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Tribuna:

El hazmerreír de Europa

La verdad es que a veces Zaplana podría llegar a darme pena, quizás porque le guarde un viejo afecto personal que las diferencias políticas no pueden -ni deben- suprimir. Quizás también sea porque cuando veo a alguien hacer el ridículo tan espantoso como ha hecho en su frustrada elección como presidente del Comité de las Regiones, tiendo a solidarizarme con el ridiculizado. Pero cuando veo cómo se revuelve, con el apoyo de toda su artillería mediática, pretendiendo que los ciudadanos somos tontos capaces de comulgar con ruedas de molino y queriendo hacernos creer que lo que ha conseguido es mejor para él y para la Comunidad Valenciana, me desaparece cualquier sentimiento de conmiseración.

Eduardo, has metido la pata y tú lo sabes y lo mejor sería que lo reconocieras y punto. No creo que te moleste que te recuerde una frase de un laborista británico, Clement Attlee, que decía que cuando en la Cámara de los Comunes metas la pata, debes reconocerlo, pedir perdón y sentarte. Es decir, todo lo contrario de lo que has hecho en este desafortunado acontecimiento que ha puesto de manifiesto que las reglas europeas, cuando las desconoces, te vienen grandes. Muy grandes.

Aunque tengo mis dudas sobre si Zaplana se ha metido él solito en el charco -desde luego desparpajo, osadía y falta de prudencia no le faltan para eso y para más- o ha sido empujado a él por sus correligionarios que han actuado de muñidores, y si en este caso lo han hecho por maldad o por simple inutilidad. Queda ahí la duda.

Que le elijan a uno como candidato de un grupo político a ser presidente de un órgano que no ha sido aún constituido, cuyos miembros no han sido nombrados, y que además se atreva decir el período en el que iba a ser presidente (de 2002 a 2004) es, cuanto menos, una imprudencia política que puede tener otros responsables además del propio Zaplana.

Pero de cuanto aconteció a partir de ese momento, la responsabilidad es única y exclusivamente suya. Volvamos la vista atrás y no podemos olvidar que cuando consideró que tenía la presidencia en el bolsillo, no se le ocurrió más que convocar a las Cortes Valencianas para dar a conocer la buena nueva, y de paso zaherir a la oposición porque no hacía genuflexiones ante el nuevo líder europeo emergente. Releer el Diario de Sesiones de ese pleno sin echarme a reír, es un ejercicio imposible. Porque ya no se trata de la imagen cateta de convocar las Cortes Valencianas para decir que iba a ser presidente del Comité de las Regiones, y, además hacerlo en momento tan inoportuno, de lo que se trata es de lo que allí dijo.

Aprovechar el debate que existía -y existe- sobre la participación de las regiones en la toma de decisiones europeas para decir ni más ni menos que iba a trabajar -no sé si llegó a decir que a conseguir- para que el Comité de las Regiones se convirtiera en un órgano que participara en el proceso de codecisión, junto con el Consejo y el Parlamento Europeo, es una propuesta que en boca de alguien del PP resulta chocante, y si se atreve a hacerla es porque no sabe de qué está hablando o porque piensa que aquéllos que a los que se dirige desconocen los asuntos europeos. Ahora resulta que el PP rechaza -descalificando, por supuesto, que es lo habitual en ellos- una propuesta más modesta como es la que los representantes de las comunidades autónomas puedan formar parte de la representación española en el Consejo Europeo, y sin embargo Zaplana lanza una propuesta como ésta de mucho mayor calado, que significa ni más ni menos que en el Consejo seguirán los gobiernos, pero va a haber una especie de Consejo de las Regiones, que en algunos casos tendrá poder de codecisión con el Consejo, y aquí no pasa nada.

Pero en todo caso, lo peor aún estaba por venir. Cuando se constituyó el Comité de las Regiones, resultó que los socialistas tenían más representantes que los populares, y que según el pacto habitual, era a estos a quienes correspondía la presidencia en la primera mitad del mandato. Y a partir de ahí, ya albarda sobre albarda, errores sobre errores. Primero se intentó pactar con los liberales, y cuando estos rechazaron el pacto solamente vinieron a intentar salvarle la extraña compañía de Pepe Bono o bien su compañero de correrías Javier Arenas, buscando algo que en los organismos europeos hace tiempo que ya no se lleva: el recurso a un españolismo trasnochado, con la pretensión de que los socialistas españoles le votaran. Pero la maniobra les salió mal tan pronto como se les recordó que cuando en 1987 se presentó Enrique Barón a presidente del Parlamento Europeo, los conservadores españoles votaron a un británico. O más recientemente, cuando los socialistas presentamos a un británico como candidato a presidente del Parlamento Europeo, los conservadores británicos (es decir los populares de la pérfida Albión) votaron a un candidato irlandés, y no a su compatriota. Eso es lo que es, y, si se me apura, lo que debe ser.

Y lo que ya causa el pitorreo es que ahora, el ejército zaplanista quiera hacer de la necesidad la virtud y transmitirnos que es más importante lo que le han nombrado que lo que había anunciado a bombo y platillo. ¡Por favor, seamos serios!

La única verdad es que Zaplana ha cosechado un rotundo fracaso en sus intenciones, pero para tapar sus vergüenzas no debe sacar los pies del tiesto haciéndonos creer lo que no es. Porque el estatus de vicepresidente primero existe desde la constitución del Comité de las Regiones en 1994, y en cuanto a ser miembro de la Convención de lo que tanto alardea y le jalea como palmero de lujo García-Margallo, es... simplemente falso. Zaplana será observador y no miembro de la Convención, por lo tanto no va a poder ser el campeón de la defensa de los intereses de los valencianos como presume. Por cierto, que ¡ya veremos el número de veces que asiste a la Convención!; porque la fama que le acompaña en el Comité de las Regiones es que viene, sale en la tele, y cuando ésta corta las tomas... vase y no hubo nada.

A propósito, me pregunta García-Margallo que hasta cuándo voy a abusar de la paciencia del PP (aunque no haya completado la frase de Cicerón). Pues va para largo. Desde ahora anuncio que hasta que no dejen de manipular a la opinión pública y ocultar las verdades, filtrando cosas aún a sabiendas de que son falsas, y descalificando a la oposición. Es decir hasta que dejen de ser como son.

Y ya que estamos en el terreno cinematográfico, lo que más me preocupa es que, al final de la historia, tanto Aznar como Zaplana se terminen creyendo, como el general della Rovere, el papel que quieren representar, uno como líder europeo y otro como defensor de las regiones en Europa.

Luis Berenguer es eurodiputado socialista.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 28 de febrero de 2002