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Crónica:TOUR 2002 | 16ª etapa

La etapa reina de los animadores

Boogerd, un rodador holandés, gana en La Plagne, mientras detrás Armstrong se divierte atacando

Para Francisco Mancebo el día amaneció con el peso de los grandes días. Su equipo estaba animado. El detalle del de Navaluenga atacando al final de los Deux Alpes hizo concebir esperanzas. Había llegado el día de los tres colosos hors catégorie, el Galibier que roza las nubes y sus 2.645 metros, la Madeleine, siempre impenetrable, la larga y tendida subida a La Plagne, a casi 2.000 metros. Un día para gigantes. Tras el desayuno Mancebo tuvo una charla con Echávarri. 'Ten, sobre todo, cuidado con los descensos', le dijo su director. 'El del Galibier siempre está húmedo. Cae la nieve de los glaciares que sigue derritiéndose, y es muy pronunciado abajo, porque bajáis por la subida del Télégraphe; el de la Madeleine es muy cerrado en la parte de abajo, y luego hay buen valle hasta el pie de La Plagne'. Mancebo escuchó y ordenó a sus mecánicos que le cambiaran los tubulares, que se los pusieran reforzados. 'Y', siguió Echávarri, 'ya es hora de que empieces a dar órdenes, de que analices tú la carrera y decidas qué se debe hacer, que no siempre el director en el coche puede saberlo todo. No dudes en pedir a tus compañeros que tiren o que ataquen o que esperen o lo que quieras'. Mancebo asintió. Era el día en que debía intentar asaltar el podio.

Era el día de los grandes planes también en el Euskaltel, el equipo vasco que ve cómo se acaba el Tour, etapa a etapa, y que su día no llega. 'Los Pirineos han sido los Alpes del año pasado, y los Alpes serán los Pirineos, donde ganamos la etapa de Laiseka', dijo su mánager, Miguel Madariaga, pero los Pirineos seguían siendo los Pirineos y los Alpes los Alpes, nadie los había cambiado. Era el día en el equipo naranja de pensar en Iban Mayo, el escalador brillante del año pasado que en su primer Tour había penado por el llano; o en el veterano Laiseka, el vencedor de Luz Ardiden 2001, el hombre que inflamó los Pirineos, que seguía con su Tour economicista, de ahorro y recuperación.

En el Kelme la cosa no olía a día grande: era un día de resaca, por la victoria de Botero, la víspera, y de preocupación por los males de Sevilla; pero en el ONCE-Eroski, sí, era el día del juego de dominó: si Beloki empuja a Rumsas, y el pegajoso lituano se cae, y si Azevedo empuja a Mancebo y empuja a Igor, y si Igor tira para adelante, y si Pradera y Serrano y Jacksche hacen lo que deben, no tiran porque no les toca, o sí, entonces sale lo que sale, o quizás. O así: equipos, podio, general y etapa, todo en uno. Qué cacao.

No fue el día de ninguno. Fue el día de los animadores, de los secundarios. La etapa reina la ganó un clasicómano holandés, que los Alpes son holandeses, un Michael Boogerd que es más que nada rodador, qué estafa. Un escalador de Ávila, amigo de Mancebo, cuñado del Chava, hijo de Víctor Sastre, que creó la escuela Ángel Arroyo, llamado Carlos Sastre, atacó decidido en la subida a La Plagne, a la caza de la etapa, del largo Boogerd.Salió con mucha desventaja, le faltó aliento, qué lástima. Y Armstrong jugó de nuevo; qué aburrimiento. El americano fue otra vez el gato con los ratones, atacó y se fue cuando quiso, cuando sus enormes rodadores, los increíbles Hincapie y Padrnos, dejaron de trabajar, al pie de La Plagne, que le habían subido el Galibier y la Madeleine, qué exageración; y cuando su pareja de pesos ligeros españoles, el asturiano Rubiera, que, como en los Pirineos, agarró la criba y dejó en media docena el grupo de irreductibles, y el bejarano Heras, que apenas tuvo que dar un par de acelerones, le dejaron el cuerpo a gusto. 'Atacó porque le apeteció', dijo Bruyneel, su director. 'Atacó porque tendría ganas', dijo Rubiera, que, desde atrás, le vio salir. 'Se encontraría bien y querría sacar más tiempo', dijo Heras, que le vio partir, el cohete de siempre, a su lado. 'Más o menos esto está acabado', sentenció el salmantino.

Fue, al final, el día grande de los holandeses y del Rabobank, que ya han ganado dos etapas; el habitual buen día de Armstrong, que ya saca más de cinco minutos a Beloki; y el día del abatimiento de los optimistas. Sevilla, al final, se retiró. Mancebo tuvo cuidado en los descensos, y no se cayó, pero tampoco subió muy allá. Le preguntó Unzue, su director, cómo se encontraba, y le dijo que bueno, bien, y le puso a Santi Blanco, que sí que corre este Tour, a hacer más fuerte la subida de La Madeleine. 'Fuimos a mover el árbol, a ver quién se caía', dijo Mancebo. En el Galibier él fue de los últimos en soltarse, pero cuando Rubiera empezó tan acelerado acabó como siempre, con los dientes apretados unos metros por detrás. Perdió la quinta plaza. Ya es sexto, y ve acercarse a los de atrás, diluirse sus sueños de podio.

Al Euskaltel no le fue mucho más allá. Iban Mayo, que sí que corre el Tour, apareció en la Madeleine, se juntó con Jalabert, el de siempre, y Axel Merckx, el de casi siempre, e intentó seguir a Boogerd desde lejos: allí se quedó.

Y el ONCE-Eroski hizo de todo, salió en el Galibier con tres que no tiraron porque detrás...; salió en la Madeleine con otro que tampoco fue lejos; empujó con Igor, que se quedó; empujó con Beloki, que no despegó al pegajoso lituano; puntuó con los tres, incluido Azevedo, el regular, y, por lo menos, aceleró en la cabeza de la clasificación de equipos. Igor frenó su caída aunque perdió una plaza, pero le adelantó su amigo Azevedo. Se conformó el equipo. 'Armstrong hace lo que quiere', dijo Saiz. 'El podio está decidido, aunque aún no el orden'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 25 de julio de 2002