De riesgos lógicos a catástrofes inducidas
Decía ayer Kurt Biedenkopf, uno de los más lúcidos políticos democristianos alemanes de las útimas tres décadas, que no llegó a mayor gloria por su dramática rivalidad con Helmut Kohl, que Washington se está haciendo muy flaco favor a medio plazo con una política unilateralista que está dinamitando los fundamentos de la cooperación transatlántica. Biedenkopf, un viejo zorro de la política, que se doctoró en Georgetown en Washington, gran conocedor de las realidades norteamericanas, está perplejo, confuso y bastante asustado ante lo que sucede al otro lado del Atlántico, siendo como es, un aliado convencido y vocacional de Estados Unidos. Ayer en el hotel Ritz de Madrid habló de las libertades, de la intrínseca vinculación entre la libertad política y la económica y de las amenazas que albergan para la ciudadanía libre las prácticas corruptas de un capitalismo que viola sus propias reglas e intoxica la política con su desprecio al compromiso social y a los valores comunitarios y con su sistemática apología de un darwinismo que nada tiene ya que ver con la meritocracia y mucho con el filibusterismo. Muchas grandes compañías norteamericanas -y europeas- nos lo están demostrando en los últimos meses con sus impecables quiebras impunes gozosamente compensadas a los directivos a costa de los ahorros de los accionistas.
En un encuentro organizado por el diario Frankfurter Allgemeine en Madrid el que fuera presidente de Sajonia después de la reunificación y que hizo de ese Estado federal el más próspero de toda la antigua Alemania Oriental habló de los riesgos de la autofagotización del capitalismo si pierde sus referencias éticas. La última década ha promocionado un tipo de alto ejecutivo que viene a tener los códigos morales de un mandril ansioso. Lo curioso es que matan pero jamás mueren. En la selva hay más equidad.
Domina ese personaje tan actual el peinado contable con una procacidad que ya no sólo arruina a los pequeños propietarios de las compañías, sino pone en peligro la propia credibilidad de un sistema que, cada vez más vacío de voluntad política creativa, se demuestra exhausto para el ciudadano. Llegados ahí, no nos jugamos ya los ahorros de algunos inversores más o menos ingenuos, sino la democracia. El vicepresidente norteamericano, Dick Cheney, es incapaz de negar evidencias sobre su participación en el juego tramposo de compañías que han llevado a la ruina a decenas de miles de familias ahorradoras en EE UU. El presidente George Bush aún habrá de revelar sus intimidades con esas bandas de corsarios de cuello blanco.
La cadena de desastres financieros de grandes compañías a ambos lados del Atlántico muestra que, pese a la carrera hacia un unilateralismo finalmente masoquista de Washington -aranceles al acero, Kioto, Corte Penal Internacional, etcétera-, seguimos teniendo cosas en común. Mal consuelo. El peligro está en que esas prácticas convertidas en hábito social nos lleven a una disociación total de los valores participativos, sociales y democráticos que han sido la base de las democracias occidentales, los sistemas más justos y compasivos que han existido en la historia.
De la necesidad del retorno de la política se ha hablado mucho en los últimos años. Hay quien lo hace añorando el intervencionismo. Otros por miedo al libre flujo de la iniciativa. O por simple estulticia. Pero hay muchos que lo hacen porque temen que, sin marcos políticos generados con voluntad creadora, todos al final quedemos en manos de la insensatez, voracidad y falta de escrúpulos de directivos que compran y venden políticos como si fueran stock options y se regocijan de la cultura del riesgo a costa de los demás. En la economía como en la política, la irresponsabilidad está de moda. En Wall Street y Washington casi tanto como hoy, viernes, en el Parlamento de Vitoria.
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