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CRÓNICA

Un vergonzoso Madrid tira la Liga

La pereza general y el incomprensible penalti de Helguera sobre Aranzábal hunden a los blancos en Anoeta

El Madrid tiró la Liga en Anoeta con una actuación bochornosa. Hizo el vago y recibió su merecido frente a una impetuosa Real, que jugó con fe y energía, a toque de tambor, como no podía ser de otra manera. Tumbó al Madrid con tres goles y le dejó desairado. No le quitó el campeonato porque de eso se encargaron los madridistas, con sus estrellas a la cabeza.

REAL SOCIEDAD 3| REAL MADRID 0

Real Sociedad: Westerveld; Rekarte, Kvarme, Jauregi, Aranzabal; Xabi Alonso, Idiakez; Tayfun, De Pedro (Aramburu, m. 80), Koklov (Gabilondo, m. 90); y Kovacevic (De Paula, m. 80). Real Madrid: César; Salgado (Geremi, m. 50), Helguera, Karanka, Roberto Carlos; Makelele (Solari, m 75), Flavio; Figo, Raúl, Zidane y Munitis (Savio, m. 60). Goles: 1-0. M. 58. Penalti de Helguera a Aranzabal que marca Kovacevic engañando a César. 2-0. M. 82. Koklov hace varios recortes en el borde del área, los dos últimos a Helguera y lanza un gran disparo a media altura. 3-0. M. 90. De Paula empalma en el punto de penalti un centro de Idiakez desde la derecha. Árbitro: Pérez Pérez. Amonestó a Helguera, Makelele, Salgado, Xabi Alonso e Idiakez. 32.000 espectadores, en Anoeta.

Ni jugaron, ni pretendieron hacerlo, como si la cosa no fuera con ellos, y resulta que allí en ese campo se les estaba escapando el campeonato a chorros. Fue un regreso al Madrid apático que sacó de quicio a sus aficionados hace algún tiempo, el equipo blando, perezoso y sin ninguna querencia por el trabajo bien hecho.

No hubo novedades con respecto a los últimos antecedentes. El Madrid, que se jugaba la vida, funcionó mal, sin gas, con la sensación evidente de administrar demasiado las energías y las piernas. Excepto gente como Míchel Salgado, futbolista discreto que merece todas las medallas por su conmovedor despliegue, la mayoría de los jugadores se lo tomó con tanta abulia que provocó extrañeza. Había demasiada distancia entre las necesidades del equipo y la respuesta que encontró. Más aún con las noticias que llegaban de Valencia, noticias que no provocaron reacción alguna en el Madrid. En el mejor de los casos pasó de un periodo de asedio a una cierta tranquilidad en el primer tiempo, con mucho traqueteo en el medio campo y poco más. Al área sólo llegó Roberto Carlos en tres ocasiones, producto de su velocidad y de la flojera del ala derecha de la Real. Pero no ocurrió nada porque sus centros fueron rechazados por los centrales de la Real. Tampoco era fácil encontrar a los delanteros, y especialmente a Munitis, cuyo fracaso le desacredita para acudir al Mundial. Pareció un futbolista menor y sin su principal atributo: la febril confianza en sus posibilidades. Como ejemplo, el fallo que pudo desequilibrar el partido, un mano a mano con Westerveld que Munitis resolvió con un tiro al palo cuando el remate era gol o gol.

CLASIFICACIÓN

1. Valencia
69
2. Real Madrid
65
3. Deportivo
61
4. Barcelona
60
5. Celta
57
6. Betis
56
7. Alavés
51
8. Athletic
49
9. Málaga
49
10. Espanyol
47
11. Valladolid
45
12. Sevilla
44
13. Real Sociedad
43
14. Villarreal
40
15. Rayo
40
16. Las Palmas
39
17. Mallorca
39
18. Osasuna
38
19. Zaragoza
36
20. Tenerife
35

La Real también se jugaba la vida, y estuvo en el papel que se le pedía. Parece un equipo con cierta clase pero atormentado por la situación que atraviesa en la tabla desde hace tiempo. Juega agarrotado, con tanta ansiedad que cada partido le quita años de vida a sus jugadores. Pero, en cualquier caso, la Real no decepcionó. No jugó bien, sin embargo, tuvo el lado abnegado que le faltó al Madrid. Si había que disputar una pelota dividida, sus jugadores la ganaban, y nunca se hizo más evidente que en el penalti de Helguera. Aranzábal llegó como un tren, tanto que se le escapó levemente la pelota, lo suficiente para que Helguera la interceptara. Pues no. A Helguera hizo dejación de todo lo que caracteriza a un defensa. Se ablandó y se quedó inerme, como si le hubiera dado un aire. Luego extendió los brazos y empujó al sorprendido Aranzábal. Ese penalti tiene delito para el Madrid, que probablemente tiró la Liga allí mismo.

Antes de que Helguera regalara la victoria a la Real, el partido pasó de un arranque impetuoso del equipo donostiarra a una especie de armisticio que se prolongó hasta el medio tiempo. La Real comenzó con brío y mucha fe en los centros sobre el área madridista. Y con razón. Cada falta, cada córner, era un calvario para el Madrid, cuyos centrales no se impusieron jamás en el juego aéreo. Karanka, por ejemplo, no disputó ni uno de los centros, cosa más que rara en un central. Así de extraño es muchas veces el Madrid, que tuvo suerte de salir indemne de la ofensiva de su rival. Tayfun falló un remate sencillo, a Idiakez se le escapó por una cuarta un buen remate, Kovacevic dejó de cabeza numerosos centros pero nadie los aprovechó. Del Madrid, nada. Se defendía muy mal y atacaba peor. Figo estuvo de paseo. No se fue nunca de Aranzábal, ni lo intentó. Su ausente figura retrató perfectamente la actitud del equipo.

En la Real hubo un jugador por encima de la media. Khokhlov, jugador extremadamente frío que da la impresión de no acompañar nunca en las guerras, fue el protagonista del partido. Se impuso en la media punta con una facilidad pasmosa, porque sabe de fútbol. Fue importante en el primer tiempo y capital en el segundo, donde se encargó personalmente de destrozar al Madrid con un estilo muy similar al de Mostovoi. Todo lo hacía con un aire moroso y la máxima habilidad. Su gol fue un prodigio de clase, si bien encontró la ayuda de unos defensas que parecían hipnotizados por los regates del ruso.

El gol sólo vino a confirmar los méritos de la Real y los deméritos del Madrid, que hizo todo lo posible por perder la Liga en Anoeta. No aprovechó la gloriosa oportunidad de Munitis, cometió uno de los penaltis más absurdos de la temporada y nunca se dio por enterado de la trascendencia del encuentro. No es que jugara con suficiencia, es que no quiso jugar y se dio a la vida muelle. Esta vez, en un partido definitivo, se pasó de largo en su indolencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de abril de 2002