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52º FESTIVAL DE BERLÍN

Fernán-Gómez roza lo sublime en un intenso y doloroso drama

Interesante cierre del concurso con el 'thriller' político japonés 'KT'

De nuevo, en el rincón del Panorama, convenció un filme español. Se proyectó En la ciudad sin límites, dirigida por Antonio Hernández, y la larga y unánime ovación final expresa la calidad e intensidad de la respuesta berlinesa a este buen filme no totalmente bien acabado, pero con algunas interpretaciones de gran ambición y solvencia, membradas alrededor de otra enésima creación sublime de Fernando Fernán-Gómez.

En el largo reparto de En la ciudad sin límites hay cruces de personajes bien trazados y vivificados

En el largo reparto de En la ciudad sin límites hay cruces de personajes bien trazados y admirablemente vivificados no sólo por Fernán-Gómez, sino por todos sus colegas, entre los que hay que destacar al argentino Leonardo Sbaraglia, que ofrece al viejo maestro un sólido frontón, que da lugar a un juego muy suelto de réplicas en tú a tú. Y rodeando este dúo hay que anotar la riqueza y casi transparencia de los matices con que envuelve su delicada composición Ana Fernández; y los espléndidos, magistrales golpes de ingenio gestual de Adriana Ozores, que logra introducir sin provocar chirridos formales de ningún tipo un vivísimo acorde de sainete dentro de un conjunto de ambición y de solemnidad dramática y sinfónica.

Es precisamente esa inclinación a la solemnidad lo que acarrea algunas deficiencias y desfallecimientos en el crescendo de la zona final de En la ciudad sin límites. El simple hecho de que la súbita reaparición en esa zona del personaje directo y expansivo que borda con primor Adriana Ozores sirva como respiradero, traiga aire libre y eleve la credibilidad de la pantalla, pone de manifiesto que hay algo en esa busca del desenlace que no está totalmente a la altura de las esperanzas creadas por el gran empuje del arranque de la película. Y es entonces cuando Fernán-Gómez sostiene y vertebra con más vigor, con más apasionante economía de recursos, sin apenas moverse, convirtiendo cada actitud y cada destello en una explosión de misterio, el armazón de este bello e intenso drama cojo, que se ganó a pulso una formidable ovación.

En la recta final del concurso se proyectó el filme griego Un día de agosto, dirigido cor Constantinos Giannaris, que cuenta cuatro patéticas historias cruzadas de personajes que resuelven sus miserias, sus padecimientos y sus culpas por la expeditiva vía -demasiado cómoda para los oscuros tiempos que corren en Europa y sus alrededores- del milagro; y no milagro metafórico, sino genuino, made in Lourdes. Todo lo contrario que la pequeña y excelente película australiana Bajo las nubes dirigida por Ivan Sen, que es también una road movie, pero ésta sí completamente viva. Es el relato de la peregrinación de una chica y un chico campesinos del Estado de Nueva Gales del Sur a través de su abrupto territorio en busca de un camino a ninguna parte, que finalmente les conduce a un encuentro consigo mismos en las remotas raíces aborígenes de la inmensa isla sureña. Es cine sencillo, libre y emocionante.

Muy distinto es el cine de KT, dirigida por el japonés Junji Sakamoto. Es una especie de thriller en forma de crónica minuciosa y en tiempo lento, sin ensaladas de tiros, pero con violencia subterránea. Narra con tiralíneas un asunto verídico ocurrido en 1973. Es el secuestro en Japón, donde estaba exiliado, por los servicios secretos de la dictadura militar que entonces tiranizaba Corea del Sur, del político de la oposición demócrata -hoy presidente de Corea y premio Nobel de la Paz en el año 2000- Kim Dae-Jung, que se salvó por los pelos de la muerte. La enrevesada intriga política que hay detrás de este suceso arranca del día del suicidio colectivo de la secta de iluminados del escritor Yukio Mishima. Ocurre este laberinto político dentro de una agobiante atmósfera laboral, en la que la cámara de Sakamoto se mueve con la geométrica y penetrante precisión de un bisturí. Y hace, en efecto, algo de cirugía, de destripamiento de las negruras de la política, en esta recia película por desgracia algo monocorde y que no da respiros.

Fuera del concurso se estrenó Razón y sinrazón, última obra de István Szabó, que es de las que el maestro húngaro borda. Cuenta los interrogatorios que el fiscal estadounidense de los procesos de Núremberg, Steve Arnold, hizo al legendario director de orquesta alemán Wilhelm Furtwängler, favorito de Hitler y amigo de Goering, que le nombró consejero de Prusia, llegando a ser, gracias a una gestión de Goebbels, vicepresidente de la Cámara de Cultura del Reich. El dilema es antiguo y muy del gusto de ese incurable centroeuropeo que es Szabó: el de los límites entre la moralidad y la genialidad, la frontera entre el oportunista vividor y el artista genial.

Quinielas

A falta de uno rotundo e indiscutible que se lleve el Oso de Oro, suenan como premiables esta noche títulos buenos, menos buenos e incluso malos. Como esa impostura de Baader, del novato Christopher Roth, que un par de periodistas alemanes quieren hacer pasar por cine mentiroso pero saludable, como si eso fuera posible. O como esas 8 mujeres, movidas con mucha pericia y cuyo éxito en París empuja por mimetismo aquí, tal como advertimos en su día. O como Heaven, otra pompa de jabón alemán en colorines. Pero, por suerte, suenan también Lundi matin, de Iosseliani, que este cronista considera la mejor película, con mucho, y las estupendas, aunque imperfectas, Minor mishaps, de Anette Olesen; Halbe Treppe, de Andreas Dresen; Amen, de Costa Gavras; Laissez-passer, de Tavernier, y la Judi Dench de Iris, y la Halle Berry de Monster's ball, que merecen compartir el premio a la mejor actriz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 17 de febrero de 2002

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