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Crítica:

Una memoria humillada

Los libros de la francesa Annie Ernaux son el lugar de expiación de su propia historia. Fragmentos de una autobiografía sin secretos que la autora cuenta de manera sencilla y clara. En El lugar, su última obra traducida al castellano y Premio Renaudot en 1984, relata la relación con su padre como una traición que expía a través de la propia conciencia.

Con ésta son cinco las novelas que han sido traducidas entre nosotros de las trece que forman hasta hoy la obra de Annie Ernaux (Lille Bonne, Normandía, 1940), una de las escritoras francesas más destacadas del último cuarto de siglo, bastante conocida ya dentro y fuera de su país, y cuyos libros han gozado de cierto éxito, sobre todo en el Reino Unido y Estados Unidos. Sin embargo, su difusión aquí ha sido bastante lenta, pues su primera novela, Los armarios vacíos, data de 1974 y la primera que entre nosotros se tradujo fue la quinta, Una mujer (en Seix Barral, muy bien y por el desaparecido Enrique Sordo), en 1988, sólo un año después de su publicación francesa. Misterios de la industria editorial, desde luego, pues el primer gran éxito en Francia lo había obtenido con su anterior novela La place (1983), que había sido galardonada con el Premio Renaudot del año siguiente, y que es la que con evidente retraso aparece ahora en otra buena versión de Nahir Gutiérrez, bajo el más exacto título de El lugar, pues no se trata de un sitio o lugar físico o geográfico, sino moral o social, de la posición que una persona o un grupo familiar ocupa en la sociedad, esto es, de su lugar, categoría o clase social en resumidas cuentas.

EL LUGAR

Annie Ernaux Traducción de Nahir Gutiérrez Tusquets. Barcelona, 2002 104 páginas. 8 euros

La literatura de Annie Ernaux es de índole autobiográfica, discreta, nada secreta y enormemente sencilla, clara y bastante minimalista podría decirse, aunque nada tenga que ver -por su rechazo de la ficción, que asomaba en sus tres primeras novelas, para desaparecer después- con la tendencia anglosajona del mismo nombre. No se trata de contar cuentos sino de contar historias, mejor dicho, su propia historia por encima de todo lo demás, pero no cayendo en intimismo alguno, alejándose de toda subjetividad, pues considera su literatura como una especie de etnología, como una 'intervención' en la sociedad que le rodea. Y a este respecto, sus libros -cortos en su mayor parte, directos y simples, muy alejados de toda retórica al uso- relatan su propia historia primero como si se tratara de una novela de verdad ficcional (Los armarios vacíos), la de su padre (El lugar), la de su madre (Una mujer), la de un juvenil aborto clandestino (El acontecimiento), la de su matrimonio frustrado (La mujer congelada), la de su adulterio (Pura pasión), hasta llegar, colmando progresivamente sus diversas etapas hasta las más recientes en Perderse (2001) -una historia de seducción sexual- o la más breve, La ocupación (2002), que cuenta la liberación de la fascinación que experimenta la voz narradora por una nueva amante de su antiguo amor, que la 'okupa' de manera bastante total.

El lugar empieza con la muerte del padre de la narradora, acaecida un mes después de que ella haya pasado la oposición a profesora titular, como si de una condena se tratara. Convertirse en funcionaria, después de haberse titulado en la universidad (de Rouen, para más señas), contraído matrimonio, ser madre un par de veces, divorciarse después hasta conseguir una vida independiente al final, ha supuesto para ella y sus padres un 'salto' social evidente, un ascenso que la ha llevado desde los orígenes de campesinos pobres de su familia, al proletariado rural y el pequeñísimo comercio de sus padres (gracias a su propio esfuerzo) al paso final hacia la burguesía de una hija intelectualmente bien dotada y estudiante brillante en escuelas públicas y colegios privados, pues no se le escatimaron las ayudas familiares. Y es este 'salto' social, el que la reciente funcionaria intelectual rememora a través de la memoria de su propio padre, lo que aquí se desgrana desde un punto de vista no exento de un evidente complejo de culpa, casi como si de una traición se tratara, como lo evidencia la cita de Jean Genet que sirve de epígrafe a este libro desolado: 'Escribir es el último recurso cuando se ha traicionado'.

Se trata, por tanto, de la his

toria de una traición, que Annie Ernaux expía a través de su propia conciencia, alimentada desde sus orígenes por su propia memoria humillada. Aunque, desde mi punto de vista, esa humillación también arranca de su primera formación dentro de su contexto pequeño burgués y 'religioso' pese a su menesterosidad, como una concesión a lo que la escritora califica de lo 'políticamente correcto' de su infancia y juventud (con su colegio de monjas incluido, claro está). Pues la formación intelectual que experimentó fue la de las primeras libertades de los años sesenta, los restos del existencialismo de Sartre y Simone de Beauvoir, del primer feminismo (su aborto ilegal ocurrió en 1963) y de la conquista de la libertad, todo ello presentado como una traición a sus valores familiares y sociales, que la autora ha asumido como si fuera una culpa y sólo ha podido rescatar a través de la escritura de su libro. Del que lo mejor es su técnica, simple, escueta, directa y objetiva hasta una exasperación que borra a la vez todo sentimentalismo y toda actitud justiciera. Pues así Annie Ernaux, la discípula de Sartre y la Beauvoir, la amiga de Pierre Bourdieu, la amante de la filosofía, la izquierdista a ultranza que rechazando a Jospin abrió el paso a Le Pen (espero que lo haya meditado, pues hasta en eso ha resultado representativa) huyendo de la trampa de lo personal encontró la literatura como una expiación y como una redención a la vez, vayámonos pensándolo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 25 de mayo de 2002

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