Reportaje:

'Cuesta mucho levantar tu casa para verla caer así'

Los afectados por la explosión recuerdan la tragedia mientras esperan un lugar donde vivir

Ricardo esperaba en la tarde del miércoles que comenzara un nuevo capítulo de El cor de la ciutat cuando una inmensa nube blanca y un ruido 'indescriptible' acabaron con su casa. De lo que pasó minutos después de la explosión de gas en Horta, este jubilado sólo recuerda los nervios y los gritos de su esposa, que permanecía detrás de un muro de escombros. Ricardo vive en la planta segunda del número 92 de la calle de Eduard Toda, sólo unos metros más allá de donde se produjo la explosión de gas que destruyó un inmueble de cuatro plantas y causó tres muertos. Emocionado, acompañado de sus familiares y por los bomberos, recogía ayer por la tarde las pertenencias que se salvaron de la explosión. Una bolsa con cintas de vídeos, otra con medicinas, ropa, algunos muebles y figuras decorativas eran los objetos rescatados en esta casa. Ricardo recordaba que hace 30 años compró a una cooperativa esta vivienda por algo menos de 400.000 pesetas; ahora contempla dos habitaciones completamente destruidas y se pregunta cuándo podrá volver a su casa.

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El Ayuntamiento de Barcelona aún no puede darle una respuesta; lo más probable es que regrese el próximo fin de semana. Si los técnicos municipales consideran que la vivienda es irrecuperable tendrá que reunirse el lunes con el Patronato Municipal de la Vivienda para encontrar una solución.

Marcos Romero, de 26 años, tuvo menos suerte que Ricardo. Él es un recién llegado al barrio, acaba de alquilar con su novia el segundo segunda del número 92 y lo estaba amueblando. El miércoles, cuando regresaba de trabajar, se encontró un inmenso vacío en el lugar donde debería estar su casa. Él no podrá rescatar sus pertenencias porque gran parte del suelo sobre las que se sostenían ya no existe.

Todo apunta a que la explosión se originó en la cocina de su vecina, Carmen Costa. 'Ni siquiera he podido entrar a vivir en mi nueva casa. Ahora sólo espero que pueda encontrar un nuevo sitio donde vivir', explicaba ayer el joven, que esperaba que el Ayuntamiento le volviera a convocar a una reunión para aclarar su situación.

El nerviosismo iba aumentando ayer por la mañana entre los afectados porque en un principio entendieron que sólo podrían permanecer en el hotel Alimara durante tres días. Los servicios sociales municipales se encargaban de tranquilizarles asegurándoles que la estancia se ampliaría hasta que pudieran volver a sus casas o se encontrara una nueva vivienda para ellos. El lunes se celebrará una reunión con los propietarios del número 92, para los que ya está se está buscando vivienda.

Mientras, en el lugar de la explosión no paraban de llegar camiones cargados con vidrios y puertas nuevas. Otros abandonaban el lugar con los restos de lo que hasta el miércoles eran viviendas. Los operarios del Ayuntamiento se esforzaban por reparar los daños menos graves para que los vecinos afectados pudieran dormir anoche en sus casas. Así lo hicieron los propietarios de los números 82, 84, 86, 94 y 96, unas 24 familias. 'Es increíble ver esto así. Yo trabajaba como asistenta en el bloque que se ha caído, ha sido un auténtico milagro que no causara más daños', decía una mujer que acudía con una amiga a ver las consecuencias de la bomba de gas.

Entre los vecinos corrían rumores sobre las causas de la explosión, mientras recordaban cómo vivieron la tragedia. 'No pude pegar ojo en toda la noche. En la madrugada, desde mi ventana, vi cómo se llevaban a la última de las heridas'.

Maribel López, que vive en el número 84, barría ayer por la tarde su cocina mientras un perito del seguro revisaba los daños producido por la onda expansiva. Un boquete en la pared le ofrecía como paisaje un inmenso agujero abierto entre dos edificios, vigas caídas que eran el último testimonio de lo que fue la casa de sus vecinos. 'Todo esto produce una inmensa tristeza, cuesta mucho levantar tu casa, hacerla poco a poco, para verla caer así, en unos pocos segundos'. Maribel se encontraba trabajando cuando se produjo la explosión, así que 'se ahorró la pesadilla', pero ayer recordaba que en el barrio se conocen todos y siente como propia la experiencia vivida por sus vecinos.

Francisco Gordillo, que hace 35 años llegó desde Sevilla para trabajar en Barcelona, fue de los primeros en poder volver a entrar a su vivienda. Los daños se reducían a cristales y ventanas rotas. Todo está ahora tapado por paneles de madera, Con su mujer, limpia el polvo que se ha acumulado y recuerda con tristeza a Francisco Mulero, que con 27 años perdió la vida junto a su abuela al derrumbarse el edificio. 'He visto crecer a este chico al lado de mi hijo, en mi casa, y ahora...'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0031, 31 de enero de 2002.

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