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Tribuna:

Matar varios pájaros de un tiro

En 1990, después de expulsar a los iraquíes de Kuwait, las tropas norteamericanas se encontraban a menos de 24 horas de Bagdad. Podrían haber avanzado sin grandes dificultades. Pero, tras consultar a los aliados, Bush padre decidió no hacerlo y someter a Sadam Hussein a un régimen de vigilancia bajo control de la ONU. Doce años después, Bush hijo ha tomado la decisión de llegar a Bagdad. Sin embargo, Sadam Hussein no es hoy más peligroso que entonces. Al contrario. Si es así, ¿por qué ahora se quiere invadir Irak? ¿Por qué EE UU ha elaborado una nueva estrategia de política exterior que tiende a la ocupación duradera de esa zona estratégica del mundo? Hay algunas razones que ayudan a explicar esta decisión.

A lo largo de esta última década se han hecho más perceptibles dos amenazas para la seguridad nacional de EE UU. Una es de carácter político y tiene que ver con la seguridad física de los ciudadanos. La otra es económica y está relacionada con la seguridad del aprovisionamiento energético. Las dos convergen en Irak. Vayamos por partes.

El 11 de septiembre ha hecho que se confundan dos tipos de amenazas diferentes. Por una parte, la que representa la existencia de regímenes políticos inestables y maníacos en algunos países, como es el caso de Sadam Hussein, con capacidad para usar o disponer de armas de destrucción masiva. Por otra, un nuevo terrorismo internacional que ha hecho quebrar las antes seguras fronteras nacionales. Aunque son de naturaleza distinta, el Gobierno de Bush ha mezclado estas dos amenazas y con ello ha agudizado el sentimiento de inseguridad de muchos norteamericanos. Este factor es el más relevante entre los motivos para apoyar una intervención en Irak, pero no el único.

Menos mencionada, pero no menos importante, es la amenaza que siente EE UU sobre la seguridad de su aprovisionamiento energético. Este país es el principal consumidor de crudo del mundo. Un consumidor compulsivo, que digiere el 25% del total mundial. Además, coincidiendo con su fuerte crecimiento económico de los últimos años, las importaciones de crudo han aumentado rápidamente. El principal suministrador de esas importaciones es Arabia Saudí, su tradicional socio en la zona. Pero la monarquía saudí es un aliado cada vez más incómodo para los presidentes norteamericanos, tanto por su forma dictatorial como por el creciente malestar social interno y la vinculación con las actividades de Al Qaeda.

Todo esto ha hecho que se agudice la percepción de inseguridad energética de EE UU. La mejor forma de eliminarla es diversificar las fuentes de aprovisionamiento. Pero para ello EE UU tiene que cambiar el signo de algunas de sus políticas. En particular, la medioambiental y la exterior. La autorización de Bush para extraer petróleo de Alaska y el rechazo del protocolo de Kioto para la reducción de las emisiones contaminantes va en el primer sentido. La nueva alianza con Rusia tiene mucho que ver con la opción del presidente Vladímir Putin por el desarrollo de la industria petrolera rusa. Pero Irak es la pieza clave de esta nueva política exterior relacionada con el petróleo. Este país posee las mayores reservas de crudo del mundo, después de Arabia Saudí. Y con un coste de exploración y producción muy bajo. Uno o dos dólares el barril, frente a los 10 o 12 que cuesta en el Ártico o extraerlo de las profundidades del mar.

Si invade Irak, si coloca a un gobierno amigo y si consigue que este país se incorpore con normalidad al mercado mundial de crudo, George Bush habrá conseguido matar cuatro pájaros de un tiro. Primero, deshacerse de la amenaza que significa Sadam Hussein para la seguridad mundial. Segundo, diversificar las fuentes de aprovisionamiento de energía de EE UU. Tercero, hacerse con las inversiones y el negocio de la explotación y producción del crudo iraquí, desplazando a franceses y alemanes, que a lo largo de estos años han ido negociando contratos a la espera de que la ONU desbloquee las exportaciones de Irak. Cuarto, romper el oligopolio de la OPEP, o al menos el dominio de Arabia Saudí dentro de esta organización. Por último, bajar los precios a largo plazo del petróleo. La razón para esto último es que cualquier nuevo gobierno en Irak se vería obligado en los próximos años a producir y vender mucho para obtener los recursos necesarios para reconstruir el país.

La política contra el terrorismo internacional y los regímenes no democráticos con capacidad de destrucción masiva converge en este punto con la necesidad de una nueva política exterior norteamericana que garantice su aprovisionamiento energético. Pero es evidente que el argumento de la seguridad energética no sirve para persuadir a la comunidad internacional de que hay que tomar Bagdad. Es una razón potente, pero demasiado grosera, propia de las guerras coloniales del siglo XIX y comienzos del XX. Para eso se necesita una ideología más persuasiva. Esto es lo que aporta la doctrina del "mal". Es decir, la idea de que el deseo de hacer daño y el nihilismo autodestructivo que lleva a los terroristas a inmolarse con sus víctimas no tienen tanto que ver con las condiciones de injusticia y pobreza (tal como piensan algunos países de la vieja Europa) como con una moral perversa que mueve a las personas y organizaciones que están detrás de estas prácticas. Es la coincidencia en esta idea, y no un mero seguidismo, lo que en mi opinión lleva al presidente del Gobierno español, José María Aznar, a apoyar de forma incondicional la nueva política exterior de George Bush. Pero, si les parece, de esto hablamos otro día.

Antón Costas es catedrático de Política Económica de la UB.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de enero de 2003