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CRÓNICA

El Madrid deja fuera de juego al Barça

La pegada madridista, con Zidane y McManaman como realizadores, hizo inútil el intenso esfuerzo ofensivo azulgrana

Que no vengan con más cuentos. Sant Jordi viste de blanco o, al menos, nada tiene que ver con el Barcelona. Igual que el Leeds el 23 de abril de 1975, el Madrid se encontró ayer en el Camp Nou con un resultado insospechable a tenor del color que tuvo el partido durante un buen rato. De nada le sirvió al Barça jugar un encuentro muy bonito. La belleza nada tiene que ver con la consistencia y a los madridistas les alcanzó un remate de Zidane para dar la vuelta a la contienda después de que los azulgrana hubieran descargado unos cuantos tiros sobre el marco de César.

BARCELONA 0| REAL MADRID 2

Barcelona: Bonano; Reiziger (Geovanni, m.59), Abelardo (Christanval, m.71), Frank De Boer, Motta (Gabri, m.82); Rochemback, Cocu, Luis Enrique; Saviola, Kluivert y Overmars. Real Madrid: César; Michel Salgado, Hierro, Pavón, Roberto Carlos; Makelele, Helguera, Zidane, Solari (Flavio, m.88); Raúl y Guti (McManaman, m.78). Goles: 0-1. M. 55. Raúl mete un pase largo y cruzado de derecha a izquierda, Zidane evita la entrada de Cocu y supera a Bonano con una vaselina cruzada con la derecha. 0-2. M.91. Flavio abre para McManaman que, libre de marca y llegando por la derecha, supera por alto a Bonano. Árbitro: Anders Frisk (Suecia). Mostró tarjeta amarilla a Luis Enrique, Zidane, Michel Salgado, César, Kluivert y Overmars. Camp Nou. Lleno. 98.000 espectadores. Ida de las semifinales de la Liga de Campeones. La vuelta se juega el 1 de mayo en Chamartín.

César salvó varios remates de un Barça al que le faltó un ariete y, sobre todo, un pasador

El oficio del Madrid, la distancia que aún separa a Zidane de Saviola, acabó por decidir

Para una vez que fue a por el partido, el Barça se quedó tendido en la lona, noqueado en una de las contras que montó el Madrid con la astucia de los equipos campeones, que saben estar en la cancha y jugar partidos de alto riesgo, que son competitivos y, además, inteligentes. Batido Bonano, los blancos resolvieron prácticamente la eliminatoria. A Guti y Solari les faltó la serenidad de Zidane y la grandeza de Raúl antes de que McManaman dejara el partido del Bernabéu para los fastos del Centenario. El Madrid tuvo más futbolistas determinantes que un Barça con mejor juego.

Desde hace años, el Madrid venía dando vueltas y más vueltas al partido del Camp Nou en busca de la tecla que le diera la victoria. En un gesto que pareció tanto una concesión al Barcelona como un reconocimiento de que quedaba el partido de vuelta, anoche se desplegó a partir de una defensa de tres centrales, presidida por Hierro, convertido en la bisagra del juego. Un mal negocio a juzgar por lo acontecido en el campo durante una hora y una bendición a decir del marcador. Retrasado Helguera como marcador, el plantel blanco quedó en inferioridad numérica en la divisoria frente a un Barça valiente y con mejor pinta que nunca.

Rexach recuperó las señas de identidad y su equipo se estiró con un cierto gusto para satisfacción de la hinchada, que la emprendió con el Madrid a grito pelado cada vez que salía de la cueva del gol norte. El Barça continuó con sus concesiones defensivas, propias por otra parte de un plantel poco trabajado tácticamente y de naturaleza ofensiva más marcada que de costumbre a partir de una defensa de tres. A cambio, sin embargo, ganó entrejuego con una variante: Charly sacrificó un lateral, Coco, y ganó un medio, Motta. Alrededor del zurdo italobrasileño los azulgrana ensancharon la cancha, tuvieron una mejor salida, sobre todo enlazando con Overmars, y pudieron jugar dos contra uno en la medular. La superioridad escénica de los barcelonistas, en cualquier caso, fue tan incuestionable como estéril. Al Barça le faltó sólo un ariete y sobre todo un pasador, un trescuartista, para romper frente al balcón del área. Hoy no lo tiene porque Rivaldo es un conductor y Kluivert un controlador y, además, ayer no pudo reciclar siquiera a Xavi.

Frente al fútbol aseado y vigoroso del Barcelona, el Madrid estuvo muy contemporizador. Raúl tiró un par de desmarques y aceleró un rato con Roberto Carlos por el costado izquierdo, pero Rexach corrigió rápidamente la disfunción, poniendo a Rochemback por delante de Reiziger y no hubo más noticias de los blancos, muy acurrucados, faltos de proyección, irreconocibles por la manera en que renunciaron a la pelota y las pocas veces que engancharon con Zidane y Raúl. Tocó más el Barcelona, desbordó más, presionó más, tiró más, jugó más y si el marcador no le dio más fue por pura mezquindad, falta de acierto en la zona de definición y de capacidad para desequilibrar.

Las dos primeras jugadas del segundo tiempo sirvieron para anunciar que el partido continuaba en la misma onda que el primero: combinaron los medios azulgrana, desbordó Overmars y remató Luis Enrique con tanto suspense como desatino. Acto seguido, Rochemback volteó a Solari y el argentino, el único futbolista que jugaba de cara a Bonano, se fue cuerpo a tierra. El Madrid aguantó pacientemente el desgaste del Barça. Quizá porque nunca temió por un gol en contra debido a la falta de puntería azulgrana. O incluso por no enfrentarse a un delantero centro como Dios manda. Por el contrario, sabía que, si conectaba una sola vez a sus cracks, el gol estaba al caer. Y así ocurrió. La defensa azulgrana tiró mal el fuera de juego y Raúl habilitó a Zidane, cuyo remate venció a Bonano.

Pese la efectividad madridista no remitió el ánimo azulgrana, que dio una nueva vuelta de tuerca al partido dando entrada a un extremo derecho, Geovanni, para aumentar el caudal de juego ofensivo. Un cuarto de hora después, sin embargo, reventaron los azulgrana, víctimas del infortunio, faltos de jugadores de altura como Rivaldo, y que, con Christanval a la cabeza, quedaron a merced del contragolpe del Madrid, un equipo con más oficio, más hecho, más entrenado para ganar. La diferencia del partido estuvo justamente en el fútbol que todavía separa a Saviola de Zidane, o a Kluivert de Raúl, y así lo entendió la hinchada, que despidió resignada a su equipo, sin nada que reprocharle, consciente de que los suyos habían dado cuanto tenían, sabedora de que no merecían la bronca que el marcador y el rival habrían demandado otras veces. La pegada del Madrid fue tan fulminante que no hubo tiempo ni para la reacción ni para recordar que Glasgow queda ya a tiro de piedra del Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 24 de abril de 2002