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Reportaje:AL SOL

El ejemplo de Punta de la Mora

Un paseo por playas vírgenes a seis kilómetros de Tarragona

Ni edificaciones ni carreteras. La dueña de la finca resistió las ofertas de las constructoras en los años sesenta. Gracias a ella, este tramo de la costa tarraconense ha logrado preservarse.

Lo más sorprendente de este pedazo de litoral es su cercanía con la civilización. Sorprendentemente, se ha mantenido casi virgen a escasos seis kilómetros de Tarragona, ciudad pequeña y apacible, pero ciudad al fin y al cabo, y rodeada de conurbaciones que se propagan a su alrededor como un sarampión. Desde Platja Llarga, en la que apenas despuntan un par de chiringuitos para comer frente a la luz cegadora del Mediterráneo, se puede caminar a lo largo de unos ocho kilómetros de playas de anuncio, acantilados y pinares umbrosos, sin encontrar un alma, o, al menos, un alma motorizada. Ni construcciones, ni carreteras, ni accesos que no sean pedestres. Una burbuja de quietud en la congestionada costa catalana.

El milagro ha sido posible gracias a que el lugar perteneció a Caridad Barraqué, marquesa de la Bárcena, que no cedió a la especulación urbanística de los años sesenta. Cuentan por aquí que llegaron a ofrecerle un cheque en blanco a cambio de su propiedad, diciéndole: '¿Se imagina la de cosas que podría comprar con él?'. Ella contestó: 'Solamente me compraría una finca como ésta, y ya la tengo, así es que nada'. Hoy el predio sigue perteneciendo a sus herederos, que no han cambiado de idea.

Además, este reducido pero hermoso espacio está protegido bajo la figura autonómica de espacio de interés natural, y gestionado por la asociación ecologista Depana, que en 1998 consiguió una subvención del proyecto europeo Life, para estudiarlo y ponerlo a salvo de la avidez constructora. Terminado el proyecto, la asociación se dedica a organizar actividades de seguimiento de la biodiversidad, vigilancia y limpieza a cargo de un grupo de voluntarios.

Las 100 hectáreas de Punta de la Mora constan de una franja costera en la que crecen praderas de posidonia (alga que indica el estado de salud del mar), una serie de dunas, el propio bosque, que se conoce como de la Marquesa, y los conreos o antiguos cultivos de olivos y algarrobos, que muestran sus troncos añosos y torturados. El interés del lugar radica, además de en su paisaje, en las distintas comunidades botánicas que alberga. Destaca la del Limoniun gibertii, una especie endémica que crece entre las rocas, y el sabinar asociado con palmitos, lentiscos y pinos piñoneros, que se aferran como pueden a las dunas. Entre la fauna, lo más singular son los murciélagos, que cuentan aquí hasta con cuatro especies diferentes.

Acantilados de arenisca

Para recorrer caminando este pequeño paraíso se parte de Platja Llarga y se atraviesan unos acantilados de arenisca y conchas fósiles en los que se aprecian las huellas de lo que al parecer fue una cantera romana. Después se toma un sendero que se adentra cuesta arriba por el bosque. Allí el viento ha doblegado los pinos, que con su curvatura forman una pérgola dispuesta a acoger al paseante. La vegetación huele a botica mediterránea: romero, tomillo y jara. El problema es que, aunque la dirección a seguir no plantea dudas, hay demasiados caminos formados por el trasiego de paseantes, lo que ocasiona una erosión excesiva.

Surge entonces desde las alturas la playa de Cala Fonda (también conocida por Waikiki), como un espejismo blanco y rutilante. El acceso a esta playa nudista y punto de encuentro gay es difícil, con lo que la tranquilidad está asegurada. La siguiente cala es la de Roca Plana, igualmente recogida y frecuentada tan sólo en esta época por algún nórdico audaz que no le teme a las temperaturas aún frías del agua. En ambas, como en las mejores postales del Caribe, el agua azulea y la floresta se arrastra hasta la misma orilla. A continuación se retoma el sendero entre pinos, mirlos y petirrojos gritones y se asciende hasta la torre de la Mora. Una torre vigía de planta circular construida en el siglo XVI para tener a raya a los piratas berberiscos; de ahí su nombre.

Final de trayecto. Sin embargo, si se pretende salir del paraje, la cosa se complica, porque a los pies de la torre se extiende un cámping vallado que imposibilita su acceso. Habrá, pues, que rodearlo por el acantilado como buenamente se pueda hasta hallar un tramo de verja en el que algún filántropo del senderismo ha colocado un par de peldaños de piedra para salvarla. A partir de ahí se puede optar por salir a la carretera nacional y cruzarla para visitar las espectaculares canteras romanas del Mèdol, llenas de honduras, de tajos calizos y de una vegetación en la que resguardarse de los rigores caniculares.

GUÍA PRÁCTICA

Cómo ir - Desde Tarragona se toma la nacional 340, que recorre la costa, hasta la salida a Platja Llarga. Dormir - Hotel Marina (977 29 27 27). Vía Augusta, 151. Tarragona. Desayunos especiales en fin de semana. Desde 58 euros la habitación doble. - Ciutat de Tarragona (977 25 09 99). Plaza Imperial Tarraco, 5. Tarragona. Funcional y confortable. 107 euros. Comer - Mirall d'Estiu (977 20 84 20). Platja Llarga. Frente al mar. Buen pescado. Alrededor de 15 euros. - Belmonte (977 65 02 54). Paseo Marítimo, 4-6. Playa de la Mora. Cocina tradicional con terraza frente a la playa. Entre 12 y 20 euros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de abril de 2002

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