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ATLETISMO
Columna
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Paradójico maratón

La prueba de maratón ha fascinado a los estudiosos del deporte desde hace muchos años. Clarence de Mar, siete veces vencedor en el maratón de Boston (la última victoria, en 1930), fue uno de los primeros maratonianos en someterse a exhaustivos estudios fisiológicos. En la Universidad de Harvard, eminentes científicos de la época, como Dill y Bock, midieron su consumo de oxígeno máximo o VO2max (76 mililitros de oxígeno por kilogramo de peso por minuto) y sus niveles de lactato cuando corría a ritmo de maratón. También estimaron la intensidad media a la que era capaz de correr esta prueba: cerca del 80% de su VO2max. De hecho, hasta se le practicó una autopsia después de fallecer de un cáncer de vesícula, que reveló que su corazón era fuerte y saludable.

Cientos de estudios han sido publicados desde entonces, que nos han permitido conocer mejor esta prueba. Por ejemplo, sabemos cuáles son los tres factores clave para triunfar en el maratón. Primero, un alto VO2max, que incluso sobrepasa los 80 mililitros/kilo/minuto en algunos grandes campeones de los últimos tiempos. El VO2max depende en gran parte de la herencia genética de cada individuo y refleja la máxima capacidad de la bomba cardiaca para enviar oxígeno a los músculos. Además, esta cualidad es excluyente, pues representa algo así como la cilindrada del motor del maratoniano: sin un mínimo de centímetros cúbicos, nada que hacer. Por mucho que uno se entrene.

Las otras dos cualidades, el umbral anaeróbico y la economía de carrera, son más entrenables, pues dependen en gran medida de la puesta a punto del motor de cada corredor. En concreto, de sus músculos. Un alto umbral anaeróbico refleja la capacidad de correr a muy altas intensidades, cerca del 90% de este VO2max, antes de que el organismo entre en acidosis láctica. Más importante si cabe es la economía de carrera. Es decir, la capacidad de correr rápido sin despilfarrar el único combustible que permite correr durante dos horas a ritmos tan exigentes como el del récord del mundo de maratón (ligeramente por debajo de 3 minutos por kilómetro): el glucógeno muscular.

Lo malo de estos depósitos es que son limitados: medio kilo, o poco más. Y es muy difícil no agotarlos en menos de dos horas de intenso ejercicio. ¿Es que el cuerpo no dispone de un combustible alternativo? Sí: las grasas, cuyos depósitos son además mucho mayores. La desventaja de tan abundante combustible es que los músculos tardan demasiado tiempo en quemarlo. Resultado: no es posible correr a ritmo de récord del mundo basándose en grasas.

Así, el organismo del maratoniano de élite se enfrenta a una paradoja de difícil solución: a su motor se le exige a la vez ser diesel -es decir, económico- y consumir gasolina superplus, -es decir, glucógeno-. Posiblemente, los fondistas africanos sean los mejor preparados, si no los únicos, para hacer frente a tan difícil disyuntiva. La cualidad que más les diferencia de los atletas europeos es su sorprendente economía a altísimos ritmos de carrera. Y se debe en parte a factores antropométricos: el peso de estos atletas es muy bajo con relación a su estatura, y, sobretodo, sus piernas son especialmente largas y ligeras en comparación con su tronco. Además, es posible que sus estén especialmente capacitados para almacenar energía elástica en cada zancada, a modo de muelles, con el consiguiente ahorro energético.

Alejandro Lucía es fisiólogo de la Universidad Europea de Madrid.

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