Reportaje:EL BICENTENARIO DE VICTOR HUGO

Victor Hugo, una fuerza de la naturaleza

Más de un centenar de libros reeditados, una veintena de cursillos, seminarios y conferencias, otras tantas exposiciones, despliegues informáticos populares y científicos, espectáculos teatrales, emisiones de radio y televisión y algunas nuevas biografías de interés están conmemorando en Francia el segundo centenario del nacimiento de Victor Hugo (1802- 1885), una de las cumbres de la literatura de todos los tiempos, y sin duda el escritor que dominó su evolución durante el siglo XIX. En fin, que todo sigue igual, Victor Hugo sigue vivo, como lo muestra la fidelidad de sus lectores y consumidores, la de la industria cultural de nuestros tiempos, la creciente actualidad de sus adaptaciones al cine, al teatro y a la televisión hasta en el centro de la más central, Estados Unidos, de donde nos han llegado frecuentes revisiones de Nuestra Señora de París y Los miserables al cine y al teatro (hasta en música y baile), mientras la futurista y cibernética Vidocq nos lo sigue recordando. Qué le vamos a hacer, Victor Hugo se sigue vendiendo, siendo el mismo doscientos años después, aunque ello no quiera decir que sea hoy ni mejor ni peor que entonces, ni que su imagen haya cambiado en absoluto. Es un clásico y un clásico romántico -valga la paradoja- y en el que a pesar de su grandeza, su inmovilidad parece haberle petrificado en sí mismo, como si en su tombeau -como en el de Edgar A. Poe dijera uno de sus más inesperados discípulos, el exquisito Mallarmé- 'tel qu'en lui même enfin l'eternité le change'.

La posteridad le ha perdonado la vida hasta ahora mismo, cuando siguen sonando las trompetas a su favor

Las tres novedades más interesantes parecen ser la reedición de su obra completa -15 volúmenes más otros dos de correspondencia- en Bouquins-Laffont, un primer volumen de 1.500 páginas de la biografía de Jean Marc Hovasse (Fayard, el otro saldrá a finales de año), una nueva de Juliette Drouet, la amante fiel que sustituyó a la esposa infiel, y otro volumen con sus cartas. Mientras el mausoleo de La Pléiade sigue inconmovible con su vieja e incompleta edición (sólo ocho tomos, los demás son promesas) marcada por la clásica respuesta de su inspirador André Gide, quien dijo que el mayor poeta de las letras francesas era 'Hugo, hélas', lo que desde entonces ya es un tópico.

¿Victor Hugo un tópico? Todo clásico lo es, en cierto modo, aunque algunos (Cervantes, Shakespeare) se sigan moviendo de vez en vez como si estuvieran vivos, mientras otros (Homero) lo sigan estando sin hacerlo, como si se movieran inmóviles. Todo tópico es una verdad inútil, y si para muchos Victor Hugo ya no es útil -o por lo menos no del todo- sigue siendo una verdad para todos. Su problema es que si fue un clásico lo fue casi preconcebido, desde el principio hasta el final, tan irremediable y natural como si fuera una fuerza de la naturaleza, incontenible e inexorable, hasta por su desbordante capacidad de trabajo, su asombrosa tenacidad, su -como se dice ahora- productividad fatal, como si hubiera estado tan 'fatalizado' siempre como un obrero japonés, ya lo he soltado.

Fue una fuerza de la naturaleza

desde el principio, pues desde los 12 años, ya escribiendo y sin haber publicado nada, estaba tan seguro de sí mismo que dijo aquello de que quería 'ser Chateaubriand o nada' (Chateaubriand era entonces la cumbre de la literatura francesa de su tiempo y estaba en el origen de su romanticismo) y lo era al final, cuando ya sólo y sin la Drouet al lado, dos años antes de morir, estableció en su testamento que se publicara 'todo' el material inédito que dejase, pues en su opinión no dejaba desperdicio alguno, todo era aprovechable para aquel genio con vocación de apóstol universal, qué contraejemplo para nuestro pobre Kafka, que quería quemarlo todo. Pero si el primer romanticismo francés, con Chateaubriand (que le llamó 'niño genial', aunque algunos dudan de la referencia) a la cabeza, fue monárquico, conservador, antirrevolucionario, legitimista y de derechas, y su joven discípulo, al fin y al cabo hijo de general, le siguió al principio, cuando fundaba su revistilla El Conservador Literario, recibía premios y honores de la monarquía restaurada y se alineaba en el Parlamento al lado de los conservadores, hacia la mitad de su vida varió su rumbo, se opuso al segundo imperio de 'Napoleón el pequeño', a quien había ayudado a volver a Francia, pero a quien se opuso cuando dio el golpe de Estado y se fue a un largo exilio al que otorgó sentido universal, para terminar siendo un luchador contra la pena de muerte y un apóstol de la república, de la democracia, de los derechos humanos, contra cualquier religión, en favor del laicismo (aunque creía en un Ser Supremo), de los derechos de los niños y de las mujeres, de la enseñanza pública, laica y gratuita para todos, de la libertad de expresión, de la democracia total y de los Estados unidos de Europa, ahí va eso. En fin creó el 'pensamiento único' progresista del final de su siglo y forzó toda su literatura para escribir biblia tras biblia desde lo más épico hasta lo más costumbrista, desde lo más íntimo hasta lo más mítico y donde se derramaba sin cesar, desde lo mejor hasta lo peor, terminando senador y académico, aclamado por todos, y con casi dos millones de personas siguiendo sus restos hasta introducirlos en el panteón que Francia dedica a sus hombres más ilustres. En España su obra hizo furor, y traspasó nuestro tardío y frustrado romanticismo, desde Espronceda -que bebió los vientos por él- hasta Larra -a quien no le gustaba su teatro, prefería el de Dumas padre- o hasta los retrasados Castelar -que en él basó su oratoria- y Cánovas en alguna que otra novela, llegando a través de su apóstol Rubén Darío hasta el mismísimo modernismo.

Además, y pese a que las reticencias se hicieron cada vez más sonoras conforme pasaba el tiempo, la posteridad le ha perdonado la vida hasta ahora mismo, cuando siguen sonando sin cesar las trompetas a su favor. Los grandes fundadores de la poesía actual, Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, a la postre le defendieron aun separando de él sus propias obras, pues hay que reconocer que 'era el verso en persona', como recordaba el recién desaparecido André du Bouchet. Sus primeras 'odas', 'baladas', 'orientales', 'rayos', 'sombras' y 'crepúsculos' encantaron, arrastraron y configuraron el romanticismo francés para siempre, luego sedujo con sus implacables 'castigos', o se engrandeció con sus magistrales 'contemplaciones', pero luego se despeñó en sus grandes biblias como en sus sucesivas Leyendas de los siglos, Dios, El fin de Satán y así sucesivamente, aunque haya que reconocer la maestría de sus escritos íntimos en Las canciones de las calles y los bosques y El arte de ser abuelo (o el misterio de El asno, que nuestro Cristóbal Serra admira sin parar). Como narrador siguió la novela histórica de Walter Scott (sin superarlo) o Alejandro Dumas (a éste sí) con Nuestra Señora de París, fundó la novela social desbordándola en todas sus costuras (Los miserables) y cayó en los más lacrimógenos melodramas, a los que siempre preferiremos muchos de sus escritos sueltos testimoniales (Cosas vistas, cuyo título plagió nuestro anti-retórico-romántico-académico Josep Pla, a quien no le gustaba nuestro autor), sus escritos críticos, como su Shakespeare (su gran modelo) o el prefacio a Cromwell, una obra teatral irrepresentable entonces, pero cuyo papel de manifiesto lo desempeñó el estreno de su Hernani. Pero su teatro, salvo Ruy Blas, ya no levanta hoy mucho la cabeza, aunque algunos de sus textos finales e inéditos de Teatro en libertad sean algo proféticos y no carezcan de interés. El tomo final de sus escritos póstumos, donde se mezcla todo, se ha titulado Océano, y define lo que Victor Hugo fue en verdad, un 'hombre-océano' de principio a fin, un creador que quiso suplantarlo todo y que todo le haya perdonado perdonándoselo todo también. Tampoco ese defecto que es el exceso de dotes expresivas, muchas veces desmedidas para lo que se nos cuenta, es algo tan despreciable ni mucho menos, y qué más quisiéramos que contar con él ahora en estos tiempos de tan pertinaz sequía, muchas gracias.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0020, 20 de febrero de 2002.

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