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59ª MOSTRA DE VENECIA

Paul Newman y Tom Hanks renuevan con un golpe de genio el viejo cine de gánsteres

Arranca la presencia española con la conmovedora 'Poniente', de Chus Gutiérrez

El modelo fundacional de las tradiciones del género negro no ha muerto, como algunos auguraban, sólo dormía. En Camino a la perdición, Paul Newman y Tom Hanks, apoyados en la figura emergente e imparable del director británico Sam Mendes y en un guión y un reparto de altísima solvencia, despiertan a aquellas poderosas formas dormidas y les dan nuevo empuje y nueva lógica. En latitudes estilísticas y argumentales muy distintas, el filme español Poniente, escrito y dirigido por Chus Gutiérrez, fue un humilde y digno contrapunto.

Camino a la perdición está vertebrada de comienzo a fin por el relato, de intensa fuerza dramática y lírica, del descubrimiento por un niño de la verdadera identidad y el verdadero oficio -asesino a sueldo de un gang de Chicago en 1931- de su padre, un hombre lacónico, casi mudo, hermético y atrincherado detrás de una turbadora visión ascética de la vida. Tom Hanks hace una inquietante, oscura y vigorosa creación de este indescifrable sujeto. Dice Sam Mendes, que lo ha dirigido dejándole plena libertad de composición, que 'los grandes actores se miden por los grandes riesgos que son capaces de afrontar', y éste es un caso diáfano de esa irrefutable regla de oro.

Es un golpe de expresividad grave y muy complejo el que Tom Hanks consigue en Camino a la perdición. Y con una dificultad añadida a la propia dificultad del personaje: que durante media película tiene enfrente, dándole una sutil pero contundente réplica, a un Paul Newman perfecto, que nuevamente convierte su vejez en edad de la plenitud. Parece, y probablemente es, insuperable su concisión, su pasmosa economía gestual, esa su emocionante capacidad -sólo posible en actores que se han bañado en todos los ríos y han pasado por todas las pruebas, gente con la piel quemada por los focos y que ya no tienen nada que demostrarse a sí mismos- para convertir a la quietud y a la calma irónica en puñetazos de inteligencia entre los ojos, en silenciosas descargas de energía moral y artística.

Casi todo es imprevisible en esta singular y hermosa tragedia de la cara y la cruz del amor de dos padres, Hanks y Newman, a sus respectivos, y totalmente opuestos, hijos. A los misteriosos resortes de las creaciones de ambos eminentes intérpretes se añade un reparto de solvencia excepcional que es arrastrado por la composición, de brutales y magníficos perfiles guiñolescos, de Jude Law; y por el vuelo fugaz, callado y magnético de la maravillosa Jennifer Jason Leigh. Y todos ellos conjuntados y engarzados por la prodigiosa mano de Sam Mendes, que aporta a las raíces imperecederas de thriller poderosas imágenes inéditas, que permanecían agazapadas en las zonas más inaccesibles, crípticas y subterráneas del venerable e inagotable género negro.

Una auténtica metáfora

La inclinación del cine serio estadounidense de los últimos tiempos a mirar hacia atrás no al pasado, sino un poco más cerca, al ayer o al anteayer, tiene probablemente su origen en la evidencia de que lo que ahora rodea allí a las cámaras es una materia narrativa y dramática informe e imprecisa; cuando lo que el gran cine norteamericano requiere ante y sobre todo es su antigua y apasionante precisión formal. Camino a la perdición tiene, por ello, condición de espejo, de apertura de un camino, de viva ejemplaridad y de elegancia de auténtica metáfora. Es una convulsa mirada a la espalda, con la que choca la tierna y serena mirada alrededor de la bella, humilde y sencilla película española Poniente, escrita y dirigida por Chus Gutiérrez, que es puro cine de hoy y está hecho fuera de cualquier convención genérica, en las cercanías de la inmediatez documental.

En la cuerda floja del cine de fórmula hecha está la bonita película francesa, coproducida con Estados Unidos, Cerca del cielo, dirigida con muy buen pulso por Tonie Marshall y muy bien interpretada por Catherine Deneuve y William Hurt, que es una agradable secuela del legendario melodrama Tú y yo, de Leo McCarey, del que Marshall nos devuelve la reproducción de algunas memorables escenas.

Y también en escala pobre y minimalista llegó ayer la coproducción franco-portuguesa, dirigida por Flora Gomes, Mi voz, un musical de ritmos africanos realizado en las calles de Bissau y París, que tiene cierto encanto, en buena parte originados por la extremada, y por ello casi graciosa, ingenuidad de los intépretes, que en su mayor parte son no profesionales, y por la bisoñez de la puesta en pantalla, que, no obstante, apunta algunas resoluciones originales y de buena calidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de septiembre de 2002