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Reportaje:VIAJE DE AUTOR

Misterio en los Andes venezolanos

El mítico páramo andino corteja a distancia a la ciudad de Mérida

Mérida, en Venezuela, ostenta el récord de variedad de helados: 788 clases, entre ellas de espaguetis y de trucha fresca. Y otro récord: un teleférico que sube a 4.765 metros de altura.

Llevaba 12 días en Caracas y ya estaba harto. Fumaba y las horas parecían tener plomo, sobre todo en los fines de semana. Estaba mirando indignado la misma puesta de sol de todos los días. Bellísima, una buena postal. Amarillo primero, después rojo y púrpura. Me acordé de una frase del diario de Jules Renard: 'La vida es corta, y aun así, nos aburrimos'. Decidimos marcharnos. No sólo las horas tenían plomo; en Caracas, el promedio era cien muertos por herida de bala cada fin de semana. Iríamos a la ciudad andina de Mérida, al sur de Maracaibo, donde tenía amigos y buenos recuerdos. Y el destino final podía ser un lugar que siempre me había atraído e intrigado, el hotel Los Frailes, a más de 3.000 metros de altura, un hotel dentro de una nube, un antiguo monasterio construido en 1643 y convertido en un hotel solitario -peligroso, al estilo del de El resplandor, de Kubrick, me habían advertido-, sin nada urbanizado en muchos kilómetros a la redonda, de gran calma sólo perturbada por el murmullo del río Santo Domingo, que desciende en cascada del páramo, el mítico páramo andino que corteja a distancia a la ciudad de Mérida.

A Mérida lo mejor es llegar en avión desde Caracas. Hay una dramática hora de trayecto. Los primeros 15 minutos, el avión se mueve más que un grabado japonés encantado. El aterrizaje te salva la vida. Mérida se ha especializado en toda clase de récords. Tiene la gente más amable y tranquila del mundo. Es la única ciudad de la Tierra que dice tener el aleph de Borges; lo encontraremos en la Avenida 3, esquina a la Calle 16. Mérida presume discretamente de tener el teleférico más alto y largo del mundo, lo que está dicho pronto; se trata de un récord muy serio. El teleférico salva una distancia de doce kilómetros y medio para llegar hasta el pico del Espejo, a 4.765 metros de altura. Cuando llegas al pico, si no has muerto, te ofrecen chicha, que tú bebes recordando aquellas puestas de sol de Caracas 'sin chicha ni limoná' y la vida más larga que tu propio aburrimiento.

Mérida tiene el récord Guinness de helados de los más variados e imaginativos sabores, 788 hasta el día de ayer; helados -vamos a ver- de ajo, de cerveza, de fríjoles, de espaguetis, de aguacate, de trucha fresca, de jamón ibérico... Mérida ostenta, con la mayor discreción, el récord absoluto de cibercafés por metro cuadrado, hay 83 en una población de 100.000 habitantes. Mérida, además, tiene unos alrededores que pueden parecernos el récord de la belleza si nos adentramos en la carretera transandina que serpentea, a través del páramo, hasta la población de Apartaderos, desde donde se puede retroceder, por el camino que conduce a Barinas, más allá del pueblo de Mucuchíes, para darle un vistazo al hotel Los Frailes, por donde se pasea suelto el fantasma de Jack Nicholson en un clima de altura y de leche caliente, coñác y canela.

La carretera transandina sale de Mérida, sale de la estatua que la ciudad ha dedicado al móvil Carlot, e inicia un misterioso recorrido en el que todos los nombres de los pueblos nos reconcilian con la vida cuando descubrimos con optimismo que es verdad que hay lugares de otro nombre, que no todos los pueblos del mundo se llaman igual. La carretera serpentea y va atravesando los climas de altura de lugares que se llaman Tabay, Cacute, Mucuruba, Mucuchíes, La Toma y finalmente San Rafael de Mucuchíes, donde hay una capilla hecha con mil piedras por un enigmático artista al que en el páramo veneran como místico y al que Umberto Eco le dedicó conmovedoras páginas semánticas. El santo Sánchez terminó su capilla en 1984, cuando tenía 84 años, y al cumplir 90 le dieron el Premio Nacional de Arte, con el que se fue a la tumba. La tumba está en la capilla y allí va a rezarle la gente del páramo y también los viajeros alucinados que compran postales de la pequeña catedral de piedra y se fotografían junto a una imagen del héroe del páramo, con sus superiores bigotes al pie de su fría losa. El clásico lugar de peregrinaje.

Pero ahí no acaba la carretera transandina, porque si volvemos atrás, más allá de Mucuchíes, encontraremos en un lugar solitario el hotel Los Frailes, que de entrada más que a El resplandor, de Kubrick, nos recordará a la iglesia y el campanario español de la última secuencia de Vértigo, de Hitchcock. Antes de llegar al hotel te habrán llamado mucho la atención, a lo largo de la misteriosa carretera, los niños que ofrecen, imperturbables, cachorros de mucuchíes, perritos que de mayores recuerdan a los San Bernardo. Son tiernos y conmovedores los que te venden en la carretera, pero son agresivos y anarquistas cuando envejecen y se vuelven ciegos y no reconocen ni a su amo. Vas viendo mucuchíes en oferta hasta que de pronto aparece el resplandor de Los Frailes. Los mucuchíes están emparentados con una leyenda que dice que Bolívar estuvo en el páramo en 1813 y que su anfitrión, como muestra de su lealtad, le entregó un niño y su perro al Libertador: se supone que ambos se mantuvieron fieles a Bolívar hasta que los mataron en una batalla. El perro, Nevado, era de raza mucuchíe, una raza que sólo se encuentra en los Andes y que es lo más parecido a un perro nacional.

Flores y frailejones

Y bien, ya estás en Los Frailes, ya estás en una nube, en la cúspide del páramo, más allá de Mucuchíes y de todo, en una hondonada del valle de la sierra de Santo Domingo, estás rodeado por 40 hectáreas de espléndidos paisajes llenos de flores y de frailejones, que es una planta que sólo se encuentra en esta región. El hotel tiene 45 habitaciones, y antes, cuando tenía un convenio con Hortuvensa -filial de la compañía aérea Avensa-, había que reservar con mucha antelación, pero ahora es más fácil encontrar sitio. De hecho, cuando nosotros estuvimos, apenas había clientes. Un personal de unas cinco personas atendía al hotel entero, prácticamente vacío. El resplandor, de Kubrick, en efecto; vimos que tenían razón quienes habían citado esa película de terror para que entendiéramos qué clase de hotel en la cumbre era Los Frailes. Hay allí un bar excepcional, muy acogedor, pensado para el eterno invierno que se vive en esa zona. Sirven calentados, hechos con un licor de anís llamado miche, azúcar moreno y agua caliente. Te ofrecen también un ponche andino que corta la respiración: leche caliente, miche, coñác y canela. El barman, grandísimo profesional, se transforma en maître a la hora del almuerzo o de la cena, y a primeras horas de la mañana, disfrazado de portero, uno puede verlo en recepción. De hecho, todos los que trabajan allí cambian varias veces en un solo día de personalidad y de empleo hotelero. Por la noche desaparecen. El hotel se vuelve fantasmal, se oye sólo el rumor del río y uno puede llegar a tener miedo si se acuerda de que detrás del hotel, no muy lejos de allí, andan sueltas llamas asesinas. Si uno, por aquello de arriesgarse en la noche y dar una última vuelta antes de acostarse, decide dejar el cuarto y cruzar el parquecito que va al bar, dialogará consigo mismo en ese bar fantasmal, aunque creerá que está hablando con el barman y que éste le está contando leyendas mucuchíes. Al día siguiente celebraremos estar de nuevo rodeados por todas partes por los Andes, en la tranquila y acogedora Mérida, que se encuentra a sólo dos horas de carretera, aunque lo serpenteante de ésta hace que parezcan Los Frailes mucho más distantes, lejanos y fantasmales de lo que son. En Mérida volveremos a estar sencillamente contentos porque nos veremos rodeados de personas en la calle, porque iremos a ver el aleph y entraremos en un cibercafé y nos tomaremos un helado de plátano mientras nos plantearemos, una vez más, si decidimos por fin subir en el teleférico y alcanzar los cinco kilómetros de altura. Nos sentiremos felices en Mérida, pero el recuerdo del hotel en la cumbre, el recuerdo del hotel fantasmal que está más allá de Mucuchíes, su belleza y soledad radical, nos acompañarán el resto de nuestra vida. Eso, seguro.

GUÍA PRÁCTICA

Datos prácticos Población: el estado de Mérida tiene 700.000 habitantes. Prefijo teléfonico: 00 58 274. Moneda: bolívar venezolano. Un euro equivale a 697 bolívares. Cómo ir Desde Caracas hay vuelos con Lai, Air Venezuela, Santa Bárbara o Avior de poco más de una hora. Y en autobús se tarda ocho horas. Dormir y comer - Hotel Chama (252 01 82). Avenida 4 con Calle 29. Mérida. 36 euros. - Heladería Coromoto (253 35 25). Avenida 3, frente a la plaza el Llano. Mérida. Tiene 788 sabores de helados, récord Guinness de un establecimiento. - Hotel Los Frailes (00 58 212 976 18 83). Carretera Transandina vía Santo Domingo. La doble, 86 euros. Visitas - Teleférico (252 19 97). Estación Barinitas, entre las calles 24 y 25. De miércoles a domingo, de 7.00 a 12.00. Entre 17 y 21 euros, según la temporada, para subir a Pico Espejo (4.765 metros) .Información - www.meridaweb.com.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de febrero de 2002

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