Columna
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Todo está tan mal...

Hay pactos que matan. La economía europea, en particular la alemana, se dirige hacia el abismo de la deflación y, mientras tanto, las autoridades políticas y económicas siguen entreteniéndose con la cuestión metafísica de si se cumplen o no los compromisos del pacto de estabilidad presupuestaria. Me maravilla el despilfarro de tiempo y energías que personas aparentemente sesudas pueden dedicar a discutir si el déficit cero hay que lograrlo en el año 2004 o en el 2006. O, como le ocurre al comisario Pedro Solbes, a encontrar fórmulas imaginativas para salir del entuerto sin que parezca que renuncian a cumplir lo pactado.

La economía de la zona del euro se encuentra en situación de encefalograma plano. El crecimiento económico está estancado, la inversión paralizada, el paro en aumento y el consumo en retirada. La situación de la locomotora económica alemana es particularmente grave. Sencillamente, se ha bloqueado y no da signos de volver a ponerse en marcha. Este año, prácticamente, no crecerá. Y el año que viene, de no variar las cosas, tampoco será mucho más optimista. Francia e Italia, más o menos de lo mismo. Las tres economías representan dos tercios de toda la economía de la zona euro.

Si al parón europeo le añadimos el estancamiento y las perspectivas de la economía norteamericana, la visión de conjunto no es para ponerse a bailar de alegría. Fíjense sólo en estos tres datos. Como todo lo que sube baja (y lo que sube mucho baja aún más), después de la mayor burbuja financiera desde hace siglos, la caída libre de las cotizaciones bursátiles ha sido de órdago. Tardaremos bastantes trimestres (la unidad de cuenta de los economistas) en digerirla. Además, como consecuencia de la extensión del llamado capitalismo popular, ahora es mucho mayor el número de personas afectadas por la caída de la riqueza financiera. Por otro lado, el fuerte proceso inversor llevado a cabo en los últimos años ha hecho que las economías se encuentren ahora con un exceso de capacidad, muy por encima de la demanda, en la mayoría de los sectores productivos. Como de momento las empresas no pueden esperar vender más, para volver a la rentabilidad tendrán que actuar por el lado de los costes, cerrando instalaciones y reduciendo empleo. Lo que está sucediendo en las telecomunicaciones es un buen indicador de este comportamiento.

Además, en los últimos años, las familias y las empresas se han endeudado hasta los ojos. Las unas para comprar viviendas y bienes duraderos y de lujo; las otras para financiar el mencionado proceso inversor y las fusiones y adquisiciones. Ahora hay que pensar cómo se devuelven los préstamos. No va a ser fácil, en un escenario de estancamiento y baja inflación. La digestión del exceso será más difícil que en anteriores recesiones. Ahora la baja inflación no disminuirá el valor real de las deudas. Las familias reducirán el consumo y las empresas venderán activos para obtener ingresos atípicos. Este escenario aboca a dos cosas. Por un lado, al estancamiento. Por otro, a la deflación; es decir, a la caída de precios de un gran número de bienes. Como consecuencia del exceso de capacidad de las empresas, la débil demanda y la tendencia de las familias y las empresas a ahorrar y vender activos para hacer frente al endeudamiento. Sólo falta que pinche la burbuja inmobiliaria.

Todo está tan mal que parece que el año que viene, si no hacemos algo, y pronto, las cosas irán a peor. El riesgo es, como he dicho, el estancamiento y la deflación. El miedo a la deflación es comprensible. La deflación es como la anorexia. Cuando uno entra en ella, el apetito no se estimula por muchos manjares que se le pongan delante. Fíjense en Japón, lleva años con tipos de interés cero y políticas presupuestarias generosas, y sin embargo, los japoneses no se animan a invertir ni a consumir. Alemania está en ese camino. Francia corre el riesgo de emprenderlo. Por eso se entiende la renuencia de ambos países a cumplir el pacto de estabilidad (aun cuando hayan sido ellos mismos los que se han puesto la soga al cuello, al imponérnoslo en el arranque del euro) y la salida de tono del presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, cuando hace unos días vino a decir: ¡es la economía, estúpidos, no el déficit cero!

¿Y nosotros qué?, se preguntarán. Los ministros Montoro y Rato están en la tesis de que España es diferente. Y lo es, aunque no necesariamente para bien. En un mundo de tasas de crecimiento liliputienses, nosotros seguimos manteniendo crecimientos moderados. Pero nadie se cree las previsiones del Gobierno. Por mucha fe que se le eche, el crecimiento será menor y la inflación mayor.

Por lo tanto, mientras la situación europea es de estancamiento con deflación, la nuestra será de estancamiento con inflación. No sé muy bien que es peor. Lo que sí sé es lo que van a hacer las autoridades europeas. Practicarán una política monetaria favorable a Alemania, de bajada de tipos y flexibilidad presupuestaria. Pero eso hará que nuestra inflación se dispare. Y ahí está el problema. Perderemos competitividad, en un momento en que algunas empresas nacionales y multinacionales ya miran al Este para localizar su producción y sus instalaciones.

¿Qué hacer? Por el lado de la demanda, poco. No se puede apagar el fuego de la inflación con la gasolina de un mayor gasto. Por el lado de la oferta, hay que hacer varias cosas. Primero, buscar de forma efectiva la competencia en los sectores que pactan precios. Segundo, mejorar la productividad a largo plazo de la economía, mediante una mejor política de gasto público que favorezca las inversiones en educación, formación y en infraestructuras de todo tipo. Tercero, emprender acciones efectivas para moderar los precios de la vivienda (ya verán como la desaparición del IAE presionará al alza el coste del suelo para vivienda). Y cuarto, buscar, como se hizo hace ahora 25 años en los llamados Pactos de la Moncloa, un gran consenso nacional para moderar precios y salarios. Esto puede ser demasiado pedir para un Gobierno al que le gustan las emociones fuertes, del tipo de los decretazos. Pero es lo que conviene a los intereses generales en este momento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 03 de noviembre de 2002.

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