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Crítica:

El huevo de la lagartija

La reedición de Gárgoris y Habidis, una historia mágica de España es una buena ocasión para reflexionar en torno al calado intelectual de una obra que plantea una sesgada cosmovisión de lo hispánico. En su ensayo, Fernando Sánchez Dragó se mueve entre la ficción y la historia e interpreta de modo interesado las más diversas fuentes.

Se ha vuelto a reeditar Gárgoris y Habidis, una historia mágica de España. Este hecho, junto a la reposición, en algunos canales de la FORTA, de la serie Kung-Fu, supone una ocasión de oro para meditar sobre las aportaciones orientalistas en la cultura de por aquí abajo en los años setenta, un decenio inquietante de grandes cambios culturales en el que, a modo de ejemplo, convivieron fenómenos biológicos y espirituales tan contradictorios como Franco, la transición o Bonney-M.

El interés de Gárgoris es, no obstante, superior al de la obra de Carradine y Bonney-M juntas. Por varias motivos. Motivo a): sobre esta obra, Sánchez ha engarzado su obra ensayística y novelística posterior. Incluso su ultimísimo Carta de Jesús al Papa es una región de Gárgoris ampliada. Motivo b): en su día, el libro supuso la (re)fundación de un modo de fabricar cosmovisión, ensayo e historia -siempre española, sobreactuada y mítica; como el pasoboble- que en los setenta ocupaba el lugar que le correspondía, marginal y emitida por pollos que jamás ligarían un sabadete si iban de ese palo. Esta mañana a primera hora, esta manera de hacer significa un filón en el mercado editorial, posiblemente un concepto de historia respetable para un gran número de lectores, o una opción que, por su cotidianidad, ya no supone debate ni pitote. De hecho, incluso diría que el ensayo ensayado en Gárgoris y Habidis, una historia mágica de España ha supuesto toda una escuela de historiografía vigente y boyante. Una escuela sustentada en la libre interpretación de fuentes, el no cuestionamiento, sino la vindicación, de ideologías previas en la elaboración de un discurso -patriótico-, modulado a su vez por ciertas posturas preconstitucionales, que con el tiempo han ido evolucionando hacia la idea esa de que las constituciones, sobre todo la de aquí, no son reformables. Por otra parte, es una escuela que le cuesta mucho intelectualizar el pasado -y, lo que es más inquietante: el presente y el futuro- pluricultural de la Península, y que tiende a ver todas las identidades peninsulares -salvo una- como un invento modelno. Esa escuela, con algún premio nacional en su haber, aparte del ganado por Sánchez con el libro gordo de Sánchez, se caracteriza -y así se lo pueden explicar a un turista, para que se oriente- por la incorporación de la palabra España en sus títulos -en ocasiones, socorro, hasta dos veces en un mismo título- y por la vinculación de sus autores con el poder que -y muy en su derecho- ha premiado alguna trayectoria intelectual de este calibre con cargo ad-hoc.

GÁRGORIS Y HABIDIS, UNA HISTORIA MÁGICA DE ESPAÑA

Fernando Sánchez Dragó Planeta. Barcelona, 2001 992 páginas. 30,02 euros

El motivo c): el interés de es-

ta obra ya ha sido apuntado: su falta de interés. Es decir, la falta de respuesta y polémica que hubo en su primera edición -1978- y en su última. Se trata de un objeto cultural de aggiornamento del pensamiento conservador. Algo inquietante, si pensamos que en España no hay propiamente pensamiento conservador, sino que su nicho ecológico lo ocupa el pensamiento gore, pallá o abiertamente comprometido con las mejores jugadas que en este país ha habido en anteriores encuentros contra los pensamientos progresistas. Quizá la ausencia de beligerancia intelectual ante la beligerancia ilustra las funciones de la cultura desde 1978 hasta el último Madrid-Barça: sean cuales sean esas funciones, quizá no entra en ellas el debate de ideas o la confrontación. Quizá, la confrontación, en nuestra cultura, se realiza fuera de nuestra cultura. Yo qué sé. O quizá, la propuesta de Gárgoris -una idea de España eterna, diferente de las anteriores en la formulación, pero igual que las anteriores en tanto eterna-, si no ha sido cuestionada, es que ha sido por tanto asimilada y es la que tenemos. En todo caso, Sánchez, como intelectual, no es un marciano. Está imbricado en su cultura. No chirría. Es un intelectual de la transición que se ajusta al dedillo a la descripción de un escritor en nuestro biotopo. Es un escritor mediático que aparte de libros participa en medios de comunicación. Su obra dibuja un tipo de periodismo y su periodismo un tipo de obras. Y, todo eso, una cultura. Por otra parte, sus participaciones en medios tienden a producirse en uno de los dos grupos estéticos de empresas de comunicación que disponemos en esta sala. En toda esta descripción caben todos nuestros intelectuales. Y Norma Duval.

Quizá la idea de que Sánchez y su Gárgoris forman parte del paisaje, de lo que hay, y que usted y yo vivimos en el país que se dibuja en Gárgoris -es decir, en un país que no ha recibido una formulación más abierta-, queda reflejada en la historia oficial del libro que el propio Sánchez explica en un nuevo prólogo. Trailer: la cosa fue un encargo de la Editora Nacional, en el tiempo que estaba dirigida por Ricardo de la Cierva, ese hombre. Aparecido en otro editorial, tuvo una venta lenta pero mantenida. Sus reseñas fueron positivas. Y aupadas por la publicación de dos artículos de signo diverso, por autores de signo diverso y en medios de signo diverso: Areilza y Garrigues Walker, que defendían la pertinencia de la vindicación de una España eterna. Sin signo diverso. Aunque en esta ocasión, la cosa se argumentara de manera diferente que en los últimos cuarenta años. Con su cosa orientalista/Kung-Fu.

La nueva formulación nace del vertido en Gárgoris de, fundamentalmente, Los heterodoxos, de Menéndez Pelayo, y de una interpretación muy a su bola de Américo Castro, un autor de por sí muy a su bola. Este mestizaje de un autor más grande que conservador, sobre el que el pensamiento bestialista local no tiene ninguna sospecha, con uno de los grandes exiliados de la guerra civil -que, para más ironía, es un ejemplo de esa generación de intelectuales que invirtieron parte de su vida en negar Españas eternas y en vincular España con Europa- se superpone la gran pirueta del libro: orientalizar España vía Expediente X. Es aquí donde se introduce al tercer gran pensador que ordena el compendio. Eric von Daniken, aquel gran ideólogo que explicaba en los setenta cómo los marcianos construyeron el Machu Pichu y que aporta la lógica para entender que los grandes misticismos orientales no son tales, que son españoles, debidamente exportados por migraciones varias. A su vez, la cosa mística de los españoles se explica por su mestizaje con atlantes con superpoderes. Eso explica que todos los grandes mutantes místicos sean españoles. Salvo Godzilla. Y que España no sea Europa, sino una cultura individualista abandonada a su propia velocidad espiritual, que prefiere (sic) caudillos a sistemas democráticos. Ésa es la explicación de una España eterna, impermeable a anécdotas externas como Roma, el catolicismo y -me temo que sobre todo- el racionalismo francés, la Revolución Francesa y todo eso.

El do de pecho, el mayor

ejemplo de lógica interna, y el capítulo con más acopio de plumero, sin duda es aquel en el que se trata el problema judío. Tesis científica: los judíos askenazíes son judíos, mientras los sefarditas son españoles pata negra, como prueban, glups, cifras antropométricas. Matización científica: pero no tanto. De hecho: también son 'reos de pertenecer a una raza masoquista, delatora y neuróticamente abnegada' o, simplemente, 'deicidas'. Si bien en tanto que superespañoles, les va más la cábala mística que el Talmund y bla-bla-bla, son los responsables de la fundación de esa cosa ajena a la cultura española denominada Inquisición, en un plan Pons para 'recuperar Israel corrigiéndole abscisas y coordenadas', que fue repetido en los años cuarenta: 'Cinco millones' -bueno, más bien seis- 'de personas no van al sacrificio si de verdad desean evitarlo. Sólo los borregos, los suicidas, los mártires y los jugadores a largo plazo colaboran con los matarifes'. Ese plan es lógico, si se tiene en cuenta que estas maniobras calculadas -la creación de la Inquisición y el holocausto- 'son genialidades de semita unívocas e intransferibles, como el toreo lo es para los españoles'. Todo esto para llegar, por fin, a la idea de que 'Marx tenía que pertenecer al pueblo errante (...) Ni en mil años hubiera dado con ellos un pensador de sangre aria, mongólica, cobriza, drávida o camita'. Este capítulo es, en fin, una metáfora del libro. Cita clásicos del antisemitismo como el Protocolo de Sión, a Menéndez Pelayo, a José Antonio, a Buda, a varios pensadores orientales -si bien omite a Bruce Lee- y, pobre Américo Castro, a Américo Castro. Es un max-mix extraño, nunca jamás realizado por aquí abajo, en el que prima una teoría del mundo muy practicada por aquí abajo. El resultado es lógico, si admitimos a José Antonio como animal de compañía. Este capítulo tiene otro valor metafórico: las propuestas nacionales y esencialistas que tienen problemas con sus ciudadanos hebreos, tradicionalmente tienen problemas con sus zonas no uniformes. La cultura es, creo recordar, una zona no uniforme. Sería reconfortante encontrarse con que el proyecto cultural que Gárgoris dibuja, en esta última reedición recibiera algún tipo de rumba.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 15 de enero de 2002

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