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COLUMNA

Muchos chechenos

En definitiva, la carnicería del teatro de la calle Dubrovka de Moscú quedará en un elemental ejercicio de aritmética y en un enigma químico. Poco después de que un grupo de actores representaran una comedia musical, Vladimir Putin demostró al mundo que la escenografía zarista es más fulgurante, espectacular y sangrienta que la tramoya de una miserable república caucásica, sometida por los Romanov, a golpe de degüellos y represalias. En el episodio que se ha vivido estos días, ha pesado más el prestigio del viejo imperio, y su arrogante desafío al comando suicida de Movsar Baráyev, que el sacrificio de unos cientos de inocentes espectadores, comprimidos entre el fanatismo de éstos y la cruel frialdad de aquél.

¿Y para qué los chechenos? La policía rusa hizo su trabajo y el de sus enemigos. Se ve que se aplicó lo suyo y eliminó a los terroristas de un disparo en la frente; y a los inocentes secuestrados con un gas que es letal, cuando se procede con impericia y cuya composición se oculta cínicamente. La verdad es que ser rehén por partida doble resulta escalofriante: con la vida en disputa entre un terrorismo a la desesperada y un terrorismo de Estado, de un Estado construido con sus impuestos. En esta tragedia hay demasiados interrogantes, demasiados silencios, demasiadas brutalidades y demasiadas sospechosas desapariciones. ¿Se logrará esclarecer y depurar responsabilidades? Probablemente, no. Pero la acción de Putin ha sido abominable. No se entiende demasiado cómo y por qué está recibiendo felicitaciones de algunos de sus colegas. Aunque quizá, sí. Sí, si se advierte que en los presuntos países civilizados todos somos rehenes y reos de los intereses, de la corrupción, del capital, del consumo, de la insolidaridad y de la resignación. El gobierno ruso lo tiene claro: para sortear tales situaciones, nada más expedito que fulminar simultáneamente a los súbditos del lugar y a los vasallos de los pueblos sometidos. Así se evitan errores. Porque, en el fondo, todos son chechenos o pueden llegar a serlo. Y todos son muchos chechenos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 30 de octubre de 2002