Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:

Una isla después de todas las batallas

En La mano del jardinero, Antoni Vidal Ferrando recrea una infancia durante la guerra civil desde la visión desengañada de un adulto. La educación sexual, la religión y la hipocresía social son algunas de las constantes de una historia marcada por una memoria torrencial que se enfrenta a un ambiente cerrado y mojigato.

Conocido poeta en catalán, Vidal Ferrando ha empezado a recrear el pasado inmediato de Mallorca, con un realismo transfigurado por ensueños y distorsiones. Si su primera novela, Les llunes i els calàpeds, se centraba en la pre-guerra civil, La mano del jardinero reconstruye sus consecuencias. Lo hace mediante compactos capítulos, volviendo una y otra vez sobre unas mismas obsesiones.

El narrador cuenta, desde la mirada desengañada del adulto, la vida del niño que fue, hijo de una familia republicana y otra franquista. El narrador desecha ocuparse sólo de su vida para modelar la historia del pueblo mezclando sucesos y personajes. Sin embargo, no todo lo que se refiere es relevante y el orden de sucesos y personajes, al albur de la memoria del narrador, no es siempre satisfactorio. La narración gana cuando se concentra en la conmoción interior del protagonista.

LA MANO DEL JARDINERO

Antoni Vidal Ferrando Traducción de Joan Pla García Muchnick. Barcelona, 2001 284 páginas. 13,82 euros

Sexualidad y religión son temas omnipresentes junto a la presencia de la hipocresía social, el fariseísmo de algunos, el miedo a morir y la crítica a una educación mojigata. Entre las mejores páginas destacan las dedicadas a explicar la vida sexual de una señorita de Valladolid que ha llegado al pueblo como maestra, la ironía implícita en el sermón del cura defendiendo el contrabando puesto que la Iglesia no lo prohibe expresamente, las descomunales palabras del mismo cura sobre la vida en pecado y las penas del infierno que pueden recordar el famoso pasaje de la novela de Joyce Retrato del artista adolescente, y todo lo referido a los ataúdes que se construyen en la vecina carpintería y que permiten al narrador afirmar sacudido de angustia que 'toda la noche estuve oyendo martillazos'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 15 de enero de 2002

Más información

  • Antoni Vidal Ferrando