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Crónica:Mundial 2002 | El desenlace del Grupo A

El gallo en su corral

El uruguayo Darío Silva tiene ante Senegal el encuentro que reclama su espíritu bravucón

Lo único que no llama la atención de Debrai Darío Silva (29 años) es el pelo. En el Mundial más cromático de la historia -las cabelleras de los japoneses han superado todas las previsiones-, el rubio teñido del delantero uruguayo del Málaga es una anécdota mínima en una biografía futbolística y personal llena de notas de color. Hoy, contra Senegal, Uruguay se juega la supervivencia en el Mundial, es decir uno de esos momentos que miden la entereza de los futbolistas y que sólo desean los más grandes o los más bravos.

Darío Silva pertenece a los segundos. Bravucón y dicharachero, entregado a la causa futbolística pero nunca ajeno a los aspectos colindantes del partido, seguramente viene soñando con este encuentro, con el honor uruguayo en juego, tanto como con la final. Habitual gallo de pelea, el estadio Suwon será su corral preferido. Los defensas senegaleses habrán reparado en el vídeo que Darío Silva no se arredra. Frente a Francia tuvo un rifirrafe sonado con un jugador francés. Nada nuevo en su hoja de servicios, pero no eligió a cualquiera: su objetivo fue Patrick Vieira, el más fornido, por lo tanto el más fácil de cabrear, de desestabilizar.

En España ha escrito sonoras polémicas. Al madridista Guti le llamó 'nenaza' y 'maricón', lo que le supuso la reprobación del showman televisivo Boris Izaguirre que lamentó que concediera a la expresión el carácter de insulto 'cuando Darío Silva es un ídolo para los homosexuales'. El asunto le hizo gracia. No rectificó sobre Guti y agradeció lo de Boris Izaguirre.

La polémica le motiva, la tensión le agranda. Acostumbrado a imponer su potencia y su voracidad, al más fiel estilo uruguayo, el descontrol anímico de los partidos le abren las puertas del gol, que busca con ansiedad y que aún no ha encontrado en este Mundial. Claro que tambien le abren las puertas del vestuario apresuradamente. Sus reiteradas expulsiones le supusieron una multa del Málaga, más para salvar la imagen del club que para reconducir a un futbolista incontrolable.

Criado en la escuela de Peñarol -con el que ha ganado cuatro Ligas y se proclamó en 1994 máximo goleador-, encontró en el Cagliari, italiano, la válvula de escape de la débil Liga uruguaya. Sus 13 goles en 27 partidos le trajeron a España, primero en el Espanyol, ahora en el Málaga.

Cuando Víctor Púa, seleccionador uruguayo, tuvo dudas para convocarle para el Mundial, Darío Silva arremetió contra el técnico. La vena irónica dió paso al estilo bravucón: 'Iré al Mundial con o sin Púa', dijo. Y fue. Ya en Japón tuvo la peor noticia posible: su mujer había recibido amenazas de secuestro de su hija, exigiéndole el pago de 5.400 euros. Todo quedó en un tema menor, quizás en una broma de mal gusto.

Y Darío Silva volvió a su vida normal, es decir a jugar al fútbol como sabe: con fuerza, con potencia, con calidad, por encima de lo legal, si es necesario; a seguir metido en líos: criticó a Púa porque lamentó las salidas nocturnas de algunos jugadores; a soñar con el gol en el corral más apropiado. Él, que marcó el gol más rapido de la Liga española -en siete segundos se lo enchufó al Valladolid- lleva dos partidos en blanco. Un contrasentido, tanto como que un tipo rápido como él viaje siempre con chófer. Mejor. No es la persona apropiada para discutir de tráfico en un semáforo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de junio de 2002