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Crítica:

Mitad fraile, mitad soldado

Es notoria, y belicosa, la inclinación de Mel Gibson a exaltar modelos de familia tradicional y a entronizar la religión como eje de todo espíritu de progreso. Es un actor-estrella astuto y listo, pero tosco, de vuelo corto, impreciso, monocorde, apresado por las estrecheces de una ideología conservadora cercana a la caverna, que le arrastra a una patriotería pobre, elemental, a veces casi cómica.

Así ensancha Mel Gibson en la pantalla su territorio de combate íntimo, cotidiano, en el que ejerce de ferviente católico, de buen y riguroso padre de familia y, aunque es lo bastante astuto para enfriar sus pulsiones cuando le hace hablar de ellas, de ardoroso esteta del gesto heroico y del hachazo de la turbia mitología del buen guerrero. Y de ahí que Cuando éramos soldados, que le han puesto en bandeja, está hecha a su medida exacta, como otros filmes dirigidos por otros en los que él impone y fija criterios.

CUANDO ÉRAMOS SOLDADOS

Dirección y guión (según el libro del general Harold Moore): Randall Wallace. Intérpretes: Mel Gibson, Madeleine Stowe, Greg Kinnear, Sam Elliott, Chris Klein, Keri Russell, Barry Pepper. Género: bélico. EE UU, 2002. Duración: 135 minutos.

Bastan un par de glorias arrancadas de cuajo de la pantalla de esta deleznable película para hacerse una idea de hacia dónde deriva un delirio belicista tan absolutamente hipócrita que, siendo un juego balsámico y revanchista respecto de la (indigerible por la mentalidad estadounidense conservadora) espina de la derrota del ejército norteamericano en Vietnam, lo disimula y encubre bajo un baño de agua guerrera bendita. El férreo y tierno coronel Gibson, modelo perfecto de la figura del legionario esculpida por el laconismo de sacristía de Francisco Franco (mitad fraile y mitad guerrero), le suelta a uno de sus hijos, que le pregunta qué es la guerra, esta adorable perla pedagógica: 'La guerra es cuando en otro país hay una gente que quiere matar a otra gente y llaman a papá para impedirlo'. Un salvaje (disfrazado de caricia paternal) trallazo de la conversión de Estados Unidos en policía universal.

Y, más turbio aún, dentro de una secuencia clave en la estrategia narrativa del filme, en medio de un penoso ejercicio visual de desquite en el que Gibson y comparsa exorcizan la imagen de la derrota final del ejército de su país con la evocación de una de sus pequeñas victorias iniciales, tiene de pronto lugar un veloz e inaudito juego de engarce de dos tomas, que le hace a uno frotarse los ojos en gesto de incredulidad, pues sobresalta su desoladora indecencia, de mala ralea subliminal. Es así: tras una trepidante toma en la que Gibson ametralla a una avalancha de soldados norvietnamitas, que caen al suelo abatidos como moscas por una guadaña insecticida, la cámara de Randall Wallace da un salto de miles de kilómetros, desde Vietnam a América, en busca de una toma en la que la suave y paciente esposa de Gibson, Madeleine Stowe, escoba en mano, barre la suciedad del suelo de la casa del héroe. El lenguaje del cine tiene reglas estrictas, severas, y a nadie en una sala de montaje se le escapa qué infame juego de asociaciones genera este juego sintáctico de sucesión de dos planos higiénicos, de limpieza.

Bastan estos dos ejemplos, y los hay de la misma mala estirpe a docenas en Cuando éramos soldados, para alcanzar una radiografía taquigráfica de la catadura estética y moral del filme. Pero, junto a la indecencia de su belicismo encubierto, está la incapacidad del guionista y el director del engendro para poner en movimiento el flujo de tensión y acción que pide un género tan complejo como el bélico, que exige altísima precisión en las definiciones rítmicas y en los desarrollos espaciales (recordemos La delgada línea roja, donde Terrence Malick acota con alta precisión el espacio de un campo de batalla). Pero nada remotamente parecido a esto hay en la amorfa inexpresividad de esta ofensa al cine.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 28 de junio de 2002