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Crítica:POESÍA

El acento clásico de Florit

Juan Ramón Jiménez elogió en Eugenio Florit el 'claro movimiento natural' de sus versos. Doble acento recorre la obra lírica del escritor cubano y muestra una poesía contemplativa y de precisión clásica que no renunció a la vanguardia.

Después del modernismo, la poesía española y la hispanoamericana tomaron caminos divergentes. Aquella redescubrió el romancero o se concentró en el cultivo de las variantes métricas del verso castellano; ésta, cuya única tradición genuina era el futuro, fue hacia la vanguardia, rechazando enérgicamente toda forma establecida: 'Moldecito de budín' llamaba Girondo al soneto, y Neruda o el primer Borges escribían en un largo verso irreductible a sistema alguno. En la oposición de esas direcciones está el origen de más de un equívoco, de una larga historia de mutuo desconocimiento. Pero hubo algunos poetas que, deliberadamente o no, hicieron de puente entre ambos ámbitos. Uno de ellos fue Eugenio Florit (1903-1999), poeta cubano que sólo vivió en la isla veinte años de su casi centenaria existencia. Nacido en Madrid de padre español y madre cubana, llegó a Cuba a los quince años y la dejó en 1938 para mudarse a Nueva York, donde pasó más de cuarenta años; desde principios de los ochenta hasta su muerte residió en Miami.

DOBLE ACENTO [1930-1992]

Eugenio Florit Huerga & Fierro Madrid, 2002 311 páginas. 16,22 euros

La rareza de este itinerario

(compárese, por ejemplo, con Lezama Lima, que casi no salió de Cuba) es una de las pautas de su poesía poco 'insular', cuyo verdadero ámbito parece ser la lengua misma. Como también lo fue su encuentro con Juan Ramón Jiménez, el mismo año en que Lezama Lima escribió su famoso Coloquio con J. R. J. La diferencia es nítida: ambos toman como faro a Juan Ramón, Lezama para alejarse de él, Florit para asumir su magisterio. En 1937, Juan Ramón escribió el prólogo para uno de los libros esenciales de Florit, texto que, con excelente criterio, se reproduce a modo de epílogo de esta extensa antología. Allí se señalan ecos de García Lorca, de D'Annunzio y de Unamuno, aunque 'lo de Florit es más tiernamente plástico, más sensualmente movido, más familiarmente divino'; y se elogia 'su claro movimiento natural resuelto en fe de estatua de la plaza de la belleza', en oposición a 'esa moda de lo desproporcionado y lo informe'.

Esa 'moda' que repugnaba a Juan Ramón era sin duda la vanguardia, por cuyo ímpetu, es cierto, Florit nunca se dejó arrastrar. Su verso está siempre contenido en la precisión clásica, ya se trate del soneto o del endecasílabo o alejandrino blanco: 'Como esta paz la tengo tan sabida / -son muchos años de mirarme el alma- / no habrán de preguntarme, cuando llegue, / en qué luces prendía la mirada'. Como la de Juan Ramón, es una poesía de autocontemplación, de 'mirarse el alma', que recuerda a veces, también, al argentino Ricardo Molinari, otro puente entre ambas márgenes del castellano. Siempre acompaña a Florit, además, un transparente sesgo moral, que recoge la enseñanza de los 'versos sencillos' de José Martí: 'Y entre Martí, Darío y Juan Ramón / se está contento, como en su casa, el corazón', escribe en Asonante final (1955). Como todos los libros de esta magnífica colección Signos, éste trae un estudio que introduce a la vida y a la obra del poeta, a cargo del crítico cubano José Olivio Jiménez.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de agosto de 2002

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