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REPORTAJE

Aquellos maravillosos años

Probablemente, Uruguay dejó de ser quien fue hace muchos años. Bicampeona del mundo, su pedigrí se pierde en 1950, el año del maracanazo, para ir sucumbiendo a los problemas habituales de un pequeño país: depresión económica, emigración, depauperación futbtolística... Tanto fue así que desde 1990 Uruguay, un clásico, no asiste a una Copa el Mundo. Ahora recobra el esplendor perdido con una generación menos artística que la de Francescoli, pero con el pundonor intacto que ha definido a su fútbol. Delanteros rocosos como Darío Silva y Abreu o recios centrocampistas como Romero y De los Santos o expertos defensas como el juventino Montero conviven con futbolistas con estilo, como Pablo Forlán, del Manchester United; el interista Recoba o la nueva sensación uruguaya, Richard Morales, el goleador del Nacional de Montevideo.

En cierto modo, el colectivo que dirige Víctor Púa se advierte como la resurrección global del fútbol uruguayo, esa mezcla explosiva de carácter y juego que le ha definido históricamente. Un equipo habituado a los partidos subterráneos y enrevesados y que se maneja mejor en las situaciones límite que en la normalidad absoluta.

Su clasificación hizo honor a una reconstrucción aún débil de su estructura futbolística. Fue cuarto en el grupo suramericano y debió jugarse la fase final frente a Australia.

Su pareja de delanteros, presiviblemente el Loco Abreu y el malaguista Silva, no pasarán inadvertidos. Todo menos eso. Se trata de dos futbolistas que resultan incómodos para cualquier defensa. Su fútbol es la fuerza, el carácter, la dureza, la entrega... Probablemente, tienen poco que ver con aquellos maravillosos años en los que Uruguay dominaba el mundo del futbol. Pero ahora vuelven tras rumiar el fracaso con paciencia, aliñando legionarios con productos del país, es decir del Peñarol y el Nacional. No hay más.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 29 de mayo de 2002