Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Sin quemarse

Código fuego, serie con la que Antena 3 pretende triunfar la noche de los miércoles, arrancó con una presentación de personajes. En la línea de la ficción gremial (policías, médicos, periodistas, abogados), el argumento divide su ambición en, por un lado, una apología del cuerpo de bomberos y, por otro, tramas de carácter marcadamente humano. Problemas económicos, matrimoniales, oscuras motivaciones que impulsan a según qué jóvenes a meterse a apagar fuegos o la rivalidad entre legendarios bomberos nutren una sucesión de situaciones en las que el espectador descubre la intensidad de este trabajo, la importancia del compañerismo y la tensión y sus repercusiones en la estabilidad psicológica.

La serie también apuesta por el equilibrio de sexos. Hombres y mujeres valen por igual, pero a ellas las vemos salir de la ducha envueltas en toallas y a ellos no. La acción también es importante, aunque por grande que sea el esfuerzo de producción Código fuego no puede competir con Llamaradas, de Robert de Niro, y deberá centrar sus méritos en otros ámbitos que no sean el de la espectacularidad.

Al mando del sector masculino, José Coronado, sargento enérgico, padre sensible, atractivo marido e inmejorable compañero. En definitiva: el hombre perfecto, que dirige, aconseja y ordena al tiempo que, con su potente manguera, apaga las llamas con la misma facilidad con la que se zamparía seis yogures enriquecidos con bífidus activo. Al mando del sector femenino, Maribel Verdú, que, tras su aparente dureza, esconde un corazón curtido en alguna decepción sentimental y batallas contra todo tipo de fuegos (pasado conflictivo con el villano interpretado por Ramón Langa).

Verdú y Coronado, que trabajaron juntos en películas como Salsa rosa (no confundir con el programa), Frontera sur, Goya en Burdeos y El cianuro, ¿solo o con leche?, actualizan su merecida condición de sex symbols. Para este tipo de estrellas, saber envejecer es importante, y la complejidad dramático-psicológica del papel les libera del plus de sensualidad que, antaño, cuando todos éramos más jóvenes, solían explotar con bastante éxito. Prometedor y bien interpretado, el primer capítulo pecó de cierta simpleza argumental, removiendo tópicos de novatos y veteranos y sin engrasar del todo los focos de conflicto. Un buen ejemplo en el que inspirarse sería, en este sentido, la meritoria serie Policías, en el corazón de la calle que, por cierto, emitió ayer su último capítulo. Descanse en paz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 17 de enero de 2003