Editorial:
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Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Romper el círculo

El futuro de israelíes y palestinos está atrapado en un círculo infernal de atentados terroristas y represalias que es preciso romper. El salvaje ataque de ayer en Megido -designación hebrea de Armageddon, el lugar de la batalla del Apocalipsis- contra un autobús repleto, con el resultado de 16 muertos (14 de ellos soldados) y cuatro decenas de heridos, fue reivindicado por la Yihad Islámica. Poco después se iniciaban las tradicionales represalias israelíes, empezando con la ya castigada ciudad cisjordana de Yenín, uno de los bastiones de esa organización. Este engranaje diabólico es un sinsentido político.

Aumentan las gestiones y las presiones europeas, de EE UU y de una parte del mundo árabe como Egipto, cuyo presidente, Hosni Mubarak, debe presentar este próximo fin de semana a Bush un plan para la proclamación rápida del Estado palestino, sin definir sus fronteras, que ayude a calmar los ánimos. Está en la línea europea de impulsar una conferencia de paz en julio, que debería llevar, al contrario que Oslo, a un proceso político corto para una paz duradera.

El esfuerzo, sin embargo, no dará resultados mientras no cambien tanto la ecuación interna israelí como la palestina. Sharon se siente más fuerte que nunca tras el regreso al Gobierno del ultraortodoxo partido Shas. Su pretensión de evitar la creación de un Estado palestino debe ser tajantemente rechazada por la comunidad internacional, especialmente por el Grupo de los Cuatro (EE UU, UE, ONU y Rusia).

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Por parte de la Autoridad Nacional y de la OLP hay síntomas de cambio, por insuficientes que sean. La decisión de Arafat de reformar la Administración y volcarse más en el desarrollo de servicios sociales que necesitan vitalmente los palestinos es positiva, aunque está por ver que la lleve a cabo y pueda constituir los cimientos sobre los que construir el futuro Estado. La CIA, por su parte, se va a encargar de reestructurar -y de controlar- las fuerzas de seguridad de la Autoridad Nacional Palestina. Pero a estas alturas no se puede culpar directamente a Arafat del terrorismo suicida, cuando la Yihad o Hamás le están disputando el liderazgo político.

El nacimiento de un nuevo movimiento por la paz, Shahar (Amanecer), promovido por el dirigente laborista Yossi Beilin, uno de los arquitectos de Oslo, constituye otro signo esperanzador; pues, a medida que ha crecido la violencia en esta segunda Intifada y la guerra librada por Israel, había crecido clamorosamente el silencio de los promotores de la paz. Los israelíes han ido cayendo en una rutina que les ha llevado casi a acostumbrarse a vivir bajo la amenaza del terrorismo.

Los terroristas no desean que se explore ninguna vía de paz. Pero terrorismo hubo durante el proceso de Oslo, hasta el final del Gobierno de Barak, y, por difícil que sea de asimilar, algunas voces sensatas sostienen en Israel que, si se vuelve a impulsar un horizonte de paz, éste no puede convertirse en rehén de los atentados suicidas. Pero aún queda mucho camino para presentir siquiera ese futuro.

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