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VISTO / OÍDO

Pobre víctima, pobre asesino

El estampido de Portugalete me despierta los reflejos de cada vez: la satisfacción de que no hayan matado, el horror solidario por todos los que se sienten presentidos para el crimen y por tener que vivir en un país -o lo que sea- marcado por el miedo; y la extrañeza ante el asesino. Por los que preparan un objeto reconocible por su domesticidad para que mate a quien han elegido, y a quien pase; el asesino no es este artificiero, este jefe de estado mayor que prepara su operación; quienes le ayudan, quienes le comprenden y le animan, quienes le votan, unas palabras huecas, una aspiración sin mañana posible. Es un asesino colectivo.

Apunta al lado fácil, al que pasa, al que apenas es nada en la historia presente de este mundo dominado por lo detestable. 'Alienación', decíamos en tiempos en que el pensamiento trataba de explicar la situación humana, la derivación política: lo decían Fichte o Hegel, lo aplicaba Marx: la transformación del hombre en algo extraño, ajeno (alienus) a sí mismo. En español tiene varios sentidos, uno de ellos es el de loco, alienado, enajenado: convertido en quien no es. Ajeno a su propio fondo, donde se le pervierten palabras como libertad, independencia, disposición de sí mismo: pero esa alienación es común a todos en este país, y se convierten, a veces, en constitucionales, estatutarias, editorializantes.

Es el cuarto reflejo del estampido: la amargura por lo posterior al hecho, la reacción política, la de los que quieren de pronto una candidatura única, o los que prefieren retirarse de los ayuntamientos, o los que se insultan de partido a partido: la conversión de la reacción ante los sucesos, ante el terror y el crimen político en pelea por escaños o por influencias.

Mientras en cualquier rincón otros llenan de dinamita los tubos de una bicicleta, engrasan una pistola, estudian los planos de un automóvil o siguen los pasos de una persona inadvertida; mientras preparan un botellón de gasolina y mecha. Pobres asesinos, con la humanidad perdida en nombre del absurdo antiguo. Qué lista esta derecha que nos convierte en seres fragmentarios: de un terruño contra otro, de un sexo contra otro, de unos documentados contra otros ilegales. De un moro y de un cristiano en la misma cárcel.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de marzo de 2002