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Tribuna:

La política turística de vacaciones

Por primera vez en los últimos años hemos sufrido una campaña turística cuyo balance no mejora los registros conseguidos en el pasado. Y ello constituye una novedad que ha sido conocida por noticias indirectas, pues el silencio de los responsables turísticos valencianos al respecto ha sido premonitorio a lo largo del verano. No se han producido las tradicionales declaraciones de antes de las vacaciones veraniegas en la que se manifestaba que todo iba de lo bueno lo mejor. Tampoco se han proporcionado respuestas oficiales a los problemas originados durante la temporada estival (actos terroristas, regresión en el consumo de los turistas, etc.). Además, en esta ocasión no se ha podido recurrir a los turistas españoles para que ejerciesen de colchón y salvaran la retracción de la demanda extranjera, como sucedió antaño en circunstancias similares, lo que ha precipitado la caída de los ingresos turísticos denunciada, por fin, en algunos foros empresariales. Y es que España va bien, pero no tanto. Aunque en lo que nos ocurre, en parte, algo debe haber influido el euro, pues en la Comunidad Valenciana no hay ecotasa, responsable fundamentalista de las desgracias turísticas baleáricas y, sin embargo, también se nos ha esfumado la sonrisa del éxito permanente de otros ejercicios.

Empero el problema turístico valenciano radica en que después de varios años de cánticos de sirena, la realidad nos ha devuelto al punto de origen, lo cual evidencia que cuando no hay política turística no existen instrumentos para paliar o contrarrestar cualquier atisbo de crisis. En la Comunidad Valenciana las cosas han ido estos años conforme su propia inercia las dirigía, sin objetivos, ni planificación, ni un solo indicio de saber hacia dónde iba la primera actividad económica valenciana. Y ahora a los empresarios turísticos parece que no les apetece tanto vitorear el acierto de ese prístino axioma liberal recuperado durante los últimos tiempos de laissez faire, laissez passer; transunto fisiocrático del oportunismo económico promovido durante los más recientes y gloriosos ejercicios económicos, en los que cada cual ha campado a sus anchas. Años en los que demasiados responsables empresariales han venido subrayando lo bien y de acuerdo que se sentían con un modelo turístico sustentado en la degradación en su más amplio espectro de posibilidades, y sin atisbos de regeneración a partir de una inexistente política turística. La situación ahora se ha vuelto contra ellos y se reclaman respuestas ante las problemáticas surgidas, pero no son capaces de encontrarlas los inductores públicos de la transgresión turística promovida a lo largo de esos ejercicios de aparente prosperidad.

Y es que se han sentado de forma irresponsable las bases de una imposibilidad manifiesta para contestar al más mínimo cambio de ciclo en el orden turístico, a base de promover festejos y de no asentar, con los recursos públicos disponibles, los elementos en los que descansa la política de un sector económico, como lo es el turismo. En ese sentido, cabe recordar a nuestros mandatarios turísticos que los objetivos de la política turística son numerosos, divergentes y hasta singulares según la zona, autonomía o país donde se deban aplicar; además de que tales objetivos son subsidiarios de las condiciones económicas y expectativas de crecimiento y desarrollo de cada lugar. A su vez, los objetivos dependen de los productos turísticos sembrados y de las directrices impulsadas por las autoridades responsables de institucionalizar la política turística. Aunque en principio cabe establecer como escenario de mínimos de toda política turística, un acuerdo respecto a cuánto turismo y de qué tipo se desea. Aun así, existe un amplio consenso en relación a un objetivo principal que nutre a toda política turística: la mejora de la calidad de vida y del bienestar de los ciudadanos residentes en los espacios especializados en la actividad turística. Y aunque parezca mentira eso es compatible con la cenicienta de todo modelo turístico: la sostenibilidad.

Si bien, las cambiantes situaciones que atraviesa cada territorio en cada momento, condicionan la priorización que se establece entre una serie de subobjetivos predeterminados con antelación por la política turística. Sin olvidar que asimismo constituye un papel fundamental de la política turística la respuesta a los fallos que se producen en el mercado turístico y que exigen la acción de un gobierno, con la finalidad de aportar soluciones a las carencias advertidas. Estos fallos se originan por intervenciones inadecuadas de la iniciativa privada y reclaman la actuación de la administración turística a fin de corregir sus efectos y de recuperar, en su caso, la senda de crecimiento perdida.

Con objeto de establecer una política turística, se precisa también la articulación de unas estrategias, canalizadas a través de planes, programas y medidas legislativas, que permitan lograr los objetivos establecidos. En la sociedad actual, la ejecución de la política turística no puede realizarse aisladamente de las exigencias del ambiente económico internacional, mediatizado por la turbulencia del entorno y por la fuerte globalización e internacionalización de la actividad, lo que incide sobremanera en la competitividad registrada en este sector. Esto es un hecho en el caso del turismo, donde las empresas y muy especialmente los grandes consorcios de la comercialización turística (touroperadores, cadenas hoteleras, etc.) ejercen una poderosa presión sobre la actividad turística en su conjunto. Ante ese escenario, la implicación del gobierno con el turismo de la mano de la política turística emerge como una decisión imprescindible, que pretende incidir con mayor intensidad en aquellos factores que puedan mejorar el conjunto de la actividad económica de un espacio. La actuación estratégica de un gobierno en política turística reclama una planificación en continuo estado de revisión y/o actualización, que garantice la viabilidad posterior de esa política, de tal modo que se proporcionen respuestas exitosas a cuantas problemáticas deba enfrentarse.

Pues bien, hasta aquí se han repasado algunas de las posibilidades que ofrece a los gobernantes el disponer de una política turística, pero se desconoce la postura y las decisiones al respecto emanadas de los responsables del turismo valenciano. La ausencia de una política turística claramente planteada nos condena a la frustración y a la incapacidad de hacer frente a los cambios de ciclo como el que vive en estos momentos el turismo valenciano, que arrojará un balance turístico regresivo en 2002. La responsabilidad hay que exigírsela a quienes pavonean su representación institucional con las alforjas vacías de ideas y de propuestas. Todo lo cual explica que la única referencia de política turística en la Comunidad Valenciana la conformen ciertas demostraciones, que se confunden con un mal entendido jolgorio turístico, y que resultan ser el único referente externo de una política turística valenciana que, por el momento, se encuentra de vacaciones.

Vicente M. Monfort Mir es profesor Asociado en la Universitat Jaume I de Castellón vmonfort@emp.uji.es

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de septiembre de 2002