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ELECCIONES EN ALEMANIA

Los alemanes pasan factura a Schröder por incumplir su promesa de reducir el paro

El canciller reconoce no haber logrado todos los objetivos electorales propuestos

"Tenemos delante tiempos difíciles, pero lo lograremos", alentó anoche Gerhard Schröder en un improvisado discurso ante los militantes del SPD, reunidos en el edificio Willy Brandt, en Berlín. Después, cedió la palabra a su socio ecologista Joschka Fischer, quien ante el júbilo de los socialdemócratas prometió el apoyo de Los Verdes para otros cuatro años de Gobierno conjunto. Schröder reconoció que su partido había perdido más de un 2% de la votación frente al resultado de 1998. "Parece ser que no hemos logrado todo lo que nos hemos propuesto, pero no hay motivo para poner en duda que nos encontramos en el camino indicado", manifestó el canciller tras conocerse los primeros resultados.

En el debate televisivo entre los líderes de los partidos, Schröder recordó una sentencia de Konrad Adenauer, "mayoría es mayoría", para ilustrar que incluso un escaño más que los de la oposición podía mantenerlo en el Gobierno. Luego admitiría como "dolorosa" la merma en la votación para los socialdemócratas. Uno de los motivos de este revés parece haber sido la pésima impresión que dejó entre los electores una supuesta comparación entre los métodos utilizados por el presidente de EE UU, George W. Bush, y los de Adolf Hitler, realizada por la ministra de Justicia socialdemócrata, Herta Däubler-Gmelin. El canciller anunció que prescindirá de la ministra si se confirma que dijo eso.

En retrospectiva, sin embargo, Schröder había puesto en peligro su victoria electoral más de dos años antes del cierre de las urnas de ayer. El 25 de julio de 2000, el canciller acudió ante los periodistas acreditados en Berlín para hacer un balance de sus dos primeros años de gestión. El líder socialdemócrata estaba en su mejor momento. La CDU apenas levantaba cabeza tras el escándalo de las cajas negras de Kohl. La economía marchaba sobre ruedas y el Gobierno rojiverde había puesto en marcha la reforma fiscal, la paulatina desconexión de las centrales nucleares y la reforma del sistema de pensiones. Preguntado sobre qué es lo que le quedaba por hacer, el canciller no supo muy bien qué responder: ocuparse, por ejemplo, del debate ético en torno a la ingeniería genética, caviló en voz alta.

Durante aquella rueda de prensa, también se habló del paro, pero sólo al margen. Schröder, que por aquellas fechas estaba pactando con los sindicatos no tocar el régimen laboral, confiaba en poder reducir de los 3,8 millones de entonces hasta 3,5 millones la cifra de parados para finales de su mandato, tal y como había prometido. "Eso ya es algo, ¿o no?", preguntó sonriente a los periodistas. Antes de marcharse de vacaciones a Mallorca, dijo una cosa más sobre este asunto: "No os quepa ninguna duda de que la reducción del paro será nuestro principal mensaje electoral en 2002".

Entre los defectos de Schröder, quizás éste sea el más evidente: tiende a ser bocazas. Tras la vuelta al curso, en septiembre, la burbuja de la nueva economía ya se había desinflado mientras los precios del petróleo comenzaban a apretar. Poco después, la economía estadounidense, y con ella la del mundo entero, iniciaba una desaceleración de la que sigue sin recuperarse. En medio, los alemanes, con su industria exportadora a medio gas y un mercado laboral que, por las garantías que concede a quienes tienen un empleo fijo, es muy poco flexible en coyunturas difíciles. El paro aumentó, en vez de caer y se convirtió en el principal tema electoral, pero de los conservadores.

Schröder hizo lo que pudo para evitar que se cumpliera la famosa sentencia de campaña de Bill Clinton: "Es la economía, estúpido". Hurgó entre los posibles temas de campaña y encontró el peligro de una guerra contra Irak. Ayudado por los elementos, desplegó una vez más sus dotes de gestor de crisis cuando las inundaciones devastaron amplias zonas de Alemania del Este. Hizo gala de todos sus encantos personales y mediáticos, dejó mal parado a Stoiber en dos debates televisivos y alcanzó una popularidad personal con la que su antecesor, Helmut Kohl, sólo podía soñar.

Defensa de su Gobierno

De poco sirvió. En medio de escándalos de última hora y crecientes tensiones con Washington, por la demagogia con la que él y su ministra de Justicia argumentaban en contra de un ataque contra Bagdad, se enredó en la recta final. Luchó como quizá sólo lo pueda hacer quien proviene de un hogar humilde, creció sin padre, fallecido en la II Guerra Mundial, y que se forjó a sí mismo.

Subido a las tarimas desde las que encaró a cerca de 350.000 alemanes durante cerca de 50 mítines, Schröder se agarraba con ambas manos del púlpito y embestía, en defensa de su Gobierno y en contra de unos conservadores que, a su juicio, querían dar marcha atrás en la historia económica, política y cultural de su país. Sabiamente, no intentaba tapar el sol con las manos. Admitía errores, sobre todo en la lucha contra el paro, pero siempre prometía mejorar. Pocos días antes de las elecciones, confiaba en lo que calificó como "un generalizado sentimiento de justicia entre los alemanes, que nos darán una segunda oportunidad". De madrugada, parecía que su corazonada resultó cierta. En medio de un pequeño círculo de amigos y familiares, un ya bastante más relajado Schröder celebraba lo que parecía una victoria ajustada. Pero victoria al fin y al cabo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 23 de septiembre de 2002