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ANÁLISIS | NACIONAL

Mentiras y ruindades

EL INEXISTENTE ENCUENTRO de Rabat entre Felipe González, Mohamed VI y el primer ministro Yussufi mereció el pasado lunes los titulares a dos columnas de la primera página de El Mundo. Algunos intoxicadores gubernamentales y diplomáticos habían merodeado durante el anterior fin de semana por otros medios para tratar de colar ese inverosímil embeleco: únicamente el diario de Ramírez, órgano oficioso del Gobierno y beneficiario de sus favores, divulgó el embuste, simulando que esa filtración de buzón era una exclusiva del periodismo de investigación. El mismo lunes la Embajada española en Rabat borraba de la foto a Mohamed VI y dejaba solos a Yussufi y González en la reunión secreta. A la mañana siguiente, el ministro Piqué aseguraba tener en su poder 'indicios' que apuntaban a la confirmación del embuste. Tras el posterior desmentido de Yussufi, la Oficina de Información Diplomática, que había ignorado hasta entoces la palabra de González, rectificaba por la tarde del martes al titular de Exteriores, que presentó al día siguiente sus disculpas.

La invención de una supuesta reunión secreta en Rabat entre Felipe González, Mohamed VI y Yussufi pone al descubierto la utilización partidista por el Gobierno del servicio diplomático del Estado

Como suelen hacer los delincuentes atrapados con las manos en la masa, El Mundo utilizó en su defensa dos estrategias exculpatorias alternativas: primero, la negación de la evidencia mediante la insinuación de que la reunión se había producido; después, la afirmación de que el diario había sido víctima de una estafa. La heroica resistencia de Ramírez frente a los desmentidos se atrincheró tras dos falacias: la razón de Estado (el ministro Piqué 'no ha podido o no ha querido mantener el pulso' con Yussufi para evitar 'una escalada de tensión diplomática') y la maldad congénita de los socialistas ('tanto González como Yussufi pertenecen a esa categoría de políticos capaces de negar una reunión secreta'). La posibilidad alternativa de que la exclusiva publicada por El Mundo constituyese una superchería no fue acompañada, sin embargo, de las obligadas disculpas a los políticos afectados y a los lectores engañados; la factura extendida por Ramírez corre exclusivamente a cargo del embajador en Rabat: 'Fernado Arias-Salgado debe ser destituido de forma fulminante'.

Más allá del ataque a la deontología periodística perpetrado por El Mundo (que se prestó a ser utilizado como vehículo de una intoxicación gubernamental y que no vaciló en dejar con sus vergüenzas al aire a los diplomáticos españoles en Marruecos para proteger a su fuente del palacio de la Moncloa), este carnavalesco episodio marca un nuevo hito en la escalada de patrimonialización de las instituciones del Estado (esta vez, el servicio exterior) emprendida por el partido del Gobierno desde 1996. La utilización por el Ejecutivo de las embajadas españolas para espiar a los políticos y a los simples ciudadanos durante sus viajes al exterior es incompatible con el sistema democrático. Los regímenes autoritarios no se limitan a identificar al Gobierno en el poder con el Estado y la nación: también acusan a cualquier ciudadano de incurrir en un delito de lesa patria si no sigue estrictamente las consignas oficiales. Las imputaciones de deslealtad descargadas contra el PSOE ante la más mínima discrepancia sobre política exterior o interior pretenden atribuir al Gobierno -como en los buenos viejos tiempos- el monopolio del interés general.

La colusión del Gobierno con el director de El Mundo para difundir la inventada reunión secreta de Rabat parece animada por el loco propósito de convertir a González en uno de aquellos 'agentes al servicio de potencias extranjeras' de las pasadas épocas. Probablemente, González no ha guardado-en perjuicio suyo- las reglas de cortesía debidas con el nuevo presidente del Gobierno ni tampoco ha sabido perder las elecciones con deportividad; sus pronósticos sobre la liberalización y la democratización del reino marroquí -en sí mismos deseables- pueden incumplirse. Pero las ruindades de los dirigentes y periodistas del PP con González, que gobernó el país durante años muy difíciles, superan con creces los niveles de mezquindad soportables en una democracia y desembocan en un cobarde linchamiento político, moral y humano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de marzo de 2002

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