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Reportaje:

De puerto en puerto por el Caribe

De La Habana a Yucatán, diversión en un crucero con sabor tropical

Nueve días al más puro ritmo caribeño. Un paseo por el malecón habanero, una excursión a las ruinas mayas de Chichén Itzá, y un baño en las aguas cálidas de Cozumel y las islas Caimán.

Es de noche cuando el Mistral zarpa del puerto de La Habana. Los pasajeros están durmiendo y apenas algún viajero melancólico se despide desde una terraza de popa de las luces quedas de la ciudad, brindando por ella con su mojito.

El día amanece en alta mar, y cuando los chubascos tropicales cesan, la cubierta se atiborra de pasajeros deseosos de un primer contacto con el sol del Caribe. Hay un trajín interminable de camareros cargados de cócteles de nombres exóticos y en el jacuzzi de cubierta hay más gente que burbujas. Mientras unos toman el sol, en esta ciudad flotante se desarrollan todo tipo de actividades: desde juegos de cartas, bailes de salón, sesiones informativas sobre las excursiones en las escalas del crucero hasta, estrella de la mañana, un master sobre cómo convertir frutas y verduras en esculturas. No es que uno consiga convertir un pepinillo en el grupo escultórico de Laoconte, pero las cucurbitáceas quedan de lo más finas adornando la mesa del bufé.

La calurosa ciudad de Mérida tiene un casco histórico colonial que gira en torno a su zócalo o plaza Mayor. Muchos han decidido quedarse en su mercado, comprando hamacas y sombreros mexicanos, pero la gran mayoría se dirige a Chichén Itzá, el más famoso yacimiento maya de Yucatán

El último día, la megafonía anuncia que desde la borda de estribor se puede observar la llegada a la ciudad de La Habana. La cubierta superior se llena de pasajeros que observan cómo van desfilando Miramar, el Vedado o el Malecón hasta que el barco llega a la bahía

Después de comer suenan las alarmas: se realiza el simulacro de emergencia y todos los pasajeros, embutidos en sus chalecos salvavidas, con algo de excitación infantil y bromas sobre el Titanic, se dirigen a alguna de las lanchas de desembarco asignada de antemano. Hay cierto alivio cuando los tripulantes pasan lista y en ella no figura Leonardo DiCaprio.

Pero el gran acontecimiento del día es el cóctel y la cena del capitán. Es parte del ritual de un crucero, y el capitán, como el de Vacaciones en el mar, no decepciona: sonrisa Profidén, afabilidad permanente y unos impolutos zapatitos blancos. Parece mentira que no le haya crecido el pie desde la primera comunión. Antes de la cena hay un cóctel en el que el capitán presenta a sus lugartenientes. Sobre el escenario, en línea con el capitán, el director del hotel, el jefe de intendencia o el de seguridad, con las piernas levemente separadas, dan un paso adelante cuando suena su nombre y hay un momento en el que parece que aquello va a acabar como Full Monty.

En la discoteca, los pasajeros se inflan de mojitos y se mezclan con algunos tripulantes. Pertenecen a la élite de un sistema de castas en el que sólo algunos pueden confraternizar con los pasajeros. Los otros tienen su propia discoteca en los fondos del barco.

Puerto Progreso es la puerta de entrada para los viajeros que acaban de llegar a Yucatán, una región que fue alguna vez una república independiente, y que ahora es uno de los mayores polos turísticos mexicanos. La calurosa ciudad de Mérida, antigua capital de la región, desplazada por Cancún como centro económico de la península, tiene un casco histórico colonial que gira en torno a su plaza Mayor. Muchos han decidido quedarse en su mercado, comprando hamacas y sombreros mexicanos de colores exuberantes, pero la gran mayoría se dirige a Chichén Itzá, el más famoso y mejor restaurado yacimiento maya de la zona.

El sol pone todo su empeño en calcinar las piedras de los templos y ruinas de la quincena de complejos arquitectónicos de esta ciudad abandonada misteriosamente en el siglo X. La máxima atracción es la pirámide conocida como El Castillo, cuyo ascenso es una auténtica escalada. Está consagrada a la serpiente emplumada (Quetzalcoatl, o Kukulkán en lengua maya), y cada equinoccio de primavera las muchedumbres se congregan en su explanada para contemplar cómo el sol dibuja una serpiente en una de sus aristas. La otra gran atracción del lugar es el juego de pelota, una cancha en la que se practicaba una suerte de baloncesto precolombino y cuya mayor emoción consistía, según explican los guías con fruición, en que el capitán del equipo ganador era sacrificado.

Clases de chachachá

Justo a la hora del embarque se imparten clases de chachachá, y después, en la cubierta, se enseña a dar masajes. Por la noche, la elección de Miss Adolescente concita bastante más curiosidad (masculina) que la de Pareja Ideal.

El cuarto día amanece frente a las costas de Cozumel, la mayor isla de México, cuyos templos mayas fueron arrasados por las huestes de Hernán Cortés, que tuvieron a bien redondear la faena regalando a sus habitantes una viruela que despobló la isla durante siglos. Cozumel (Lugar de Golondrinas) revivió cuando el comandante Cousteau inmortalizó los arrecifes en sus documentales y la isla se transformó en un paraíso turístico al que afluyen fundamentalmente norteamericanos, bien enlazados por vía aérea con ciudades como Houston o Nueva York.

Las iguanas pululan por doquier y posan para los visitantes sin disimular su narcisismo y después se alejan con la displicencia de quien sabe que ha sobrevivido a la hecatombe de los grandes saurios. Algunos viajeros pasean por un miniparque temático con reproducciones de esculturas de distintas culturas mayas; otros se lanzan al delfinario, envidiosos de los que tuvieron la precaución de reservar su derecho de nadar entre los delfines, y la mayoría decide tumbarse al sol y disfrutar de su primer baño en las aguas del Caribe.

A bordo, la gente aprende a hacer bisutería o a bailar el mambo, se toma el combinado de turno en el solárium, se rinde a los efectos benéficos de la talasoterapia o se prepara para asistir por la noche a un semistriptease que realizan los candidatos a Míster Adolescente o a la, casualmente más concurrida, elección de Miss Mistral.

En Georgetown, capital de Gran Caimán, hay que desembarcar en lancha y es una hora más que en México. El capitán avisa por la megafonía de que los planes de nadar entre las rayas han sido cancelados por las autoridades de la isla a causa de las condiciones meteorológicas. Las islas Caimán, apenas tres islotes, constituyen la quinta plaza financiera del mundo, siguiendo de cerca, por ejemplo, a Nueva York o Hong Kong, y en ellas están residenciados más bancos y empresas que sus 19.000 habitantes. Su principal atractivo consiste en ver cómo se tuestan al sol algunos de los ricos más ricos del mundo mientras sus chequeras engordan. Por supuesto, en un paraíso fiscal de tal categoría, el vocablo impuesto es un tabú: aquí hasta las aceras existen por iniciativa privada, y una de las pocas leyes que sus habitantes tienen que cumplir es la de no edificar por encima de la altura de los cocoteros.

Por lo demás, poco hay que hacer allí: visitar una granja de tortugas carey; mandar una postal desde un roquedal volcánico llamado The Hell (la gracia está en que la misiva lleva matasellos de El Infierno); bañarse en Seven Miles Beach, una playa privada y de pago, claro; comprar esmeraldas o cualquier otra fruslería libre de impuestos; o asistir a los oficios religiosos de una de las iglesias de distintas confesiones que figuran en la guía telefónica, algo lógico teniendo en cuenta la tendencia de estas instituciones por los paraísos.

Fiesta de carnaval

Los pasajeros se despiden de Gran Caimán con una fiesta de carnaval preparada a bordo y parten rumbo a Cuba, pero no van a notar el shock entre el paraíso fiscal y el comunista. La siguiente escala es la isla de la Juventud, antigua isla de Pinos, concretamente en la punta del Francés, un cabo deshabitado de manglares, cocoteros y playas doradas. Apenas tendrán contacto con los pineros porque la tripulación ha preparado una barbacoa y lo más que pueden hacer es probar la langosta cubana a bordo de un catamarán o dar un paseo a caballo por sus bosques.

Pocos saben que, según algunas teorías, la isla de Pinos inspiró a Robert Louis Stevenson su novela La isla del tesoro; que la punta del Francés es un homenaje a El Olonés, uno de los muchos piratas, corsarios y bucaneros que se refugiaron allí, escondieron sus tesoros y acabaron inmortalizados como topónimos. Uno de ellos, por ejemplo, es la Ciénaga de Drake, una auténtica minestrone de cocodrilos que lleva el nombre del famoso pirata británico. Un ron añejo en el restaurante del muelle, y a bordo.

El último día, la megafonía anuncia que desde la borda de estribor se puede observar la llegada a la ciudad de La Habana. La cubierta superior se llena de pasajeros que observan cómo van desfilando Miramar, el Vedado o el Malecón, hasta que el barco llega al muelle de la bahía. Sorprendentemente hay gente que no desembarca, pero la mayoría se echa a las calles de La Habana Vieja; se reencontrarán en las paradas rituales de La Floridita y La Bodeguita del Medio, para tomarse, como Hemingway, un daiquiri y un mojito (respectivamente); por la noche alucinarán con el show de Tropicana o se agotarán con la salsa nocturna habanera.

Cuando al día siguiente retornen al barco para recoger sus equipajes, se cruzarán con los nuevos pasajeros, dispuestos a sorprenderse de que el capitán lleve los mismos zapatos impolutos de la primera comunión.

DATOS PRÁCTICOS

El crucero - Festival Cruceros (902 350 902 y en agencias). La ruta Bellezas del Caribe y tesoros de México, 9 días y 8 noches, se inicia el 12 de julio en el barco Caribe. Precios: camarote interior doble, 1.350 y 1.450 euros. Camarote exterior doble, 1.550 y 1.650 euros. Suite, 1.750 euros. El precio incluye el vuelo entre Madrid y La Habana, los traslados de aeropuerto, pensión completa, animación, espectáculos y fiestas. Gastos adicionales: tasas de embarque, 110 euros. Tasa de aeropuerto de La Habana: 20 dólares (22,72 euros). Monedas: en el barco se usa el euro. En México, el peso mexicano (0,42 euros) o el dólar (1,13 euros), aunque cada vez hay más sitios en los que admiten euros. En las islas Caimán se puede pagar con el dólar norteamericano y con la moneda local, east caribbean dollar (equivalente a 0,12 euros). Los camarotes disponen de televisión, videojuegos y teléfono. Servicios: la televisión de pago cuesta 9,99 euros por 24 horas. Los videojuegos, seis euros la media hora. El teléfono funciona con tarjeta de crédito, pero al ser teléfono vía satélite los precios son muy elevados. Otros cruceros por el Caribe - Latitud 4 (www.latitud4 y en agencias). Tiene varias ofertas para sus cruceros caribeños a bordo de tres grandes buques de la compañía Royal Caribean: siete noches a bordo del Voyager of the Seas, con salida desde Miami y escalas en Labadee (Haití), Jamaica, Gran Caimán y Cozumel, desde 728 euros. Desde Miami y en el Explorer of the Seas, desde 683 euros, visitando Bahamas, St. Thomas, San Juan de Puerto Rico y Labadee (Haití). En el Adventures of the Seas, con salida desde San Juan de Puerto Rico y escalas en Aruba, Curaçao, St. Maarten y St. Thomas, a partir de 721 euros. Los precios no incluyen ni los vuelos hasta el puerto de origen ni las tasas de embarque. - Viajes El Corte Inglés (902 30 40 20 y http://viajes.elcorteingles.es) propone un crucero de siete noches por el Caribe oriental en el Maasdam, de la compañía Holland America, desde 605 euros. Con salida desde Fort Lauderdale (Florida, EE UU) y escalas en Nassau, San Juan, St. Thomas y Half Moon Cay. A este precio hay que sumarle las tasas y el vuelo a Miami. - Con Viajes y Cruceros (915 42 76 63 y www.unmundodecruceros.com), ocho días de navegación por el Caribe oriental en el Norway (Norwegian Cruise Line), con inicio y fin en Miami, desde 680 euros. Cruceros en Internet - www.todocruceros.com - www.carnivalcruises.com - www.celebrity-cruises.com - www.costacruceros.es - www.cunardline.com.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de mayo de 2002

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