Columna
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Ganadores y perdedores del 11-S

Como dice Chomsky, habrán de pasar años, cuando no decenios, hasta que dispongamos de información clara y suficiente sobre los dramáticos atentados del 11-S. Hasta entonces, las interrogaciones que recogía en mi última columna seguirán en el aire, lo que no nos impide hacer, ya desde ahora, un primer balance de pérdidas y ganancias, sin sucumbir por ello a la teoría de la conspiración como clave explicativa de lo sucedido ni convertir a los beneficiarios, en virtud del principio del cui prodest, en sus comanditarios o autores. Pues, mientras no se pruebe lo contrario, Osama Bin Laden y Al Qaeda son los conceptores y ejecutores de la agresión criminal a las Torres Gemelas y al Pentágono, aunque los grandes favorecidos hayan sido la doctrina de la hegemonía activa y la ideología de la guerra permanente que presiden hoy la política exterior de los Estados Unidos.

Nicholas Lemann acaba de recordarnos en el New Yorker que sus inventores, en 1990, fueron Dick Cheney, hoy vicepresidente y entonces ministro de Defensa de Bush padre, y Paul Wolfowitz, adjunto del actual ministro de Defensa, Donald Rumsfeld. Para ellos, la acción internacional USA tenía que dejar de ser defensiva y reactiva, y convertirse en agresiva y protagonista, dotándose de un enemigo principal con el objetivo fundamental de evitar que apareciese otra superpotencia -militar y/o económica- capaz de competir con Norteamérica. Clinton puso entre paréntesis tan extremado programa, pero el 11-S, con la sustitución del comunismo por el terrorismo como gran enemigo, ha supuesto su legitimación no sólo para la casi totalidad de la clase política, sino para una muy amplia mayoría del pueblo americano.

De su mano han venido cuatro ganadores. En primer lugar, el grupo militar de los halcones, con un aumento extraordinario del presupuesto militar, que es ahora superior a la suma de los presupuestos de los 25 mayores ejércitos del mundo; que ha conseguido la conjunción de las actividades de los servicios de inteligencia -FBI, CIA, NSA, DIA, etcétera- con las Fuerzas Armadas y éstas han adoptado los modos operativos de los primeros: legitimación del asesinato político, programación de campañas de información basadas en la mentira y en la intoxicación, confirmación del fin del tratado ABM y lanzamiento del programa antimisiles. En el segundo puesto están los lobbies militaro-industrial y energético, con las ayudas directas del Gobierno, la extraordinaria línea de negocio que representan el escudo antimisiles y la secuencia de guerras programadas, sin olvidar la explotación del petróleo del mar Caspio, que tanto interesa al lobby norteamericano de la energía (Exxon, Chevron-Texaco, BP-Amoco, etcétera), y en particular el conducto hasta el océano Índico que promueven UNOCAL -con fuertes intereses de la familia Bush- y Delta One, cuya construcción está ahora asegurada. En tercera posición aparece el movimiento fundamentalista, que ha visto a los televangelistas -Pat Robertson, Billy Graham, Michael Gerson, etcétera- elevados a la condición de fuente directa de los discursos del jefe de Estado, a la Coalición Cristiana atacando a la asociación para la defensa de las libertades individuales, y al Instituto de los Valores Americanos lanzando la carta de los 60 intelectuales americanos a favor de la guerra y de la religión tradicional. Finalmente, el cuarto ganador es Sharon, a quien la citada sustitución del comunismo por el terrorismo está sirviendo de cobertura para su propósito de acabar con la Autoridad Palestina y de coartada para su guerra personal con Arafat.

En cuanto a los perdedores, las casi 3.000 víctimas del fanatismo merecen un recuerdo especial, así como también el pueblo americano en su conjunto, cuya paz ciudadana se ha quebrado de forma tan inmerecida como brutal, sin olvidar el desmantelamiento del Estado de derecho en los Estados Unidos durante, por lo menos, cuatro años, y el acurrucamiento de la información, víctima de la censura y de la autocensura patrióticas. Ahora sólo cabe neutralizar cuanto antes el impacto de esas pérdidas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 19 de abril de 2002.

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