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Crítica:LOS NUEVOS

Las buenas influencias

Esta sección mensual que evalúa las primeras novelas españolas se detiene en dos de ellas que llaman la atención este fin de año: La hermana de Katia, de Andrés Barba, y El campo de la iglesia, de Ander Solozábal. La primera, finalista del Premio Herralde, explora en la eficacia redentora de la bondad a través de la historia de una chica cuya vida transcurre en un segundo plano, pero que desde él ofrece una mirada sin juicios morales y sólo atendiendo a la belleza y su deterioro. La segunda novela documenta el entorno de la juventud más próxima a Jarrai que participa en la kale borroka.

Lo que más llama la atención en esta novela es su atrevimiento tan discreto. El hecho de que la exploración de un asunto tan escarpado como es la eficacia redentora de la bondad sea conducida con ambición y recursos tan contenidos.

La adolescente que protagoniza La hermana de Katia no recibe más nombre que este mismo, 'la hermana de Katia', y así es en cuanto su existencia transcurre en un segundo plano, tanto en relación a Katia, su hermana mayor, como a su madre, una prostituta ya veterana. A Katia misma su belleza la expone particularmente a las corrupciones del tiempo y sus miserias. Empujada por una ilusión amorosa y los deseos de escapar de su deprimente entorno, empieza a trabajar como bailarina de strip tease, y será la mirada cómplice y devota de su hermana menor la que registre, sin nunca enjuiciarlo, sólo atendiendo al esplendor de su belleza, su progresivo deterioro.

A la 'hermana de Katia' le corresponde dulcificar el tormentoso ambiente familiar, realizar las tareas de la casa y, cuando cae enferma, cuidar de su abuela. Su única distracción consiste en ver en la televisión reportajes sobre animales y en ir a sentarse a la plaza Mayor de Madrid -en cuyas cercanías vive- y contemplar allí a los turistas. En una de estas conoce a John Turner, un joven norteamericano que lleva una chapita donde dice 'Jesús te ama'. La hermana de Katia siente por él una inclinación creciente, y en sus afables encuentros se deja embelesar por el encanto lírico de sus adoctrinamientos.

'Yo soy católico. ¿Tú qué eres?', pregunta John Turner en uno de sus encuentros. 'Yo soy la hermana de Katia', le responde quien no acierta a reconocerse de mejor modo. Y esta identidad diferida (este modo de ser sin afirmarse) sirve bien, al igual que su insondable orfandad (pues 'la hermana de Katia' no tiene padre ni modo de saber quién fuera, a nadie de la familia se parece, ni a su madre, ni a su hermana, ni a su abuela, y 'cómo andar por el mundo sin saber a quién parecerse'), sirve bien, se decía, para explicar la indigencia moral que la caracteriza. Indigencia que admite ser confundida con la inocencia, pero que es más que eso, es una suerte de intemperie, una completa ausencia de recursos a la hora de construir juicios o valores sobre un mundo que lo mismo produce felicidad que dolor, pero que no admite queja ni rechazo en cuanto todo sucede en 'un estallido continuo de sorpresas agazapadas' sobre las que no es posible imponer otra jerarquía que la de su propio acontecer sin reparo.

Hay indicios para sospechar

que la hermana de Katia padece un cierto retraso mental, una cortedad que justificaría su inocencia alarmante, su candidez sexual, su infantilismo y su humildad casi inverosímiles, con los que atraviesa inmaculada las situaciones más morbosas. Pero esa tara, lejos de experimentarse como patología, se revela como una especie de santidad. Pertenece La hermana de Katia -y contribuye a destacarlo su naturaleza en cierto modo anacrónica- a la estirpe de santos laicos que menudean en la literatura moderna ya desde sus orígenes. Hay un innato franciscanismo en su talante, una sencillez moral casi transgresora a la que repelen las torceduras del cristianismo más tardío, encarnado aquí por John Turner en su papel de ángel anunciador. El texto de la cubierta evoca con razón a la Felicité de Un coeur simple, de Flaubert, pero el personaje de Barba elude los aspectos grotescos de su propia idiotez y recuerda antes, en su patetismo subversivo, a los de Lars von Trier.

Como fuere, no hay por qué irse tan lejos. La escritura de Andrés Barba se revela muy atenta a la tradición y al entorno de los que surge. Su novela podría emparentarse a momentos con el tremendismo lírico de un libro como Las bailarinas muertas, de Antonio Soler, pero sortea la tentación del preciosismo. Es estremecida a ratos por el soplido angélico de un texto como El lenguaje de las fuentes, de Gustavo Martín Garzo, pero renuncia a su arrebato y a su temblor. La dedicatoria de la novela no deja lugar a dudas: son el magisterio y la influencia de Álvaro Pombo los que han dejado aquí su dichosa impronta. Y los que dan razón de la naturalidad con que se resuelve un planteamiento repleto de peligros que en buena parte consigue eludir un estilo indirecto que casi se confunde a ratos con la primera persona, dejando sitio a monólogos muy convincentes, en los que Barba -que al parecer ha escrito teatro y que maneja muy bien los registros coloquiales- demuestra tener un excelente oído. La protagonista de La hermana de Katia se emparenta así, casi explícitamente, con la María de El metro de platino iridiado, y como ella sugiere una poética del bien.

La hermana de Katia, finalista del último Premio Herralde, es el segundo libro publicado por Andrés Barba (Madrid, 1975), quien ya se había dado a conocer con El hueso que más duele, relato que en 1997 obtuvo el Premio Ramón J. Sender de narrativa y circuló casi clandestinamente. En relación a él, esta novela demuestra un notable y muy prometedor crecimiento, que tiene que ver sin duda con lo más importante a la hora de perfilarse como escritor: no tanto la elección de los modelos como el talento para interiorizarlos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 21 de diciembre de 2001

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