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Cientos de vecinos de Santomera acuden al funeral por los pequeños

El reloj de la plaza marcaba las 16.15. Centenares de personas aguardaban en un inmenso silencio la salida de los pequeños féretros blancos hacia la iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Santomera. Los padres de las víctimas se encontraban en la capilla ardiente desde primeras horas de la mañana. Una comitiva fúnebre encabezada por una docena de niños cargados de ramos de flores y seguidos por otros tantos adultos con coronas inició el camino hacia la parroquia donde se celebraría el funeral. "De tus primos", "De tus tíos", "de tus amigos"... rezaban las bandas de los ornamentos florales. El dolor de los presentes era palpable.

Se oía el llanto desconsolado de Francisca González, la madre de las criaturas estranguladas. Su marido, José Ruiz, que había llegado hasta la capilla ardiente a primeras horas de la mañana después de prestar declaración, la consolaba. Minutos más tarde, los féretros de Adrian Leroy, de cuatro años, y de Francisco Miguel, de seis, salían a hombros de los familiares más allegados.

El primero, cargado por cuatro adolescentes, entre ellos J. C., de 13 años, el mayor de los hermanos Ruiz González. A continuación el ataúd de Francisco Miguel, sobre los hombros de otros cuatro allegados. Sus padres, abrazados, caminaban tras ellos destrozados. Así tomaron la calle principal del pueblo. En la plaza de la iglesia les esperaban cientos de vecinos.

Misa de una hora

Los féretros enfilaron la concurrida puerta principal de la iglesia hasta ser depositados a la altura del altar. El silencio de los asistentes fue interrumpido por el canto de un coro al que siguieron las primeras palabras del párroco: "Sentimos una angustia incalculable. Resulta francamente difícil aunar la niñez con la muerte. La muerte de un niño nos escandaliza". La misa se prolongo durante una hora. "Pido que estos angelicos os protejan y os acompañen a todos, a sus hermanos, a sus padres y a este pueblo que tanta falta le hace", concluyó el párroco.

Hacia las cinco de la tarde el cortejo encabezado por los niños con ramos y seguido por dos coches de la funeraria con los féretros puso rumbo al cementerio. Padres e hijo mayor siguieron el trayecto casi siempre abrazados. El niño, con gesto compungido. La madre, con la mirada perdida. El padre era aparentemente el más entero. Una vez en el camposanto, los sepultureros introdujeron los pequeños ataúdes en sus correspondientes nichos ante la mirada desolada de familiares y amigos. José y Paquita se fumaban un cigarrillo mientras veían como los enterradores sellaban los nichos.

Finalmente, los ramos y las coronas taponaron el pasillo del cementerio. Los asistentes comenzaron a salir. Todos los actos funerarios estuvieron vigilados por la Policía Local y la Guardia Civil. Al término, Paquita y José abandonaron el cementerio en un coche celular.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 21 de enero de 2002