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COLUMNA

¿Es otro?

Me acosa, desde hace unas semanas, la inquietante sensación de que he perdido algo muy importante, y para siempre. Mejor dicho, a alguien muy importante. Verán, será que me va el paciente inglés más que el torito bravo, pero yo estaba acostumbrada al otro José María Aznar, al que ha sido nuestro guía y nuestra luz centrista durante legislatura y media. Admiraba al hombre que llegó del frío y gobernó desde el hielo, al que cubrió con oleadas de despectiva escarcha a la oposición, aquel que sirvió venganzas gélidas entre sus enemigos y atravesó con carámbanos el corazón de los medios que no le eran sumisos. Un hombre capaz, incluso, de congelar en vida a algún que otro ministro que se había pasado removiéndole la cubitera.

En resumen, yo amaba al abominable hombre de las nieves, en versión cool.

Pero hete aquí que se ha producido un cambio espectacular en el antaño ejemplar carácter de nuestro prócer, como si hubiera sido poseído por ajenas fuerzas, por el lado oscuro. Se altera don José María, se le quiebran más que nunca los ya de por sí endebles falsetes, se enfurece y cabrea como una doncella a quien le arrebataran la cera en plena depilación. Todo parece indicar que le ha sobrevenido el deshielo. ¿Por qué será? ¿Tendrá ello un origen hormonal? El gobernante es aún joven, pero, aunque los varones no lo crean, en su naturaleza también se da lo prematuro, a veces con carácter incurable y de nacimiento. Hay hombres prematuros por antonomasia, es decir, que siempre están de más.

Pienso, por otra parte, que puede tratarse de una fiebre transitoria producida por el inminente matrimonio de su hija, y del consabido drama masculino que supone (ver cualquier versión de El padre de la novia) perder a la niña de los ojos suyos y, además, ganar (¡agag!) un tremendo hijo.

Podría ocurrir que esta reconversión de Aznar a la variante al rojo vivo se deba, pura y simplemente, a la acumulación de mandatos, a que cada periodo de gobierno tal vez ejerce en él un imparable efecto a lo mejunje del Dr. Jekyll. Claro: por eso Aznar mismo, fríamente, determinó no volverse a presentar. Para no acabar montado a un caballo y subido a una peana a la puerta del edificio de Nuevos Ministerios.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 30 de mayo de 2002