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OPINIÓN DEL LECTOR

Que viva el nacional-autonomismo

En mi opinión, lo mejor, quizá lo único, que han conseguido los nacionalismos autonómicos que disfrutamos en España es la mejora y el embellecimiento de sus ciudades, especialmente de la capital de su comunidad.

Y, como estandarte, alguna obra grandiosa. Así, en Barcelona, Bilbao, Valencia... A Coruña la han puesto estupenda. Alharacas y más alharacas a Sevilla. Y, además, hacen de ello una magnífica publicidad a nivel nacional e internacional, en este país casi siempre a cero en esa asignatura.

Y es que los nacionalismos, como los fascismos (comparación en el mejor de los sentidos, si puede ser), si algo bueno tienen también es su amor por la belleza hasta llegar a la más alta sofisticación.

Sin embargo, como no hay regla sin excepción, la excepción es la capital del Reino, o sea, Madrid.

Y no porque en estos últimos 25 años no se hayan hecho aquí muchísimas, muchísimas cosas, que sí, pero se hacen por pura necesidad o porque hay que gastar el presupuesto, nunca según parecer y realidad, con la ilusión de dotar a la ciudad también de la belleza y grandiosidad dignas de la capital de una nación europea antigua e importante.

Aquí, el diseño o la adaptación a la época brillan por su ausencia.

Hay que ver qué aceras más bonitas ponen por ahí a sus calles más importantes.

Pues en Madrid, a un barrio tan céntrico y comercial como el de Salamanca, lo están pavimentando desde hace años con unas losas rojizas en las que, a la media hora de ponerlas, sólo resaltan los pegotes negros y la suciedad.

Y siguen, y siguen... sin misericordia. Y hay que ver el crimen que están haciendo con el paseo de la Castellana. ¡Si lo hubieran cogido en Barcelona! Bueno, ejemplos hasta dos mil.

Y es que en Madrid se ha acometido la atrocidad de dejar el centro, que es el espejo de toda ciudad, como zona marginal y de tráfico.

Y lo que no se vive se degrada.

Los días festivos se convierten en un páramo de soledad. Ni siquiera turistas como en todas las capitales europeas. Todo pudiente vive ya fuera de la ciudad.

Hasta el susodicho barrio de Salamanca, hasta hace unos años residencia de marqueses y millonarios, está empezando a ser ocupado por pobres inquilinos e inmigrantes.

Yo quisiera hacer un llamamiento a los madrileños para que en las próximas elecciones municipales no se fijen en el color de lo que votan, déjenlo para las generales, sino a aquellos futuros munícipes que tengan un plan más racional para esta ciudad, que demuestren más amor por ella, que la entiendan mejor.

Madrid necesita una gran revolución de amor e ilusión, algo así como si fuéramos nacionalistas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 17 de septiembre de 2002