies, Viola Davis y Ulrich Tukur. Género: Ciencia-ficción. EE UU, 2002. Duración: 99 minutos.

A Soderbergh le ha salido un frío, desalmado y pobre remake, que cae en el contrasentido de filmar en papel cuché un relato oscuro y sofocante, que necesita un toque de mugre pesimista y aquí sólo obtiene un baño de agua de rosas propio de un director que cada vez se inclina más al vicio de hacer cine corrientito con look de cine culto y con vuelos intelectuales. Escoge Soderbergh un gran y grave asunto, de esos tan crudos que se le atragantan al embudo hollywoodense, y lo reduce a tebeo digerible por las tragaderas de los códigos de consumo del cine vulgar.

Juega Soderbergh a dos barajas y la trampa le funciona a ratos, pero a la larga se le ve el truco, y un relato como éste, con ambiciones casi teológicas, del que Tarkovski sacó zumo negro, ordeñado por Soderbergh da coca-cola, es decir, agua teñida que se bebe bien, con simpático chisporroteo, pero que no es el alcohol duro que destila el viaje al enigma de la conciencia y al fondo del origen del pensamiento que vertebra al abrupto relato.

Y esta tercera Solaris se deja ver, pero sólo eso. Entretiene un rato, pero no se sostiene. Divierte, aunque no demasiado, pero es como reducir a pasatiempo al Apocalipsis.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 14 de febrero de 2003