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El albañil de hielo y sin remordimientos

El primer eslabón de la cadena criminal de José Antonio Rodríguez Vega fue la muerte de una octogenaria a la que asfixió en agosto de 1987 en su casa de la calle de la Roca. A ese crimen le siguió otro, y otro, y otro... Así hasta 16. Un cadáver tras otro durante meses. Y eso en una ciudad tan tranquila como Santander suscitó la natural inquietud. Lógico. ¿Cómo explicar esa inexplicable epidemia de muertes que, una y otra vez, afectaba al mismo tipo de personas: mujeres, solas y de avanzada edad?

Y, sin embargo, Rodríguez actuó durante 10 meses como un extraño ángel exterminador, sin sentir en la nuca el aliento de la policía. Sencillamente porque ésta no estaba tras sus pasos, pese a que, al cabo de los meses, la prensa empezó a sospechar que todos los crímenes tenían la rúbrica de la misma mano.

"Eso son especulaciones de los periodistas, aficionados a este tipo de historias", sostenían pertinazmente los mandos policiales. Y, para corroborar su afirmación, esgrimían las autopsias de seis de las víctimas sospechosas, muertas por "causas naturales", según había certificado el médico forense. Cuando en mayo de 1988 fue detenido el albañil Rodríguez, las evidencias demostrarían cuán equivocados estaban el forense y los detectives. ¿Cómo explicar si no cómo había llegado a poder de Rodríguez una sortija de Carmen Martínez González, fallecida oficialmente por causas naturales el 21 de enero de 1988?

Pero no sólo los errores de la policía y del forense facilitaron la peculiar furia homicida del asesino de viudas. Pese al rastro de sangre que dejó a su paso, jamás nadie vio en él la menor inquietud, ni el más mínimo remordimiento. "Un hombre frío y sin el menor sentimiento de culpabilidad", le definió entonces su abogado José Manuel Martínez de la Pedraja. Frío y seductor hasta el punto de lograr desde la cárcel, mediante cartas, el perdón de todas las jóvenes -excepto una- a las que había atacado sexualmente a fines de los años setenta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 25 de octubre de 2002