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DE EL SALOBRAL A VALDEMINGÓMEZ

Realojados junto a Valdemingómez 200 rumanos del poblado de El Salobral

La basura inundaba el poblado chabolista

Vivían en unas condiciones difícilmente imaginables, rodeados de barro e inmundicia. Jóvenes y mayores, decenas de niños, llevaban meses habitando una escarpada loma del poblado chabolista de El Salobral, en Villaverde. Hasta ayer. Hacia las ocho de la mañana, la Policía Municipal y los servicios sociales del Ayuntamiento, rodeados por varias decenas de policías antidisturbios, evacuaron a las 70 familias rumanas, unas 200 personas, que no opusieron resistencia. Casi todos fueron realojados en el campamento de Cañada de los Canteros, junto al vertedero de Valdemingómez.

'Hace mucho frío aquí, preferimos irnos', repetían los rumanos, mientras se apresuraban a recoger sus pocas pertenencias y a empaquetarlas en improvisados hatillos hechos con mantas y plásticos. Un total de 200 rumanos abandonaron ayer El Salobral, pero allí se quedaron otros 100 españoles que esperan ser realojados pronto.

Mujeres, niños y unos pocos ancianos corrían de un lado para otro recopilando juguetes, comida, ropa, cuadros, plantas y hasta alguna bicicleta. Los agentes de la Policía Municipal recordaban a los inmigrantes que los autobuses de la EMT que debían trasladarlos a su nuevo hogar, en el campamento de Cañada de los Canteros, en Valdemingómez (Vallecas Villa), estaban a punto de llegar. Mientras, en el exterior del poblado, las excavadoras del Selur (Servicio de Limpieza Urgente del Ayuntamiento) esperaban a que todos los rumanos hubieran abandonado sus chabolas para arrasar los restos del asentamiento.

'Mira cómo vivimos. Mucho barro, mucho frío, muy sucio', se quejaba Lucía, una abuela de 37 años. A sus pies, fuera de la chabola, una irreconocible alfombra colocada con la intención de evitar que el lodo lo invadiera todo no había logrado cumplir su objetivo. Dentro de su caseta, el suelo, al menos, estaba seco.

A pocos metros del amasijo de tablas en que se convirtió la casucha de Lucía, un montón de cenizas recordaba el lugar en el que el 7 de septiembre moría un bebé de cuatro meses tras incendiarse la chabola en que vivía. Nada extraño en un lugar en el que la falta de luz eléctrica y calefacción se suplía con hogueras y velas, inundado de basura: los empleados de limpieza sacaron ayer 100.000 kilos de desperdicios.

Adrián, el hijo de Lucía, de 17 años, deambulaba y bromeaba junto a sus amigos, más interesados en las cámaras de televisión que en su desalojo. Mónica, su esposa, de tan sólo 15, y embarazada de su segundo hijo, empaquetaba la ropita de sus niños. Su cama, que sólo conservaba una pata, compensaba las otras tres sobre ladrillos y baterías de coche usadas. Había restos de comida esparcidos, olía a suciedad y el barro se acumulaba en el colchón.

Miembros del Sitade (Servicio de Emergencias Sociales del Ayuntamiento) se paseaban por las casetas, sorteando el barro y los desperdicios, para informar a los habitantes del poblado de su traslado al campamento de Cañada de los Canteros, en Vallecas, su nuevo hogar. A partir de las 9.30, cinco autobuses comenzaron a recoger a los chabolistas, que esperaban desordenada pero tranquilamente a que los asistentes sociales apuntaran sus datos y los reagruparan por familias.

Tras meses de vivir ahí, desde los autobuses, los rumanos se despidieron con una gran sonrisa de El Salobral, un poblado que nació en los años ochenta, cuando vecinos de la zona instalaron huertos en ese suelo, propiedad de particulares, Renfe y el Ministerio de Fomento. Entre 1995 y 2000 se pobló de chabolistas expulsados de otros campamentos.

Mientras las chabolas desaparecían, 44 familias se encaminaron al campamento de Vallecas Villa, cerca del vertedero de Valdemingómez, ocho fueron trasladadas a un albergue del Ayuntamiento, en la Casa de Campo y 18 optaron por buscarse la vida por su cuenta. Éstas intentaron acampar sobre las seis de la tarde en el Parque de la Dehesa Boyal, en el barrio de San Cristóbal de los Ángeles (Villaverde), informa F. J. Barroso. 'Al principio eran cuatro mujeres, pero luego han llegado más de 90', comentó Prado de la Mata, presidenta de la Asociación de Vecinos de San Cristóbal de los Ángeles. Los vecinos se movilizaron para impedir que acamparan en el parque y avisaron a la policía. Los agentes se encargaron de trasladar a los rumanos, en grupos, hasta un apeadero de Renfe, desde donde partieron a otros lugares de Madrid. Los vecinos anunciaron que tenían previsto vigilar toda la noche por si los inmigrantes regresaban.

El de Vallecas, con 250 plazas, es el mayor de los tres campamentos que forman parte de un programa gestionado por la Comunidad, el Ayuntamiento y el Ministerio de Asuntos Sociales para el realojo de los inmigrantes nómadas de Europa del Este. De vivir entre el fango, cada familia ha pasado a ocupar uno de los 60 cubículos prefabricados, en cuyo interior hay un colchón donde dormir y poco más. Fuera están las zonas comunes, con baño y cocina para cada dos familias, una guardería y una sala de estar. Y, más allá, un olor a vertedero que lo impregna todo.

Allí no podrán beber alcohol, ni salir después de la medianoche, ni maltratar a sus mujeres. Los niños deberán ir al colegio. Si no cumplen alguna de estas normas, serán expulsados. Algunos de los que llegaron ayer al campamento ya habían pasado por allí. Como Lucía, Mónica y Adrián, que se marcharon porque los dos chavales querían casarse, pero eran demasiado jóvenes (13 años ella y 15 él) y los asistentes sociales se oponían a la boda, según Lucía. Pero ellos fueron aceptados de nuevo, no como otras tres familias, que fueron expulsadas por agresiones a sus compañeros, maltrato a sus mujeres o embriaguez.

Podrán permanecer en el campamento un máximo de un año y nueve meses, durante los cuales recibirán clases de español y se les orientará para lograr un empleo. Entonces, o antes si encuentran trabajo, optarán a una vivienda en alquiler de la Comunidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 25 de septiembre de 2002