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COLUMNA

La zorra y el lobo

Que se califique, entre los que blasonan de diálogo, a la persona propuesta por el PSE para adjunto al ararteko como 'la zorra para cuidar el gallinero', supera el despropósito, la mala educación, es un insulto.

¿Si los académicos del diálogo no soportan una simple negociación sobre unos cargos de designación, cómo podrán soportar otras negociaciones más complejas como las que se refieren al autogobierno o a la liquidación de ETA? Quizás el estandarte del diálogo sólo encubra la beligerancia, unas feroces fauces.

El candidato a adjunto al ararteko adolecía de ser alcalde, cargo que estaba dispuesto a dejar, militar en un partido, y haber tenido en su día su conflicto con el anterior ararteko a cuenta de las escopeteras del alarde de su pueblo. Otra cosa era el candidato a ararteko, que nunca llegó a serlo por retirarse antes de ser nombrado. Este hombre era apolítico, había declarado, con un cierto orgullo ante el cargo, que no había pertenecido a partido alguno en los últimos veinticinco años, seguro que tampoco antes, presentando todo eso como cualidades curriculares.

Hemos llegado a una sociedad tan corporativa y fascista que el apoliticismo es considerado virtud

¿Cómo se le ocurre al recién elegido secretario general del PSE pedir al PNV que deje de ser ambiguo?

Hemos llegado a una sociedad, la vasca, tan confundida y perversa que todos esos argumentos se consideran valores, o quizás a una sociedad tan corporativa y fascista que el apoliticismo y el apartidismo es considerado virtud.

Sus declaraciones recordaban a las del difunto Carrero Blanco, que siendo presidente del Gobierno confesaba que él era apolítico, que la razón de aceptar el cargo residía en su inmenso amor a España y en su inquebrantable, y carente de mácula alguna, adhesión y fidelidad al Jefe del Estado. Apolítico como él.

Para los otros animales domésticos, los que no son gallinas, pongamos, por ejemplo, las ovejas, las declaraciones del candidato a ararteko a favor del diálogo en sintonía nacionalista, su preocupación por los malos tratos (que se entendían como los que se producen en las comisarías y cuarteles ajenos a la Ertzaintza), su concepción del conflicto vasco como una amalgama historicista que se pierde en las guerras carlistas, y su rechazo a la ilegalización de Batasuna, le convertía en todo un lobo feroz.

Y los socialistas se lo comían con patatas fritas. Moraleja: en este país no se puede ser zorra pero sí lobo.

La fábula suele permitir reflexionar, pero no hay mucha posibilidad en el país del diálogo y del terrorismo, a causa del terrorismo, sobre todo, pero también por la escolástica del diálogo surgida precisamente por la existencia del terrorismo. La reflexión es un lujo para intelectuales desinhibidos.

Dejemos la fábula, no sirve de nada, vayamos a la paradoja, tampoco de mucho. ¿Cómo se le ocurre al recién elegido secretario general del PSE pedir al PNV que deje de ser ambiguo? Al PNV de ahora se le puede acusar de mucha cosa menos de ser ambiguo.

Tiene un programa de gobierno soberanista, en el aberri eguna ha dicho que con ochocientos mil votos va a por la autodeterminación, rechaza la ilegalización de Batasuna y hasta está dispuesto a acudir a Europa a recurrirla si se produce, exhibiendo una mayor energía que la demostrada ante el terrorismo y a favor de las víctimas, y vuelve a votar con Batasuna, por lo visto tampoco esto es política apoyarse en Batasuna, la autodeterminación vía el Estado américano de Idaho.

El PNV hace mucho tiempo que dejó de ser ambiguo. Otra cosa es que algunos lo deseen ver así, para poder volver a pactar con él camuflando la dejación constitucionalista que se estuviera produciendo.

Me recuerda a la última etapa del Caudillo, Francisco Franco, cuando aparecían líderes de asociaciones legalizadas alabando las reformas que gestaba y que nadie más que ellos las veían, a pesar de que su ministro de Información decía aquello de 'cambiarlo todo para que nada cambie', y seguían esperanzados creyendo que aquello cambiaba cuando en lo político Franco moría como había nacido: matando.

Pero en el país al que a uno se le acusa de zorra mientras el otro puede hacer de lobo con toda naturalidad, inocencia e impunidad, se comprenden los despistes, los olvidos, o los oportunismos, pero lo que queda claro es que por mucho sacrificio que se haga para la estabilidad política, quizás por hacerlo, nunca llega a ser estabilidad democrática.

Si no hay un consenso previo de carácter institucional, sea en el marco constitucional, o al menos en el del Estatuto, los acuerdos o son chapuzas o son imposibles. Una pelea entre cánidos, que ya lo decía Jean Jacques Rousseau, el hombre se convierte en lobo para el hombre si no existe contrato social. ¡Ese franchute deslenguado y masón...!

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 22 de abril de 2002